“El águila y la gallina”, de Francisco Ballovera Estrada.

Había un bosque que en principio era bastante animado para cualquiera de sus moradores, pero por culpa de uno cuya costumbre era demasiado agresiva y compulsiva, las cosas comenzaban a torcerse, a torcerse y a torcerse hasta que al final el ambiente acabó siendo totalmente hostil. Aquel bosque ya era un lugar sin leyes ni oportunidad para todos; algo que verdaderamente, antes no era así.

También había una aldea y era completamente como una ciudad fundamental, donde se verían entremezclarse toda clase de culturas, creencias y tradición de los animales; incluyendo las de los humanos. Serían como costumbres adquiridas de convivencias en una sociedad netamente de dictadura humana y anárquica, donde cada uno sobreviviría como pudiera porque, tanto en el bosque como en la aldea, los mandamases podían hacer con los demás lo que les viniera en gana y no pasaba absolutamente nada.

En el bosque habitaba el águila junto con otros animales, que mayoritariamente eran mansos y muy compasivos, a excepción del mismo águila, que ultimó siendo enormemente controvertido y feroz, pero en principio todos vivían allí felizmente. Pues en la aldea o ciudad vendrían a morar más tarde la gallina o perezosa y otros animales, junto a los hombres de todas las edades, razas y culturas. De aquellos otros animales que en su mayoría serían domesticados por los humanos, en principio ninguno vivía con los humanos, pero emigrarían a la aldea en busca de refugio… en busca de paz.

Encontró que hacía muchos años, en el lejano bosque, el águila real había decidido sacar su salvaje dentadura y sus garras contra los demás animales chiquillos y asimismo en la aldea lo habría hecho la miedosa o gallina, al igual que los demás seres, contra humanos, tan perfeccionados sus colmillos para defenderse contra cualquiera. Sin embargo, no; porque en sí, ni la metamórfica naturaleza ni la constitución de ambos animales les faculta para desarrollar dichas miedosas cualidades feroces, porque únicamente, a excepción de los humanos, poseen pezuñas para agarrar mejor a sus presas o cavar tierra en busca de gusanos, plumas y vello que les cubre todo el cuerpo para protegerse del frío, rayos del sol y lluvias, alas alargadas y medianas que les sirven para volar alto y escaparse de cualquier peligro, pico largo y corto para picotear o usarlo como armadura, ojos tiernos y muy brillantes para ver mejor a sus presas tanto de día como de noche, etc.

Pero sí, el águila… tan controvertida como nunca había sido conocido; los otros animales y la gallina enormemente sumisos. Esta última, arrancado así tal sumisión y costumbre de su propio sobrenombre, perezosa o perezoso. Y, otra vez, el águila con su precocidad, don del que sí le ha dotado la naturaleza selvática. Muy astuto, gigante y preciso lo hizo así la biosfera para sobrevivir en su ancho mundo lleno o no de peligros. Pero aun así, su voluminoso desarrollo corpóreo no le hace más holgazán todavía, ni el peso que conlleva su carne, como en el caso de la gallina. Su veloz agilidad para capturar impresionaba y su don de abalanzarse cada vez que lo deseaba, saltando encima de sus presas desde las más temidas arboledas, nadie lo paraba. Instantáneamente, estando en las altas copas de los árboles, salta a volar en busca de los demás chiquitos animales que quizá gozosamente comparten con él las mismas habilidades, aunque las de otros son menos desarrolladas para competir y eran comidos a pesar de que también ansiaban gozar de la vida y vivir como él. Pues les era impecable gozar de la libertad porque cada vez eran comidos y comidos. Ningún animal se atrevía a enfrentarse al águila real. Era muy temido por sus hazañas en el bosque.

Pero el águila, quien de pronto había terminado de explorar y devastar por completo el bosque donde vivía agrediendo, secuestrando y provocando rasgaduras para consumir o matar a todos los animales inferiores a él, jamás pensaba en conservar nada ni en plantar. Es decir, había comido todos los peces del río, las aves, los peces del mar, incluso las hierbas del campo, los gusanos de la superficie y los del subsuelo, etc. Todos los animales que juntos habitaban en el mismo hábitat, los había devorado. El lugar se quedó totalmente desértico, ya no había otra cosa que le sirviera de alimento. Solo se veían huesos, cráneos, espinas, hierbas secas, estacas, troncos y ramas de árboles secos levantados y caídos al suelo.

Cosa rara y muy extraña, el animal, a pesar de mostrarse muy corpulento y forzudo, no trabajaba fincas, no criaba animales ni plantaba ninguna clase de semilla para sí. Solo se dedicaba a comer y a comer. A comerse a los demás animales indefensos. Vivía de ellos. El águila ya era peor que un parásito para su holgazán. Se los comía sigilosamente como un perfecto lince y ninguno daba cuenta a la primera de nada hasta que comenzaban a disminuir. De modo que él, al ver escasear las provisiones, comenzaba a pasar mucha hambre. Muchísima hambre, penuria y soledad. Pues se vio en la obligación de abandonar el antes hábitat de todos, pero en el que ya ahora él era el antisocial o único morador para emigrar en busca de comida. Bajó a la ciudad donde se toparía con aquellos animales que consiguieron anteriormente huir del bosque y se volvió loco. Perdió por completo la cabeza y…

Entre los animales escapados a la aldea se encontraban toda clase de aves, mamíferos, carnívoros, herbívoros, rumiantes y omnívoros; incluyendo humanos, la gallina o perezosa. Ésta última se asemejaba poco al águila. ¡Por qué vinisteis aquí todas y todos a refugiaros, haciéndome pasar tanta hambruna! Dijo el águila muy enfurecido y desde dentro de sí. Quien no tardaría un segundo para poner en marcha su feroz costumbre de saciarse el hambre abalanzándose sobre sus presas para comérselas.

En el momento de huir del controvertido bosque haica la ciudad para intentar salvarse de las molestias que causaba la gran bestia rapaz, todos lo iban haciendo en familia, desde los nietos, hijos y padres hasta los abuelos… y tatarabuelos. Ninguno de los animales que pudo abandonar a tiempo su hábitat se quedó atrás. Y, a medida que poco a poco iban llegando desesperadamente al centro de la ciudad, los hombres, asimismo tan despiadados, comenzaban a capturar con dureza una a una las especies, atándoles con una cadena sus patas, las alas, enjaulándolas e insertándolas en lugares que ellos consideraban de alta seguridad para que llegado el momento, pudieran comérselos. Pero ante todo ello, simulaban cada vez más su pasividad, hospitalidad y amor hacia ellas y ellos. Mataban en el acto a los animales que de nada les servían, o los trasladaban a un lugar más secreto para así degollarlos. Sin embargo, para los animales nada era tan cruel como el bosque, pero tampoco habían encontrado la absoluta tranquilidad que ambicionaban vivir y que buscaban.

Los animales habían conseguido huir desesperadamente de sus hábitats porque el lugar se había vuelto hostil, pero, ¿por qué preferirían adaptarse al duro ambiente de la aldea y hospedarse en la ciudad mientras que también había allí otros seres de crueldad semejante al águila?

Un día, a su llegada a la ciudad o tierra precisamente conquistada por hombres el águila, revertido su corazón de astucias para comer a los demás y calmar así el hambre que lo atosigaba desde hacía mucho tiempo, no le dio tiempo a pensar en otra cosa aparte de comer (ningún ser vivo puede pensar en otras cosas si está con hambre, enfermo o débil); pues su salvaje costumbre y agresividad que supera a cada momento su habilidad mental tampoco le dejaría poder discurrir, discernir… y se lanza como bestia sobre los demás animales domados ya por los humanos. A primera vista, a altas horas de la noche, se abalanzaba sobre los conejitos, serpientes, antílopes… y sobre sus papás, así como sobre los polluelos y sus mamás gallinas o perezosas. El gigantesco ave rapaz lo venía haciendo noche tras noche, mes tras mes y año tras año. Ante todo, los hombres, al día siguiente se iban dando cuenta de que los animales disminuían poco a poco de los corrales e inmediatamente se pusieron en alerta, aun sin prestar guardias en las noches para no perder sueño… El águila continuaba con la matanza. No encontraba ningún peligro.

Pasada una larga temporada; en un momento inesperado, pero esta vez a plena luz del día (quería desafiar a todos) el controvertido y temido animal fue otra vez al corral y llamó: ¡Gallina, gallina…! ¡Eh, tú… gallina! ¡Perezosa… si, tú, gallina! Recuerde usted que si hoy está aquí, ha sido por mi voluntad y no es precisamente porque en un momento hayas debido ser más rápida, gigante, inteligente y valiente que todas las otras gallinuelas o animales que ya descansan en mi vientre, dijo el águila desde la copa de un árbol con tono amenazante dirigiéndose a la gallina.

La gallina o perezosa, tan acurrucada y muy sudada por todo el cuerpo y con fuertes temblores entre las patas, además de encerrada en el corral, no pudo dar ni un paso adelante para que le permitiera avanzar hacia su propia muerte que reflejaba en los ojos del águila para que fuera devorada, ni pudo dar marcha atrás para procurar escaparse de la muerte que lo llamaba. Pues una primera y única vez comenzó a agitar fuerte sus alas y a gritar. Gritos y agitaciones de las alas que después tuvo que contagiar a todas y todos: ¡Co, co, co, co, co, cooooooc… Co, co, coooc! ¡Coooc, co, co, co, cooooooc…! Y consiguieron notificar así un posible peligro que se avecinaba. También pidieron auxilio.

De repente, salen sus dueños, humanos, quienes habían sido alertados por los chillidos estruendosos de las gallinas. Contemplan furiosos la escena y en poco tiempo se hacen con todas las herramientas de defensa posible para impedir que el águila se hiciese otra vez con sus propiedades. Lograron echar al águila del árbol y del entorno del corral.

El animal, a su regreso al desértico hábitat donde vivía, se dispuso a discurrir, pero con hambre no estaría muy de acuerdo con sus pensamientos a pesar de que podrían ser importantes: al parecer ningún ilustrado o sabio soy. Ni ninguna de estas agraciadas palabras que dicen las gallinas al granjero por allí aun estando encerradas en el gallinero me las dicen a mí. A la gallina o perezoso sirven piensos, agua, techo… y a mí, ¡quién me da nada! No. No tengo que conformarme con el fracaso de ese primer intento diurno. Debo hacerles ver que sigo siendo el águila que siempre fui y soy… No puede ser. Y comer sí, debo comer…decía en solitario el águila dentro de sí, de su inmensa hambruna y ambiente desértico.

Mientras tanto, perezosa o la gallina y los demás animales que huyeron del bosque para refugiarse en la aldea con el tiempo los hombres ya habían logrado domesticarlos por completo para sus mejores manejos, usos, comercio… y finalmente consumo. Aunque les ofrecían de todo, estarían viviendo durante mucho tiempo en la ciudad una felicidad camuflada en manos de los hombres porque se encontraban encerradas dentro de las granjas, corrales, cestos, jaulas; algunas atadas a cadenas. Pero lo preferían así porque, al lado de los humanos y aun sin querer, les ofrecían casi de todo. Se habían adaptado a esa clase de vida de comodidad.

El día menos esperado, otra vez a plena luz del día, el águila aparece de nuevo en el corral. Algo más furioso que las veces anteriores y asimismo con trucos de persuasión. Los animales, al verle de nuevo, quisieron dar otra vez la voz de alarma, pero el águila les dijo: vengo en son de paz. Ved, hermanas y hermanos que aquí (refiriéndose al mundo) nadie regala nada… Todo tiene al final un precio que cada uno ha de pagar y vosotras y vosotros pagaréis toda la comida, comodidad, piensos, techo, saneamiento, etc. con vuestras vidas. El humano os degüella, os guillotina… os come…dijo, y prosiguió, miradme, tan enflaquecido, raquítico y moribundo; todo ello porque recapacité en mi cabeza y decidí no comeros. Somos todos hermanos y allá en nuestro hábitat, donde en su día huisteis por mi avaricia… Ahora, ahí, ya estamos todos felices. Os juro como juré a los demás que me he dado cuenta de que ustedes y yo somos una gran familia y por eso concluí no volver a molestaros jamás en mi vida ni alimentarme de vuestra rica carne. Os sugiero que rápidamente abandonéis este sitio sin meter ningún solo ruido, para que juntos regresemos a nuestro medio ambiente porque la guillotina muy afilada y dispuesta al otro lado os está esperando una a una a vosotras. Ya soy muy sensible, ya no soporto ver cómo maltratan o matan a mis semejantes y por mi misericordia tuve que abandonar, como quien dijera, el cielo donde vivo yo y bajar a vuestro redil o infierno para venir a salvaros.

Así concluyó el águila, pero estando cerca de los animales. Ya no se encontraba tan distante de ellos como cuando se encontraba posado sobre el árbol. Y la gallina o perezosa, muy cómoda y bien engañada, así como las demás, no pensaron ni dos veces y decidieron al instante salir del corral, de las granjas, albergues… una a una arrastradas por fingida misericordia del águila para caminar y volar junto a él sin que lo supiesen sus dueños humanos, rumbo a sus hábitats en el bosque.

De camino, cuando el águila valoró que ya se encontraban muy lejos de la aldea, tan contento de haber logrado arrancar a los animales de la mano de los hombres, comenzaba a cantar y contar cosas a la gallina y a otros animales. Eran historias y cantos monstruosos, mayoritariamente de la naturaleza de un verdadero animal o ser psicópata. Todas eran historias sin sentido y así había logrado meterles mucho miedo. El animal feroz las contaba para distraer a los animales presos que volaban y caminaban tras de sí en enjambres, manadas… como para hacer alegre el mortal y largo viaje creyendo así que les afinaba esencialmente el corazón, aunque estaba consiguiendo lo peor en los demás. Los llevaba para matarlos. Avisando a sus otros colaboradores, había planeado todo. Para manipular mejor el sangriento escenario a cometer, antes del momento, se dispuso a comentar:

Y sí, este mundo es un óvulo que debemos romper para conocer el otro. Aquellos y aquellas que se quedaron atrapadas o ahogadas a las afueras del órgano reproductor femenino por no poder llegar a tiempo a la meta (óvulo) para ser los primeros en romper la cinta para entrar, cerrar, festejar, crecer, gozar etc. y transformarse más tarde en un ser, se mueren… ¿Queréis morir?, el águila preguntó. ¡Noooo! respondieron los demás.

¡Qué sabio eres, águila!, dijo la gallina o perezosa, todos en vuelo y muy alto. Y replicó el águila respondiendo: no me llamo sabio, soy águila. ¿Verdad que debo trabajar duro y aun indecentemente aquí para volver a gozar en el otro mundo, si es que…? preguntó el avaro animal. Sí, águila, sí, respondió la gallina. Pues vengan y sigan volando velozmente conmigo. Les mostraré otro mundo mejor, más bello y mejor de lo que estaba antes, dijo el águila. Y prosiguió: echad un vistazo a mi cuerpo, a mis garras, a mis alas, a mis ojos, hermanas carnes sabrosas, porque sí, verdaderamente somos carne y ved cómo tengo todo de desarrollado. Vosotras y vosotros podéis ser como yo y más.

 Entonces la gallina, al igual que los demás animales, fueron todos caminando y a volar libremente tras del águila, aunque bien engañadas y engañados ya que no volvieran jamás a pisar sus hábitats, ni lograran regresar otra vez al lugar de donde fueron arrancados. Habían sido atacados y asesinados por otras bárbaras bestias como el águila en el camino. Entonces la gallina y los demás animales, habían decidido declarar eternamente una odiosa enemistad contra el águila.

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