NVAM ÑO (La Cobra)

NVAM ÑO (La Cobra)

Érase una vez… En una aldea del África central, vivía un  hombre llamado Alú. El hombre estaba obsesionado con probar carne de serpiente.

—Deja ya de hablarme de la carne de serpiente… “Que si te han contado, que si te han dicho”… Me aburres con ese mono tema. Le recriminaba su esposa.

—Siempre hablas de lo mismo, papá —se quejaban sus hijos—. Esperamos que algún día la pruebes. Y nos dirás entonces qué tal está.

—Vale, lo siento. Intentaré cambiar de tema en la mesa —prometió el padre—.

—Ya era hora… No sé si es que no te gusta la comida que preparo —se quejaba la esposa,  algo molesta—.

—No cariño, no es eso. Lo siento  —se disculpó Alú.

Pasados unos días, Alú y su esposa regresaban de la finca y se pararon un ratito para descansar, sentados sobre un tronco que había en la orilla de un riachuelo. Alú depositó su ebará en el suelo, y la mujer estaba colocando bien su nkuéñ cuando, de repente, oyeron un ruido sobre sus cabezas. Subieron a la vez sus miradas, y vieron caer, desde lo más alto de un árbol, un bulto enrollado que, segundos después, yacía a medio metro de ellos. Era una serpiente de unos dos metros de largo. El animal giró la mirada hacia la pareja.

Fijos los ojos en el suelo, la mujer se dio cuenta de lo qué se trataba. Chilló:

—¡Ñó!, ¡ñó!, ¡ñó!, ¡cuidado, marido! ¡Ñó!

—¡¡Éeeeeeh!!  —gritó Alú, mientras salía zumbando del lugar, abandonando a su suerte a la esposa, su ebará y el machete—.  ¡¡Socoro!!

La mujer, que no se había movido del lugar, observó cómo por un lado escapaba la serpiente, y en dirección opuesta su marido, quien, sin parar, seguía gritando.

—Ja, ja, ja…  —reía la esposa—  Vuelve cariño, vuelve. Ya se fue la serpiente.

—Menos mal…, qué susto  —respondió Alú, todavía resoplando.

—Ja, ja, ja…  —se burlaba la mujer—. Es increíble, nunca te había visto correr tanto, marido mío.

—¿Te da risa, verdad?  —preguntó Alu, algo amoscado.

—Claro que sí. Tanto hablar de comer ñó (serpiente), y ahora que se te presentó la oportunidad, huyes despavorido. Ja, ja, ja…

—Vámonos de aquí, anda, que sigo asustado. Nunca había visto una serpiente tan grande. Era una nvam ñó, tenía alas en las mejillas…

Cuando llegaron a casa, contaron a los hijos lo que les había ocurrido. A partir de aquel momento, Alú comprendió que, para comer una serpiente, primero hay  que matarla.

“Nos vanagloriamos de nuestras hazañas, pero llegado el momento de actuar,  huimos como cobardes”.

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