El hambre, de Roberto Zamudio. Arte de William Blake.

El hambre
 
aunque ya hayas falsificado tu acta de defunción
volverás del océano para reposar la sangre
sobre tierra firme,
de la tierra de los bolsillos
sólo se piden monedas,
de la tierra de los bolsillos
se hacen grandes cosas
para recordar las pequeñas
dispuestas a la luz del sol
rodeando el estómago desnudo
que podría haber sido
también el de una desconocida
que recostada en la tierra
sobre su espalda manchada
miraba las nubes pidiéndote un sólo vehículo
para viajar hasta la muerte.
 
volverás haciendo preguntas
sobre los vidrios rotos de tu casa
y de las huellas del cachorro
acomodado en la esquina de la cocina
bajo el calor de los ventanales recalentados
cuyas huellas confundiste primero
con las de tus hijos veinte años atrás.
 
si los encontraras ahora, de seguro que no te
reconocerían.
sólo verían a un tipo decente
con la mirada confundida
quizás a minutos
de comenzar
a beber de nuevo,
y a patear los postes de teléfono.
de seguro me saludarían
sin saber mi nombre, son buenos muchachos;
los mejores de su generación, sin duda.
recuerdo con que precisión cuestionaban
las tareas que se les encomendaban,
y después salían a jugar riendo y burlándose
de lo que habían visto en la televisión.
teníamos verdaderos amigos
con los que salir a ver los relámpagos
con la esperanza inútil
de que alguna vez viéramos caer uno que iluminara
algún terreno baldío.
respetábamos el sonido del trueno,
cada uno, yo creo que a su propia manera,
y con el mismo acuerdo de dedicarse unos segundos
para crear y decir una frase que describiera
el hambre insaciable
por ver las imágenes de los ancestros regresar
de los rosarios que santifican
nuestras camas…
 
Roberto Zamudio
 

Autor: William Blake Obra: "Nebuchadnezzar"
Autor: William Blake
Obra: «Nebuchadnezzar»

Poemario El frío de la fe, edición de Editorial Groenlandia

PRÓLOGO DE ADOLFO MARCHENA

La primera palabra es palabra de vida o de muerte. No existe tierra de nadie en este conflicto de hombres y leyes, para descansar en paz de tanta vacuidad y vacío, de tanto derroche y desprecio. La poesía de Javier Flores Letelier es un goteo constante contra la roca de la impunidad, de las sentencias equívocas, del recibo baldío. El autor descarga su palabra contra el paredón de la injusticia y algunos (muchos) males de la sociedad. De la tierra, de esa que se vive y se respira, y que también se divide, se parcela con alambradas o muros, o simples cuchillas. Olor a madrugada de otoño en un robledal a las afueras. Olor duro de ambiente contra el desarraigo de los pueblos y el olvido. Poemas de versos extensos, de recorrido amplio, que convocan a la reflexión y giran en torno a un ambiente de cierta desazón, como si todo estuviese perdido. Pero no: hay orgullo y lucha en el poema, exaltación y, aunque resulte contradictorio, miradas hacia adentro, hacia el fondo de uno mismo. Javier Flores Letelier fusila contra el paredón de la injusticia, de las generaciones sometidas y los imperios. En ese recorrido, como decía, reina cierta desazón, y también un aire, musicalidad a lo Leopoldo Mª Panero con versos como: “Siente mis brazos entre los cadáveres, / la ceniza en el borde del abismo.” No es una comparativa poética, porque también me recuerda otro verso un poema de César Vallejo, cuando le pegaban en París, bajo un aguacero. Javier no es ausente “ante los monumentos y los lúcidos insultos.” Un paraguas, el del dolor, que no se abre únicamente bajo la lluvia. El autor es sincero con lo que escribe, capaz de canalizar ese dolor – que no derrota – con los versos. Ondas que practican en los charcos y se extienden por las baldosas hasta calar los zapatos y los calcetines. Las imágenes y las metáforas se suceden en este libro de Fe, ideología oculta, con elementos de mitología, filosofía y simbología. No existe despiste alguno en el libro por ocultar la realidad del autor, plagada de referencias, también, a la historia. Sin embargo, Javier Flores Letelier no cita a Nietsche, Ciorán, Dante o Petrarca. No nombra ni cita la capacidad si no la necesidad. El mundo, el planeta como un puzzle abstracto que necesita de la mano de los niños, conocedores de la verdad.

 

Existe mucha realidad, cotidianeidad, en este libro donde el frío de la fe parece evocarnos algo muerto, algo sin sentido repleto de reproches. La muerte frente al amor en sus inicios, la confesión a un sacerdote. Porque es necesario no sólo creer, también asimilar la creencia y trasmitir la idea, sobre todo trasmitir. A un pueblo imaginario y dormido, a una sensación, a la propia arista del poema. La Fe, dentro de esa ideología oculta, ese argumento para desperezar e instruir a la historia que siempre anduvo cabizbaja. Pero no como un revolucionario, un anarquista, un militar. No, bajo el mando y la acusación de la palabra convertida en poema. No, el poema en sí, “El frío de la Fe”, y esos apéndices que no diferencian, si no que dan continuidad, como el dios de la guerra o “las armas de los pobres”.

 

Poemas, como dije, de ritmo elevado, donde se hace necesario tomar la respiración entre verso y verso, que suponen meandros en un valle noruego. Poemas que hay que interpretar en su lectura de a bordo, donde también se asesina al padre o la madre. Leer con calma, conteniendo la respiración, ya dije. No sé por qué se me ha metido en la cabeza que es, ésta, una obra que atiende muy bien al realismo onírico, donde Javier Flores Letelier le pone voz a la Fe y donde esgrime su orgullo “porque jamás venderé la historia de mi hambre”; un orgullo que, sin embargo, le permite racionalizar y focalizar los sentidos que muchas veces hibernamos.

 
Adolfo Marchena
 
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SE LLAMAN AMOR

ESTE POEMA ESTÁ DEDICADO A TODAS AQUELLAS PERSONAS, NO IMPORTA LA EDAD, QUE ALGUNA VEZ EN LA VIDA HAN AMADO, HAN SIDO AMADOS/AS Y HAN REGALADO VIDA AMANDO.

 

SE LLAMAN AMOR

El brillo de tus ojos

entró, a través de mis pupilas, a mi costado

y desheló el nudo que agarrotaba a mi dolorido corazón.

 

La sangre tomó de nuevo su curso, en mis venas.

Y mi alma volvió a sonreír.

 

Me miraste,

me sonreiste.

Y de nuevo surgió la vida en mí.

 

¿Alguien dijo amor?

Así se llaman las personas que regalan vida amando,

aunque con este nombre nunca fueron bautizados.

¡Como tú, amor!

¡Mi amor!

Liki Loribo Apo.