Crónicas de la Frontera por Ramón Sebastián Chanqueo

Crónicas de la Frontera

Índice

Capítulo Cero: Retorno

Capítulo Primero: Normalidad.

Capítulo Segundo: Biblioteca

Capítulo Tercero: Introspectiva

Capítulo Cuarto: El Radical

Capítulo Quinto: Fragmentos

Capítulo Sexto: La hija del Martillo

Capítulo Séptimo: Corazón

Capítulo Octavo: Nuestro Pasado

Capítulo Noveno: Ignición

Capítulo Décimo: La Segunda

Capítulo Undécimo: Intertanto

Capítulo Duodécimo: El Detonante

Capítulo Décimo Tercero: Un poco de Verdad

Capítulo Cero: Retorno

Algo vibraba, en alguna parte del departamento. Un sonido sordo, casi inaudible, sin embargo se escuchaba, se percibía, y despertó a Ignacio más que molesto. Había sido una muy, muy mala noche, con los mismos malos sueños de siempre y el sonido de los autos, el ir y venir de vehículos. Una noche como todas las demás, pensó él desde luego. Hace sólo media hora había podido cerrar los ojos, y para su colmo, el celular ahora hacía de las suyas. Y buscarlo también era un problema, Ignacio ni recordaba la última vez que lo vio, o que lo ocupó. «Ni modo», se dijo, y se levantó de su maltrecha cama, para tropezar inmediatamente con un montón de basura que había abajo. Tanteando, logró llegar al interruptor de la luz, y lo ejecutó.

El tubo fluorescente demoró un tanto en prenderse, el partidor estaba en las últimas, y con la aparición de la luz artificial a falta de la natural (serían las cinco y media de la mañana, como mínimo), pudo observar con mayor claridad aquel lugar que había habitado los últimos nueve años. Era el mismo departamento sucio y maloliente de hace una semana, un mes, un año. Había cosas que terminaron por descomponerse, como un pan con carne de Año Nuevo, o esos chocolates que Ángela, de la Sección 5, le había enviado en San Valentín. La pintura de las paredes y del techo se resquebrajaba, se caía a pedazos, pero Ignacio ni se inmutaba. También se olía un extraño hedor, mezcla de baño y cocina, que se sentía por todo el inmueble. El celular seguía vibrando en alguna parte, ahora más fuerte. Comenzó a rebuscar por los papeles y carpetas amontonados en el piso, entre los cojines del esperpéntico sillón -cama de Lucho, pero nada. No estaba ahí. Se agachó para buscarlo en el suelo, y el polvo del piso lo dejaba respirar a medias. Debajo de la mesa del comedor había envases de botellas, de bebidas, de cerveza, cuentas pendientes que otras personas se encargaban de pagar, etcétera. Había muchos zapatos, claro que ninguno con su respectiva pareja, y a Ignacio le sorprendió que uno de ellos se moviera algunos milímetros cada cierto tanto. Se dio cuenta que el zapato zumbaba.

— Aquí estabas— dijo extrañamente hablándole al celular. Tiró el zapato a cualquier parte y vio que alguien lo estaba llamando. Era Ricardo. Ignacio se sorprendió. Casi nunca llamaba puesto que casi nunca había cosas lo suficientemente importantes como para que lo hiciera. Para bromas y estupideces, prefería la cara a cara, era más divertido según él. Ignacio contestó.

— Por fin— dijo Ricardo del otro lado de la línea. Su voz se hallaba un tanto tartamuda, tal vez estaba en un lugar con mucho frío—. Hace media hora que te estoy llamando.

— No encontraba el celular— se excusó Ignacio, mientras miraba de reojo al zapato—, ¿sucede algo?

— Como anécdota, ¿recuerdas que no te di un regalo de Navidad?

— Lo recuerdo. Dijiste que no creíamos en esas cosas.

— También fue porque no soy bueno dando regalos, y se me había olvidado. En fin, creo que lo que puedo decirte ahora es una especie de regalo.

— No comprendo Ricardo. Conste, si es un paseíto por esos lugares tuyos, olvídalo. La última vez no pude ni levantarme al día siguiente.

— No es eso…aunque gracias por la idea. No, es algo serio, Ignacio. Quiero que vengas inmediatamente al Aeropuerto de Temuco.

— Viajes al extranjero no.

— No es eso. Nicole va a regresar.

— …

Cinco minutos después, Ignacio bajaba como un endemoniado por las escaleras del edificio, con la respiración entrecortada y una gran emoción en el pecho. Salió del recinto, y afuera, el sol no brillaba fuerte, era muy de mañana. En la calle, al frente de los departamentos, una camioneta roja estaba estacionada, con el motor encendido y la puerta del copiloto abierta.

Al interior de la camioneta, Ignacio jugaba con las manos. Hacía un frío extraño, que le llegaba hasta los huesos y le agarrotaba los movimientos; quiso pedirle al chofer que encendiera el aire acondicionado, pero en un instante, la idea se le voló de la cabeza. El conductor no parecía amigable, y conociéndose, Ignacio estaba lo suficientemente alterado como para volverse agresivo, así que prefirió no decir nada, y soportar lo gélido del día. Pensó que si Ricardo había enviado a buscarlo, entonces la noticia era verdad. Nadie jugaba con eso, eran recuerdos de tiempos tristes y dolorosos. Mil recuerdos de Nicole y la época que ella y los otros habían marcado, le llegaron a la mente. Recuerdos con dolor. Hace diez años, en 1998, ella, por su seguridad, debió exiliarse, lejos de aquí. Quién pensaría que años después del fin de la dictadura, aún la muerte rondaba. Era el fantasma visible de una guerra enmascarada, en el corazón mismo de la más falsa de las democracias. Una guerra infinita, omnipresente y a la vez discreta, con sus enemigos y combatientes; Ignacio era uno de ellos, Ricardo de la misma forma. Nicole también.

— Llegamos— dijo el chofer fríamente, y la puerta del copiloto se abrió. Al bajarse, Ignacio vio como la camioneta se alejaba, y entró luego en el Aeropuerto. Adentro era sólo un poco más cálido que en el exterior, y la razón la encontró en una voz que por un parlante, se disculpaba del frío reinante, producto de una falla en el sistema de calefacción. Tras avanzar hacia la gran sala de espera, buscó con la mirada a Ricardo. A su mente vino la primera vez que lo vio, hace diez años: un hombre de estatura mediana, de unos cuarenta años, ojos un tanto oscuros y un inalterable chaquetón negro, que le daba un aire de seriedad, a su no tan serio carácter. Encontró estas características en una persona rodeada de otras cuatro, más jóvenes, dos mujeres y dos hombres, de unos 20 años quizás, que conversaban animadamente con Ricardo, cincuentón ya. Antes de que Ignacio se acercara, Ricardo recibe una llamada la que contesta muy interesado.

—…No, el avión todavía no llega…descuida, le daré mis saludos de tu parte, si ustedes dos eran tan amigas…soy irónico…bien, bien… ¿A tu «embajada»?…claro que los vi… ¿Cuál es la manía de enviar siempre a tus tropas?…lo sé, lo sé… ¿Ignacio?…pues acaba de llegar.

Se había acercado. Lo primero que recibió, fue un cariñoso abrazo de una de las jóvenes, y luego, un saludo al estilo militar de los otros tres. Ricardo, en cambio, se dio tiempo de cortar la llamada, ver la hora y guardar el celular tranquilamente. Tras eso, le dio un gran estrechón de manos a su amigo y un abrazo, consciente de que para ellos dos, este día era importante. Conversaron algunos minutos más, y después Ricardo le pidió a Ignacio acompañarlo a comprar unos cafés para el grupo entero. Ignacio no se negó.

— ¿A qué hora se supone que…?

— Paciencia, Ignacio—le recomendó Ricardo—. Diez minutos más, según lo programado. Estoy seguro que podremos esperar esos míseros minutos, si van diez años ya.

— Los demás miembros del Clan…

— Le darán una bienvenida a su tiempo.

— Me pregunto si nos recordará, si recordará lo que ocurrió.

— Ignacio, por favor. Cuando los milicos nos exiliaron, no olvidé ni el sabor de la comida de aquel mal restaurante. Te aseguro que uno no se olvida de la tierra de los padres, ni de nada de lo que aquí hay.

— ¿Ni siquiera de…?

— Ni siquiera de «ellos». Como otros que han regresado, ella regresa para pelear.

Pidieron 6 cafés normales, bien calientes para apaliar el frío. Comúnmente es Ignacio quien paga las cuentas, las deudas, sin embargo, esta vez Ricardo sacó la billetera más rápido. Luego, regresaron a paso lento, y en el camino, Ignacio de pronto encontró objeciones.

— ¿Y si no es seguro estar aquí? ¿Y si diez años de protección no han sido suficientes? Si la traemos para arriesgar la vida, entonces hubiese preferido que no volviera nunca. Nuestros esfuerzos entonces serán en vano.

— En primer lugar, Ignacio, no fue decisión mía que regresara ahora. Por diez años yo y Sergeyeva la persuadimos de no volver a Chile, pero sabes cómo es. Al fin, consiguió la autorización del Consejo de Moscú. Ella hizo todo el trámite y papeleo. No podemos hacer nada frente a eso. En el último momento la llamé para decirle que lo pensara mejor. Pero si mi acción desesperada hubiera tenido éxito, no estaríamos aquí ¿O sí?

Ignacio sonrió.

De pronto, por un parlante se avisó el arribo del vuelo 247, procedente de la Federación Rusa. Minutos después, la compuerta que lleva a los aviones se abrió, y de ella apareció un mar de gente con maletas y demases, y el grupo de Ignacio hizo un improvisado cartel que decía «Nicole Montes. Unión Soviética». Una pequeña humorada, según Ricardo. Ignacio se dividió, entre el nervio de no querer mirar cuando ella llegara, y la ansiedad de querer ser el primero en verla, después de tanto tiempo. Cuando el gentío se hubo disipado, Ricardo y los demás se acercaron a paso de tortuga. Entonces a Ignacio le dio un vuelco el corazón.

Venía ella con un gran equipaje. Ya no era la niña frágil y un tanto enfermiza de hace diez años, ahora se veía más fuerte, enérgica y sonriente. Su caminar era seguro, aunque las piernas le tiritaran a causa de la emoción. En su rostro, a pesar del tiempo, se mantenían las bellas facciones de la juventud. Una sonrisa sencilla, amplia, un tono de piel agradable, un tanto moreno pero aún así luminoso. Y lo más importante, lo que no cambió ni un ápice en estos diez años de ausencia, fueron sus ojos. Asombrosamente negros, como el carbón y la noche. Ojos negros que se llenaron de lágrimas, mientras corría para abrazar ferozmente a alguien, mientras lloraba sobre el pecho de alguien.

— Regresé— dijo ella con la voz entrecortada, cuando siquiera pudo hablar. Y una voz, acariciándola, le dijo:

— Bienvenida, Nicole.

Capítulo Primero: Normalidad.

“…Lyra y su daimonion se apartaron del mundo donde habían nacido, miraron hacia el sol, y echaron a andar en dirección al cielo…Fin”. Así terminaba el libro “Luces del Norte”, de Philip Pullman. El joven Manuel Barreto pasó gran parte del verano leyéndolo, hoja por hoja, día a día, en los ratos libres que le dejaban los constantes trabajos y quehaceres de la casa. Leía sobre todo en la noche, hasta altas horas de la madrugada, maravillándose con aquella fantástica novela, regalada por una de sus profesoras de básica.

Manuel miró alrededor. Se halló en la sala de estar del Internado de Temuco, acompañado por sus compañeros internos que se retorcían de risa, frente a una mesa de ping- pong. Guardó el libro en su bolso, se levantó de la silla donde estaba y se dirigió a uno de los grandes ventanales de la sala. Del otro lado de la calle, estaban todos esos árboles de castañas dispuestos en fila, por toda la Avenida Balmaceda. También vio el Liceo, el imponente edificio adyacente al Internado, donde en algunos instantes, volvería a estar. Se quedó mirando aquel paisaje, pero luego de unos minutos, una familiar voz lo sacó de su ensimismamiento, lo devolvió al mundo real, y le dio un pequeño golpe en el hombro.

— ¿Y eso?— preguntó Manuel a Jorge, su mejor amigo en el Internado y compañero de curso, quien había adoptado una especie de posición de en guardia.

— Pues pensé que responderías— dijo Jorge, refiriéndose al golpe recién dado, e imitando el movimiento saltarín que hacen los boxeadores dentro del ring.

— Te doy en el gusto entonces— le replicó sonriente Manuel, dándole un suave puñetazo debajo de las costillas—, ¿es hora ya?

— Déjame ver— Jorge vio la hora en su reloj y luego asintió con la cabeza—, sí, vamos.

Bajaron por las escaleras hasta el primer piso. Jorge se detuvo frente aquel espejo en la pared, el de cuerpo completo, y se revisó cada cabello de su cabeza, peleando un poco con los mechones rebeldes que no se querían quedar en su lugar. Para colmo, Manuel le hacía morisquetas, caras y gestos, desconcentrándolo.

— Trato de verme decente el primer día de clases, ¿Acaso es mucho pedir?

— Pues sí. Tu ataque estético nos está retrasando, recuerda que tenemos que buscar la sala, así que otro día si quieres te llevo a algún salón de belleza, o algo parecido. Pero ahora, ¡Vámonos!

Salieron del Internado a paso ligero. Era un soleado día, casi sin nubes en el cielo, perfecto para dejar atrás las lluvias torrenciales de la semana pasada. Ellos dos caminaban empujándose, golpeándose a propósito como una forma de divertimento, y veían cómo el Liceo tenía abiertas de par en par las rejas de su entrada, recibiendo una impresionante cantidad de chicos y chicas de la jornada de la tarde. La mitad de este mar de gente eran “carneros”, chicos de primer año medio, comúnmente acompañados por sus padres. La otra mitad eran de segundo medio, como Manuel y Jorge, ya habituados a la rutina del Liceo. Todos conversaban, se reían, disfrutaban, algunas caras lacrimógenas o padres orgullosos; todo parecía reflejar la emoción del inicio de un nuevo año en este lugar.

El Pablo Neruda de Temuco era el liceo más importante de la región, y uno de los más grandes seguramente. A su máxima capacidad, podía albergar a unos 2500 alumnos en sus dos jornadas, de la mañana y de la tarde, y a un ejército de profesores con vasta experiencia, eso sumado a algunos practicantes que venían a cumplir su último año de universidad aquí. El edificio del Liceo era imponente: dos grandes pabellones, el A y el B, de tres pisos cada uno, más el alejado pabellón C, cercano a la cancha del Liceo. Alejado de todos los pabellones, y más cerca del Internado, se encontraba el Gimnasio, lugar donde se reunía al grueso de los alumnos en ciertas ocasiones, y donde se jugaban los encuentros deportivos dentro del Liceo o con otros de la región; frente al Gimnasio, se encontraban las ruinas de un antiguo pabellón consumido por un incendio de años atrás, ahora mejor conocido como la “ratonera”.

Esto era todo lo que Manuel podía recordar del Liceo. Entraron a duras penas con Jorge, ya que los alumnos se aglutinaron frente a un diario mural que tenía escritas las nóminas de los cursos, diario mural que, con pésima estrategia, ponían en la misma entrada del recinto. Cuál era la manía de ponerlo siempre ahí, nadie lo comprendía, pero cada año, ahí se volvía a poner. La galería del Liceo era espaciosa, con algunas bancas a los lados, y conectaba a los dos pabellones A y B como si de un gran puente se tratara. Alejándose lo más rápido posible del gentío, Jorge y Manuel salieron hacia el gran patio del Liceo; había también mucha gente ahí, pero desperdigada por todos lados.

En el patio se reencontraron con varios de sus compañeros de curso. Platicaron un rato sobre lo que hicieron durante el verano que hace sólo unos días había acabado. Algunos fueron a la playa, o a la cordillera, varios viajaron a Santiago o a otras partes más alejadas, mientras que los más fiesteros se lo pasaron de carrete en carrete. Manuel, en cambio, hizo lo mismo que hace todos los veranos. No es que su vida sea aburrida, pero es bien rutinaria. Los primeros días del verano fueron buenos, ya que se había deshecho de la odiosa a veces, rutina del Liceo; podía levantarse más tarde, como en el Internado, veía lo que quería en la televisión, y todo ese tipo de cosas triviales. Pero como después de las primeras semanas, la emoción del cambio de rutina se desvaneció, y entraba en la rutina de estar todos los días en la casa, que a fin de cuentas es tanto o más odiosa que la del Liceo. Para Manuel, era más vivible la rutina “Liceo-Internado”, así compartía con personas de su edad, con intereses comunes. Además, tenía tiempo para escribir sus cuentos y cosas literarias.

Mientras Manuel divagaba sobre las rutinas, el familiar sonido del timbre del Liceo se hizo presente. Eso les dijo a él y a sus amigos que era hora de entrar a clase. Uno de sus compinches sabía dónde estaba su nueva sala, así que lo llevó hasta el tercer piso del pabellón B, es decir, las salas de Historia y Ciencias Sociales.

— ­­Nuestra nueva profe jefe es una de las profes de Historia—le comentó el más entendido a los demás.

— Por favor, dime que no es la Waleska Marín, por favor dime que no es ella— le exigió Manuel, frente a la posibilidad de que le tocara con esa antipática docente.

— Cálmate, Manu. No, no es ella. Por lo que me dijo el profe de Lenguaje, el profe Vivallo, nos asignaron a una profesora recién salida de la Universidad, recién llegada, jovencita.

— ¿Y cómo está? — preguntó Jorge, interesándose en el tema de conversación.

— Según el de Lenguaje, sino estuviera casado, dijo que se le tiraba encima en el acto. Y todos sabemos lo macabeo que es el profe, así que debe de estar bien buena.

Cuando la conversación se fue hacia eso, Manuel decidió adelantarse ya que a esta hora, el acceso a las salas. El tercer piso sólo tenía el espacio vacío de un pasillo que va de norte a sur, vacío que se llena en instantes luego del toque del timbre. Y es que es cosa de sacar cuentas: hay diez salas que se ocupan normalmente en el tercer piso, y cada sala puede contener a 45 alumnos que es el normal dentro de un curso del Liceo. No hay necesidad de decir que 450 estudiantes dentro de un pasillo ralentiza bastante el paso, y para colmo, la puntualidad de los profesores dejaba siempre mucho que desear, lo que hacía algo interminable la espera para pasar a las aulas. Sin embargo, Manuel descubrió que su sala ya estaba abierta, si hasta afuera de aquella habían algunas personas, mujeres específicamente, las que conversaban como loros, comentando qué fue lo habían hecho en el verano. Pasó él tan sólo saludando, sin siquiera detenerse a escuchar el berrinche de sus compañeras de curso.

Manuel tenía una imagen mental muy distinta de lo que ahora estaba viendo. Y es que a final de año su curso había celebrado el fin del 2007 en esta misma sala, ya que la suya, por alguna razón que dieron los inspectores, estaba “inutilizable temporalmente”. Al final de la fiesta del 2°D, el aula había quedado toda desordenada, con vasos plásticos por todas partes, comida aquí y allá, bebidas vacías o a medio vaciar y una que otra bandeja o plato roto. En cambio ahora, la sala 321 de Historia estaba perfectamente aseada, con olor a flores inclusive, nuevas cortinas, nueva capa de pintura y con los vidrios impecables. Simplemente una nueva imagen. Dentro de la sala habían 10 o 15 de sus compañeros, Manuel pasaba al lado, los saludaba, los reconocía a todos ellos…excepto a una.

Era una chica seguramente de su misma edad, al parecer eran iguales en estatura. Esbelta, de facciones bellas, pelo castaño liso que le llegaba más allá de los hombros, parecía tener un cuerpo atlético debajo del apagado uniforme del Liceo, era “rica”, usando terminología de sus amigos, pero Manuel extrañamente no lo importó mucho eso. Le interesó en gran manera, el hecho de que esta niña no demostrase ninguna emoción, era como una muñeca a escala humana. Estaba abstraída mirando a través de la ventana de la sala con sus ojos cafés claros que no parecían detenerse en algo concreto afuera, en el exterior. De pronto su mirada rápidamente se dirigió a la entrada de la sala. Eran los amigos de Manuel que entraban ruidosamente, hablando alto y riendo a carcajadas; ella los miró con indiferencia unos instantes, luego devolvió la mirada al paisaje de la ventana, pero antes de perderse en sus pensamientos inexpresivos, se detuvo y se encontró con la mirada de Manuel. El enrojeció violentamente, mientras ella lo observaba hasta que, otra vez, volvió a mirar a la ventana. Manuel entendió esto como una forma de decir “deja de mirarme”, y caminó hacia el asiento contiguo al que había tomado Jorge, y se sentó, aún rojo por una extraña vergüenza.

­­— Pareces un tomate— le dijo Jorge, sonriendo—, ¿Te pasó algo?

— Nada. Leseras mías. ¿Y la profe nueva?

— No la hemos visto, de hecho, la estuvimos esperando, como supondrás, pero ya son un cuarto para las 3, y la inspectora nos echó para adentro.

Efectivamente. Los compañeros de Manuel entraron de golpe, y de un momento a otro, la sala rebosaba de una infinita y juvenil alegría de chicos un tanto nerviosos por el inicio de otro año. Su curso era bastante ordinario; como cualquier otro, les gustaba jugar, reírse, aunque también eran bastante listos. Si no fuese por esa extraña capacidad de desordenarse en un segundo, serían uno de los cursos modelos del Liceo. Casi todos eran bastante simpáticos, buenos para la “talla”, aunque también había algunos más huraños, pero eran amigos entre sí. Manuel dentro de esto era, bueno, era Manuel. Había días donde él irradiaba una inusitada alegría, y otros, donde apenas hablaba y se la pasaba mirando por la ventana, la misma costumbre que al parecer tenía esa chica nueva.

Tenía el presentimiento de que algo bueno ocurriría ahora mismo, y efectivamente, fue así. Tras la puerta de la sala, venía entrando una persona muy importante para Manuel; si hasta éste dejó de respirar al verla, ya que así no era como recordaba a su compañera. Antes se veía frágil, enfermiza, de aspecto paliducho; su cara demostraba su gran falta de energía, y sus movimientos eran lentos y un tanto inseguros. En cambio ahora, se veía más crecida, con un tono de piel más moreno, agradable; esta vez su caminar era seguro, y con una sonrisa, saludaba a todo a quien veía, y se acercó.

— ¡Pero qué bien te ves! — le dijo Manuel con júbilo a Nadia, aunque a duras penas, ya que un fuerte abrazo de ella no le permitía hablar del todo.

— ¡Muchas gracias! Tú también te ves bien, oh vaya, estás mucho más grande— le replicó ella con voz dulce. Nadia lo apretaba contra ella con fuerza, hasta se empinaba, se paraba en puntillas para abrazarlo mejor. Manuel por su parte, estaba más que feliz por esta bienvenida, y le apretujaba con ganas la cintura, dichoso de volver a verla. Cuando algunos de sus compañeros comenzaron a molestarlos, (Jorge incluido), tuvieron que soltarse. Claro que no querían, si no se habían visto en estos dos meses de vacaciones, se extrañaban como dos condenados. De todas formas, Nadia le preguntó a Manuel dónde estaba sentado, y luego ella se sentó al lado suyo.

Entonces hizo su entrada la profesora Ulloa. Todos tomaron asiento, y la gran mayoría se quedó en silencio. La inspectora, siendo bajita, imponía una gran autoridad, porque cuando andaba de malas, era difícil de aguantar; su verborrea interminable sobre las reglas del Liceo y esas cosas. Sin embargo, esta vez no dijo nada (sólo miró a alguien que se rió muy fuerte, y esta persona recibió su archiconocida mirada asesina), y en vez de darles un grandilocuente discurso, hizo la seña para que entrara alguien afuera de la sala. Entró, de la puerta, una joven mujer, de unos treinta años y menos, alta, pelo negro y bonita. Eso a primera vista. Pero con un enfoque más detenido, era posible captar una extraña sonrisa en los labios de la recién llegada, y además de eso, unos asombrosamente negros ojos, como hollín. Se paró la mujer en medio de la sala, junto a la inspectora, y les habló:

— Pues bien, como ya deben de haberse imaginado, yo soy su profesora de Historia Común, y además, este año también seré su profesora jefe. Es un gusto conocerlos, mi nombre es Nicole Montes.

Silencio total. Si había personas aún hablando, ahora habían cerrado la boca de golpe. Los varones del curso se miraron entre ellos, con un dejo de complicidad en cada guiño, y miraban a la profesora con un inusitado interés. La profesora en cambio, los miró a todos por igual, recorriendo la sala con la mirada. Su sonrisa de pronto se hizo más notoria, se ensanchó y le dijo luego a la profesora que eran “unos chicos adorables” y “puede dejarme sola, no se preocupe”, a lo que la inspectora respondió con “están en sus manos” y dejó la sala. Tras ver la asistencia, la profesora comenzó a pasearse por la sala, preguntando los nombres, riendo a veces con bromas y dejando descolocados a muchos. La profesora era alegre, y extrovertida ciento por ciento; les hablaba a los compañeros como amigos más que como alumnos, demostrando algo importante como es la confianza. Ella tenía carisma, y en un curso algo desordenado, esa es una gran arma. Llegado el momento del recreo, el curso salió hecho una bala hacia el patio, quedándose en la sala las dos recién llegadas, la profesora y la chica nueva. A Manuel le hubiese gustado el saber el porqué, pero una mano suave y cálida le tomó la suya, y se lo llevó al patio.

Quince minutos después, Nadia y Manuel volvían a su siguiente clase. Por alguna razón habían regresado tristes, y se alejaron rápidamente el uno del otro. Parecía como si hubiesen peleado o algo así. Dentro de la sala no se hablaron en ninguna ocasión, y no mantuvieron ningún contacto visual; los dos se veían desganados, y no hablaron casi nada. La chica y la profe nueva habían desaparecido.

Capítulo Segundo: Biblioteca

Manuel despertó sobresaltado. Hace mucho tiempo que no tenía un sueño tan vívido.

Se encontraba él, en el sueño, en las ruinas de algún gran edificio semidestruido, donde grandes y fastuosas explosiones se sucedían cada cierto tanto; él corría, a todo pulmón y con la respiración entrecortada, mas no iba solo. Junto a él iban diez, quince jóvenes de su misma edad y algunos mayores, empuñando lo que podría ser un fusil, pesaban como un fusil verdadero. De pronto, todos ellos se detuvieron. Una enorme explosión incendió los alrededores, se agacharon, algunos exclamaron de dolor o asombro, y muchas voces y sonidos confusos se iban sucediendo. Comenzaron a sentirse los disparos. Rápidamente Manuel y los otros se protegieron tras las ruinas de los edificios en el suelo, y él sintió cómo las balas iban y venían, penetrando el cemento, rozando ruidosamente el aire, impactando directamente en el cuerpo de alguien. Delante de él, una sombra sin rostro se acercaba a una peligrosa velocidad; involuntariamente cargó el fusil y apuntó al centro del espectro que estaba cada vez más cerca. Disparó. Instantes después, la sombra caía inerte, mas, detrás de ella, un ejército de sombras avanzaba sigiloso. Algunas caían por gracia de disparos venidos del bando aliado, pero aparecían más y más, y seguían acercándose. Manuel y sus compañeros disparaban como enajenados, pero ni eso era suficiente, y los enemigos se habían acercado demasiado ya. La desesperación de hallarse sin salida, fue lo que lo despertó angustiado y con un sudor frío en todo el cuerpo.

— Ya está despierto, joven—, le dijo el señor Cartes, inspector nocturno del Internado. Estaban aún las luces apagadas, pero la luz del exterior era visible, así que serían ya cerca de las seis de la mañana—. Le agarró fuerte el sueño parece, ¿está bien?

— Sí señor, fue una pesadilla, nada más. ¿Qué hora es?

— Un cuarto para las seis, buena hora.

— Bien señor.

Manuel se levantó sin chistar, estaba más que acostumbrado a la rutina del Internado. Había que levantarse temprano si es que uno quería conseguir agua caliente, ya que después de las seis y cuarto (hora en la que normalmente los despertaban a los de segundo y primero), la batalla por una ducha caliente se volvía más agresiva, y era eso, o resignarse a la gélida agua que salía por las mañanas. Manuel prefería ahorrarse algún pleito con sus compañeros, y fue a ducharse. De regreso acá, llegaba estilando y tiritando, y antes de ir a cambiarse, pasó por la cama de Jorge y lo despertó.

— Oye, que Quintana no te gane de nuevo.

— ¿Qué? ¿Ah?…Ah, eres tú…sí, sí…ya voy— fue la respuesta semiconsciente de su amigo, que tras levantar un poco la cabeza, la volvió a incrustar en el cojín.

Cuarenta y cinco minutos de después, la gran masa de alumnos internos iba al comedor en busca del desayuno. Era ahí donde tenían sus mejores conversaciones, al lado de una taza de algún exótico sabor de leche, imposible de descifrar.

— Sigo pensando que sabe como a té— dijo Samuel, dándole un sorbo al desayuno de hoy.

— Estás leseando— le replicó Jorge—, es como leche con café pero con muy poca azúcar. Decir que es té, es exagerarlo mucho.

— Que son. Es leche no más, no tiene ningún gusto raro.

— De ustedes tres, eres tú el que necesita el trasplante de lengua con mayor urgencia— apuntó Manuel, y todos quedaron satisfechos.

Así es como se pasaban los desayunos. Charlando sobre alguna cosa del Liceo, o de lo que se hace en el Internado (como el griterío que tuvieron los de segundo año cuando el inspector Cartes tuvo que ir a conversar con el Director), sobre los chascarros que ocurren con cierta frecuencia, o lisa y llanamente, de lo que se les venga en gana. Lo bueno de un internado es que conoces a tanta gente con muchos temas de conversación. Ese de allí, por ejemplo, el gordito con el maletín negro de la primera mesa, está obsesionado con todo lo que es conspiraciones de gobierno, cosas misteriosas y cuanta cosa más aparezca contada por un personaje extraño y frik de la televisión local. El demás a la izquierda, ahora está en tercero, y hubo una vez donde hizo una especie de ritual o algo llamado “Ouija”, donde con otros cuatro voluntarios, estuvieron una media hora intentando contactarse con los espíritus del Internado. Y los que recién se están sentando, sí, esos dos, serán terroristas o algo así en el futuro; siempre encuentran alguna manera de crear bombas: de humo de ruido, de olor, pero como es divertido, ningún alumno interno los ha echado al agua (aún).

El “talento”, por así decirlo, de Manuel, era muchas veces más sobrio, pequeño e inadvertido. Sabía escribir. Escribir cosas que los jóvenes ya no están capacitados ni acostumbrados a escribir, algo que se perdió hace tanto tiempo que para muchos ya no vale la pena buscarlo entre las habilidades que la sociedad ha desechado en busca de la famosa modernidad o globalización. La literatura en sí, no tiene ningún sólo provecho. De hecho, te llena de frustraciones que no deberías tener a esta tierna edad, y lo que es peor, te hace pensar. Digo que es peor porque para la sociedad en general parece ser así. Y quien tenga este extraño don, de seguro no debe sentirse muy afortunado, porque con la escritura te das cuenta que muchos errores, errores que la gente no quiere aceptar. Quedas como, o muy negativo, o demasiado fastidioso, y eso a la larga hace menos extensa tu lista de amistades. Es decir, ¿a quién le gustaría tener un amigo o amiga literato? Son muy extraños, imprevisibles, románticos hasta un punto hasta fastidioso, pero Manuel no se ha hecho muchos problemas, y los amigos de él tampoco. Jorge, por ejemplo, ya se ha acostumbrado, ya aguanta los ataques pseudo filosóficos de su amigo, y hasta comentan de repente los temas que le llegan a la cabeza.

Pero hasta la escritura, hasta para el mismo escritor, resulta a veces bastante frustrante. Que esta historia le falta algo más de acción, que el inicio o es muy típico y convencional o demasiado ingenioso o retrospectivo como para entenderlo a la primera; que este cuento era aburrido por ser demasiado ordinario o mucho realismo sin vida, o el cuento es una locura, con cosas tan abstractas que ni después haberlas leído varias veces se entiende a cabalidad su significado (si es que el cuento en sí contiene algún significado). La historia no tiene buen argumento, o el argumento es bueno pero es difícil plasmarlo, etc., etc. Cosas de esa índoles. Y no hay nada que irrite más que sentirse frustrado por algo que visto desde afuera, resulta tan simple.

— Me encantaría saber—comenzó Jorge, ya en la sala de estudios mientras Manuel se calentaba la cabeza pensando en este tipo de cosas—, qué fue lo que ocurrió ayer en la última hora. De verdad que no te veías bien, y cierta persona andaba de lo más entusiasmado por regresar al Liceo. ¿Y bien?

— Nada, ¿qué me iba a pasar?

(Intento de no hablar del tema…)

— Pues según recuerdo, venías con Nadia al término del recreo, eso me da algunas pistas.

(Intento Fallido…)

— Bueno, en ese caso, supongo que tú sabes por qué.

— Pero…oh, bien, ya lo comprendo. Fue por esa chica indecisa, ¿verdad?

— Pues sí Jorge. Fue por ella.

Corrección. Lo más frustrante deben ser las mujeres, más cuando no están 100% seguras de lo que sienten. Falsas esperanzas, sueños falseados y el que más sufre es el que menos cosas puede hacer. Manuel es un buen ejemplo de aquello. La chica que le gusta está libre, sin compromisos, es bonita, se atraen mutuamente y todo color de rosa, pero son amigos. No hay necesidad de caer en el estereotipo de que no pueden porque son amigos, en las telenovelas esto es una bomba. Pero en la vida real, es doloroso. La amistad es más fuerte, la lealtad a lo que de verdad sienten es más importante, y sanseacabó. O en realidad, no se acaba ahí. A Manuel le gustaría estar con su compañera, para qué andar con rodeos si es fácil darse cuenta. Pero Nadia es inflexible en ese aspecto: “No hasta que esté segura”.

— Posición noble, muy noble— comentó Jorge—, pero no es gracia verte como un perro recién castrado luego de que te juntas con ella. No vamos a decir que sales muy parado de aquellas conversaciones.

— Lo sé, lo sé. A mí tampoco me gusta.

— Entonces aléjate, y se acabó el problema. No me digas que es imposible, porque sabes que eso no es así. No existen las personas imprescindibles. Ni tu mamá ni la mía lo son.

— Es una manera bastante nihilista de verlo, ¿No lo crees?

— Mira, según el viejo Cárcamo, el de Biología—Jorge tomó el aspecto de su profesor de aquella materia, los pantalones más arriba de lo normal y sacando pecho—, el hombre sólo necesita aire, comida, un lugar cómodo donde dormir, y sexo. El resto no es indispensable.

— Pero el profe de Historia también dijo que necesitábamos relaciones sociales, o si no nos volveríamos locos de soledad.

— Bueno, bueno, agrégale eso de las relaciones sociales. Pero no dice con una persona determinada, a eso me refiero.

— Um…buen punto.

— ¿Y si te encontraras a otra persona? No tendría nada de malo, hasta Nadia entendería, y ella podría hacer lo mismo— Manuel puso cara de pocos amigos.

— Qué poco tacto tienes, Jorge.

— ¿Por qué? Oh bien, olvídalo— se levantó de su asiento, e hizo ademán de irse—. Me voy, tengo clases de Guitarra y…Oh!, recuerda la tarea de Balmaceda, es para hoy.

— ¿Y tú?

— Después me las pasas, compañero— agregó Jorge con un guiño de complicidad.

— Vete de aquí— dijo Manuel con un artificial disgusto.

Tras el almuerzo, Manuel se dirigió a la biblioteca municipal, la Galo Sepúlveda. No hacía un día tan bueno como ayer, el cielo estaba estropeado por gruesas nubes grises que parecían llamar otra vez a la lluvia de los días pasados. Las hojas de los árboles permanecían aún ahí, señal de que el otoño se había retrasado una o dos semanas, así que el frío del sur demoraría un tanto en volver a llegar. Al menos, una buena noticia. La Biblioteca queda a pocas cuadras del Internado. Es un edificio macizo, con muchos años de historia, creado por aquel caballero que ahora está bajo tierra. Es aquí donde Manuel viene a buscar información para tareas, o trabajos hechos a última hora, o también para venir a buscar los libros que le hacen leer en la asignatura de Lenguaje, y de repente es bueno para estar tranquilo y disfrutar del silencio que sencillamente no se puede conseguir en un internado de hombres.

Manuel entró en la biblioteca. En la entrada, hay un mostrador donde reciben bolsos y mochilas, donde él dejó sus cosas y pasó hacia el pasillo principal. He aquí tres opciones a seguir, donde la primera es la que lleva a la biblioteca en sí, la segunda hacia el salón de computación, y la tercera, bueno, la tercera opción Manuel nunca la ha visto. Siempre la ha encontrado cerrada. Eligió la primera, segundo piso, que es donde están los libros de Historia y ese tipo de cuentos.

— Buenos días— lo saludó la bibliotecaria del segundo piso, una mujer bastante pequeña de estatura, lentes redondos como platos y pelo rojizo, cortito— ah, eres tú, hace tiempo que no venías.

— Buenas señora, es que tengo tarea— Manuel saludó a la señora, a la que conocía del año pasado y con la que se llevaba bastante bien. Miró él por toda la gran habitación, especialmente donde había un computador. El año pasado, había una bella estudiante de Informática que había venido a hacer su práctica aquí, y la que le sonreía y conversaba plácidamente con él. Obviamente no la encontró. Encontró a alguien tal vez aún más interesante.

Sentada con un grueso libro a ambos lados de la mesa donde se hallaba, la chica nueva de ayer estaba ahí. Estaba con ropa de calle, unos jeans normales y un polerón que le quedaba algo holgado encima del cuerpo, parecía no ser de su talla. El pelo lo tenía tomado, y miraba con bastante interés un tercer libro, el que estaba abierto junto a los otros dos grandotes. Pasaba las hojas rápido, como si supiese ya qué es lo que dicen, y pasando con el dedo índice las partes que al parecer guardaban más información. Manuel la quedó mirando un par de segundos, y luego fue a sentarse, no sabiendo porqué, en la mesa adyacente a la de ella.

Los estaban en silencio. La chica nueva no había levantado la vista ni una sola vez, seguía en su abstrayente lectura, mientras Manuel buscaba no hacer ni siquiera el más mínimo ruido para no molestarla. No quería recibir otra mirada como la de ayer. Estuvieron así largo rato. Manuel la miraba por si acaso cada cierto tiempo, y siempre la encontraba en la misma posición, los únicos movimientos que hacía eran el de los ojos y el de la mano que cambiaba de página o remarcaba algo, el resto no cambiaba en nada, y su respiración era apenas perceptible, a pesar de que el silencio de la habitación era bastante.

Un sonido sordo. La chica nueva cerró el libro de golpe, tomó los otros dos como pudo y fue a dejarlos donde la bibliotecaria. Rellenó la hojita de Uso de la Sala, y tras dar un corto “adiós”, se fue de ahí. Manuel también había terminado, pero faltaban 35 minutos para entrar a clases, y no valía la pena ir al Internado a esta hora. Prefirió quedarse a leer alguna otra cosa, como aquellos documentos sobre el golpe militar, la operación Cóndor o de la segunda guerra mundial, de la guerra fría y ese tipo de cosas históricas. Tomó el primer libro de la colección de “Segunda Guerra Mundial Ilustrada”, y empezó a ver y a cambiar páginas mientras avanzaba en su lectura. Imágenes de Polonia, Checoslovaquia y Austria antes del desastre, los primeros campos de concentración y las marchas en Alemania hechas por los nazis. Estaba viendo una foto una fábrica alemana en Munich de armamento pesado, cuando oyó hablar a una mujer por teléfono.

— Y se fue no más… ¿Está contigo ahora?…Yo ni me fijé cuando ella se había ido, estaba leyendo unos libros gruesos de no sé qué cosa, mientras yo buscaba el libro, y cuando vuelvo, ya no estaba…no, no pude encontrarlo…sí, lo sé…no, no es necesario, puedo seguir yo sola…bien, hasta luego.

Cortó la llamada. La mujer era joven, de unos 30 años, pelo negro y bonita. Revolvía los libros de un estante cercano a Manuel, como buscando algo, pero que no sabía lo que era, y miraba y giraba la cabeza para leer mejor los títulos de los libros. La bibliotecaria al parecer se percató de la mujer, porque minutos después vino a preguntarle qué necesitaba.

— Estoy buscando un libro en particular, uno que no debería estar aquí— le dijo la mujer a la bibliotecaria, quien se rascaba la barbilla como recordando—, es uno pequeño, es como un libro de actas, de tapa más bien oscura y escrito en letra imprenta. Se llama LJS98.

— Um…no recuerdo haber visto un libro así. Estoy segura que no debe de estar en ninguna ficha, o lo tendríamos en otro sector de la biblioteca. Pero puede que esté aquí, en estos estantes, no tocamos muchos estos ya que se desordenan bien poco, la gente viene más para la sección de Literatura, no sabría decirle más.

— Está bien, seguiré buscando. Descuide que no desordenaré nada y dejaré los libros tal como están.

— Pero si es tan importante, iré a buscar en la bodega, tal vez lo dejaron ahí.

— Muchas gracias.

La pelirroja bibliotecaria desapareció tras una puerta que señalaba la bodega, mientras la mujer seguía buscando en los estantes. Serían las dos veinte de la tarde cuando Manuel decidió irse para el Liceo. Fue a dejar el libro de la guerra mundial en su lugar, y de pronto oyó un ruido sucesivo, como si cosas fuesen cayendo unas sobre otras. Y efectivamente, al otro lado del estante estaba la mujer en el suelo, sobándose la cabeza mientras varios tomos de “Economía Keynesiana” estaban en el suelo, caídos seguramente. “Maldito capitalismo”, susurró la mujer entre dientes, mientras Manuel colocaba en orden aquellos libros.

— Algún día sólo serán libros— le dijo él con algo de timidez, pero la mujer le dio una franca sonrisa y se levantó. La encontró mucho más hermosa, ahora vista desde cerca. Y mucho más alta que él, también.

— Muchas gracias, no se me da muy bien esto de ordenar y clasificar.

— No importa, pero, ese libro que está buscando, ¿de qué se trata? — Manuel se arrepintió un poco de haberlo preguntado de esa forma, porque parecía muy entrometido de su parte, pero la mujer le contestó sin ninguna señal de haber sido agraviada.

— Son recuerdos— la mujer de pronto pareció triste, como nostálgica—, recuerdos de un amigo que hace mucho tiempo que ya no veo hace muchos años. Son actas de reuniones que tuvimos en el pasado.

— Y usted quiere recuperar esas actas.

— En cierta forma, son más que actas— la mujer comenzó a buscar en el estante más cercano—, son las impresiones que él tenía sobre nosotros, sobre mí, sobre todo.

— ¿Cómo un diario de vida?

— Algo así.

Manuel dejó de preguntar. La tristeza en la cara de la mujer había aumentado bastante, mientras buscaba en silencio. Recordó él que años atrás él también había perdido algo del pasado; era un cuaderno donde transcribió gran parte de los escritos que había hecho en básica, sus poemas, acrósticos y cuentos. Pero un día, lo perdió, y revolvió hasta el último centímetro de su casa, buscándolo. Nunca lo encontró. Así que el igual comprendía lo triste que era perder una parte de su pasado, un fragmento de la historia propia, y simpatizó con aquella mujer que buscaba el recuerdo de su amigo. Le preguntó si podía ayudarla, y ella alegremente le dijo que sí.

— ¿Pololeas? — le preguntó la mujer mientras buscaban en la quinta repisa de la habitación.

— No, no en realidad— fue la respuesta tímida de él.

— ¿Seguro? Porque ese “No” parece decir otra cosa— dijo la mujer con una mirada pícara y sonriente.

— Es un “No” pesimista­— Manuel creyó que no perdía nada con contarle lo que le sucedía, así que mientras revisaban libro por libro, le narró la historia entre él y Nadia. La mujer rió, se confundió y hasta lo retó un poquito, pero siguió escuchando, y al final, dio su opinión.

— Complicado…en parte por la niña, pero también por ti.

— ¿Por mí?

— Claro. Cualquier otro se aburre, le da la lesera y chao pescado. Pero tú sigues aquí, esperando pacientemente a que la niña se decida de una buena vez. Me gusta esa actitud, aunque tampoco es gratis hacer esperar tanto tiempo, pero bueno, no soy quién para juzgar.

— ¿Tiene alguna historia parecida?

— En realidad, sí. Pero es varias veces más complicada, no lo entenderías del todo. Fueron diez años donde no nos pudimos ver, y al menos yo no me pude olvidar de él— la mujer suspiró levemente—, las cosas que uno sufre por amor. Creo que, según yo, así es la vida ¿No?

— Tal vez. Pero cuénteme más…

— ¿Qué podría contarte? Pues…nos conocimos en el Liceo, igual que tú y aquella niña, pero nosotros sí tuvimos algo, fuimos pololos. Fue todo bien hasta que yo tuve que irme, por la fuerza. Creo que ninguno de los dos pudo superarlo. Yo no estuve con nadie más, y el tampoco, pero ahora que nos reencontramos, no ha pasado nada de nada.

— Qué mal.

— Bastante mal. Pero espero a que en el futuro podamos volver a ser como antes, antes de que…

La mujer se detuvo abruptamente. Era como si casi hubiese dicho algo que no debía, pero Manuel no se había percatado de aquello. Pensaba él en que le gustaría tener una amiga como esta mujer; una persona con la cual hablar sobre historias de amor, sobre cosas pequeñas pero invaluables y recuerdos del pasado. Manuel no era ni solitario ni menos antisocial, pero deseaba tener un tipo de amistad que es difícil de encontrar a esta edad, una amistad incondicional de verdad, en las buenas y en las malas, una amistad que trascendiera más allá del Liceo, o del Internado.

— ¿Y bien? ¿Qué piensas hacer con esa niña? ¿Cómo se llama, cómo es?

— Se llama Nadia. Um…para mí es bonita, pero los otros la consideran normal. Tiene lindos ojos, grandes, pero bonitos; es demasiado simpática, muy risueña, y me siento bien junto a ella. Es contradictorio decirlo, pero es una gran amiga, pero no sé qué hacer, al menos no por ahora.

— Chócale, estamos en las mismas.

Manuel se sentía bien con esa mujer. Era muy comprensiva, entendía con gran facilidad lo que un simple chico de 16 años le contaba, y daba respuestas y comentarios acordes a esa edad. Después de unos minutos, la barrera que suponía la diferencia de edad y la desconfianza terminó por desaparecer, y comenzaron a platicar sobre muchos otros temas, de música, de películas, de libros, de anécdotas interesantes de su vida. A pesar de que la mujer en sí no le provocaba ninguna sospecha, era extraño que no hablase mucho desde cuarto medio hasta ahora, como que evitaba el tema. Llegaron al tema de la política, y mientras Manuel explicaba su posición personal, la mujer comenzó mirarlo con interés.

— Pues bien…no soy totalmente marxista, pero lo de la lucha de clases es legítimo para mí. Ahora, no me gustan los partidos actuales, ya no son políticos, son politiquería, y eso me enferma…hay un viejo de derecha, no sé cómo se llama, pero habla y habla y repite siempre lo mismo, no sirve para nada.

— No lo conozco, pero bueno. Yo estoy 100% de acuerdo con la lucha de clases. Entenderás que nací en una época muy política, y elegí ese camino.

Siguieron conversando, y el minutero del reloj daba vueltas y vueltas sin cesar, mientras el tiempo pasaba sigiloso. Manuel no se percató de aquello; estaba interesado en lo que hablaba esta mujer, en las cosas que los dos descubrían. De repente tomaban un libro con algún tema interesante, y lo analizaban y discutían, sacando conclusiones muy alejadas del tema, pero al menos se divertían bastante cuando se preguntaban de qué estaban hablando. Pasó mucho tiempo después, mientras ellos buscaban al mismo tiempo que hablaban, hasta que regresó la bibliotecaria pelirroja, con malas noticias para la mujer: el libro no se encontraba.

— Oh, bien. Gracias de todos modos, seguramente debe estar en algún otro lugar.

— Lo siento, debe ser muy importante para usted— dijo la bibliotecaria, con genuina solidaridad—, si quiere, nos podemos tomar una taza de café, son un cuarto para las seis, la biblioteca cierra en media hora más. Si usted gusta…

— ¡¿Un cuarto para las seis?! — exclamó Manuel lleno de sorpresa mayúscula. Hace más de tres horas que debió haber entrado a clases. Ni la mentira más brillante podría esta vez justificarlo ante semejante atraso. La bibliotecaria puso cara de no entender, pero la mujer pareció comprender la situación. Se despidió de la pelirroja, dándole las gracias, agarró a Manuel del brazo, suavemente eso sí, y se lo llevó escaleras abajo, saliendo raudamente de la biblioteca.

Capítulo Tercero: Introspectiva

— ¿Cómo pasa el tiempo cuando uno se divierte eh?­— dijo la mujer con la respiración algo agitada. Manuel caminaba rápido, emparejado con ella, mientras en su cabeza comenzaba a fraguar alguna mentirilla blanca para no traer a su apoderado. Claramente se veía preocupado porque no era ninguna gracia haber comenzado el año, y de esta forma…y con lo agradable que andaba el Inspector General estos días.

— Lo menos que puedo hacer es justificarte, ¿No crees? — volvió a hablar la mujer, mientras miraba la hora en su reloj.

— ¿Puede hacer eso?

— Claro, tengo una coartada perfecta, descuida.

— Bien…

Coartada perfecta. ¿Qué quería decir con eso? Iba a mentir, eso era seguro. Decir que era su pariente, que había habido un problema familiar, la muerte de un perro, o que se atrasaron en no sé cuál trámite bancario o burocrático, haciendo los papeleos para una beca, ¡Qué sé yo!, con tal que el viejo González se lo creyese. Entraron, y la mujer se dirigió directamente a Inspectoría general, como quien entra por su casa. Estaba el Inspector González ahí, con su camisa abultada en la región del abdomen, mirando con ojos un tanto sorprendidos al ver entrar a la mujer, a través de lo vidrioso y algo empañado de sus lentes circulares. Tomó aire, y se sentó con la solemnidad extraña de este cargo, y preguntó:

— ¿En qué le puedo ayudar?

— Pues, señor Inspector, vengo a justificar a este alumno porque… — la mujer comenzó la narración de los hechos, hecha para favorecer a Manuel desde luego. Contó ella que buscaba material para una clase en la Biblioteca Municipal Galo Sepúlveda, donde por esos azares de la vida, también se encontraba el alumno Barreto. La mujer tuvo un contratiempo con un estante caído por accidente, así que el alumno se ofreció generosamente para ayudarla en ese contratiempo, pero les llevó más tiempo del esperado y…el resto es historia. El Inspector se quitó los lentes, y con ojos extrañados miró fijamente a Manuel un rato, y luego a la mujer, quien sonreía.

— Así que me está diciendo— comenzó el inspector con un tono más bien amistoso, comparado con el que comúnmente muestra con los alumnos— que el alumno Barreto faltó a cuatro horas completas de clase, por estar con usted.

— En pocas palabras, sí.

— Pero supongo que esto no se volverá a repetir, perdió casi todo un día jovencito— esta vez se dirigió a Manuel, quien sólo asintió la cabeza a modo de respuesta—. Bueno, como está siendo justificado por la profesora, veo razón para poner más trabas, vaya a su aula con esta justificación y pórtese bien señor…Barreto. Adiós.

Manuel se levantó, se despidió mecánicamente, y se fue al tercer piso, le tocaba Historia Complementaria. ¿Profesora, ésa mujer? Subió los escalones pensando, y llegó a su sala, entró, y recibió un caluroso espaldarazo de Jorge, quién lo miraba de arriba abajo.

— Te dignaste a regresar. Ya les había dicho a los chicos que te fuiste a la Unión Soviética o alguno de esos países amigos tuyos. Además cierta persona me hizo un pequeño interrogatorio por ti.

— Lamento haber tardado, pero había muchos norteamericanos en el camino, ¿A quién te refieres?

— ¡Llegaste! La manía de hacerme pasar rabias…

Nadia miraba con ojos inquisitivos a Manuel, quien primero sonrió, luego la miró con el entrecejo y luego volvió a sonreír. Fue así un rato, luego se saludaron. No se habían hablado después de lo que ocurrió ese primer día de clases, se habían distanciado un poco. Ella propuso que se sentaran juntos, y él, obviamente, aceptó. Entró el profesor, un señor grande, gordo, semi calvo y cojo, que traía consigo una gran vara de madera, que hacía sonar en el suelo cada cierto tiempo, y muchos se preguntaron para qué era específicamente, y alguien dentro del murmullo de la sala dijo que el profesor de un solo varillazo haría hacer callar a los que se portaran mal. Entre risa y risa, el profe explicó que él lo usaba como regla, no para otra cosa. Sacó algunas hojas sueltas de su maletín, y la clase comenzó.

— Pensé que dejarías de hablarme— dijo Nadia mientras borraba con cada corrección que el profe hacía en su mismo mapa conceptual—. Lamento lo del primer día.

— No tiene importancia, de verdad— contestó Manuel con voz suave. Él en el fondo no recordaba con buenos ojos ese día. Habían salido al patio, para “conversar”, estuvieron bien al principio, pero entonces uno de ellos salió con un comentario desafortunado, y toda la rabia, y tristeza, que se habían guardado en las vacaciones de verano, salió a flote.

— Tú tienes razón. Yo soy la indecisa.

— No es así. Se supone que íbamos a esperar, yo rompí nuestro pacto.

Nadia lo miró un rato. Reconoció en él, algo de niño que aún quedaba en su rostro, y lo encontró tierno. Estiró su mano, tomando la suya, y él no hizo ademán de negarse, y la juntó más con la de ella. Nadia se preguntó el por qué estaban así, y no pudo hallar respuesta, y sólo se miraron un buen rato, sin decirse nada, porque no tenían nada que decirse. Cómo deseó ella que Manuel la tomara en brazos, y llorar, llorar para desahogarse de la vida, de la pena que desde hace tiempo teñía a sus días de un desgraciado gris oscuro.

Su padre se moría. Se moría a los cuarenta y tantos años, víctima de un fulminante cáncer. Los médicos no dan mucho tiempo. Y las lágrimas de ella comenzaban a llenarse dentro de su pecho, como cuando llueve tanto que el río empieza a crecer. Pero había siempre un límite. El río se rebasaba, y lo peor, fue con Manuel. Toda la rabia contenida, y la impotencia del individuo, indefenso total contra la muerte, fue a parar al rostro de quien tantas veces había servido como pañuelo siempre listo. Temía ella no contar con él para otra ocasión. Por eso este acercamiento. Porque lo necesitaba. Más que un mero pañuelo, lo necesitaba más que un amigo, más que un hermano. Se necesitaban mutuamente, se querían. La peor impotencia del mundo, es que puedas hacer algo, y no lo hagas por alguna razón que a fin de cuentas no importa.

Cómo iban a pololear. Esa idea era en ella extraña y sinsentido, pero también se sentían presionados por estarlo. Para remate: querían estarlo, ser una pareja como cualquier otra, entonces ella se sentiría en tal libertad de llorar, de reír, de soñar, entonces de alguna manera extraña sería feliz. Sabía que Manuel podía sacarla de la enajenación de su espíritu, pero…Amistad. Qué pequeña y destructiva era esa palabra. La amistad cultivada tanto tiempo, ¿Sería traición? ¿Y si no resultaba? ¿Perdería acaso a su mejor amigo? Quién sabe. Ese era el peligro. Y ella lo quería para siempre. Como amigo, o como novio, ésa era la cuestión.

En la sala de al lado, Nicole Montes ya había despachado a su curso. Inquietos niños, opinó ella del curso de primero medio con los que había pasado cuarenta y cinco minutos. Arreglaba lentamente sus cosas, como quién sabe que le queda mucho tiempo por gastar, y revisaba cada papel metido en una carpeta sencilla y humilde. Dentro había quince fichas de vida de personas con el timbre de “DD.DD”. Detenidas/Desaparecidas. Y no por el régimen militar, como sería obvio esperar. Estas personas desaparecieron en 1998, ocho años después del fin de la dictadura. ¿Entonces? Miró dos fichas con detención. César Campos y Marcia Herrera. No tendrían más de 18 años, según lo que demostraba la fotografía adjuntada con un clip a la hoja. Nicole demostró una extraña mirada de cariño, como de cariño que duele. Nostalgia.

Dejó de lado la carpeta, guardándola en su bolso. Tomó aire y miró por la ventana. Seguían en horario de verano, el sol estaba bajando peligrosamente, volviendo rojizo y anaranjado el atardecer. Pronto anochecería. Interesante: para ellos amanecía. Ricardo, Ignacio, Bárbara, para ella, la noche se estaba oscureciendo más y más; señal de que pronto esto terminaría con el alba de un nuevo día. La guerra que había iniciado hace casi cuarenta años, por fin terminaría. La sangría que empezó con sangre, a sangre debe finalizar. Qué claro, qué límpido se veía ahora el panorama del porvenir. Siguió mirando el cielo que empezaba a oscurecerse un buen rato más, hasta que tocó el timbre de las siete y media de la tarde, y salió de la sala donde se encontraba.

Afuera, se halló con la marea de chicos y chicas que lo único que querían era salir del Liceo. Saliendo de la otra sala se encontró con el chico de la biblioteca, el tal Manuel Barreto. Simpático chico, buena presencia y de gran valor. Salieron como ganado de la sala, riendo, jugando, gritando algunos. Parece mentira, susurró ella en un tono inaudible. Parecía mentira que hace diez años ella estaba igual que ellos, sin saber mucho y viviendo una vida normal y corriente, aburrida pero tranquila. Y ahora, ahora era una profesora de Liceo, claro que eso era una fachada. Militante de un movimiento que nunca aparecerá en los carteles de alguna campaña electoral; el de la lucha infinita. El de la resistencia.

Bajó por las escaleras lentamente. Pronto el enorme murmullo de los alumnos fue desapareciendo, hasta que sólo los profesores quedaron, y más de alguno también se estaba yendo. Fue a la sala común, firmó el libro de salida y tras sacar algunas cosas de su casillero, salió del Liceo. Vio como el chico Barreto se iba hacia el Internado, y ella tomó un camino distinto. Mientras caminaba por las calles, escuchando los sonidos del ir y venir de micros y automóviles. Comenzó a caminar hacia el centro de la ciudad, y no la encontró tan distinto a su imagen mental de hace diez años, salvo por las remodelaciones de algunos edificios. Eso sí, se disgustó por el aparente fanatismo de los alcaldes por tratar de convertir a Temuco en algo parecido a un barrio industrial santiaguino. Prefería ella, aquella ciudad provinciana, llena de aquel pueblo indomable que son los mapuches, gente que podía reunirse en las plazas y lugares públicos sin estar bajo vigilancia de los carabineros. Le gustaba respirar, en ese entonces, el aire nuevo de una recuperada libertad, tras diecisiete años de tortuosa y amarga dictadura. El Chile que Nicole había conocido en su juventud, era la imagen de un país que comenzaba a sanar de una larga herida.

Pero la recuperación era sólo superficial. La desigualdad social seguía latente, como aquella enfermedad persistente que espera, que madura y luego revienta con fuerza destructiva. La injusticia, invisible para una mansa clase media, golpeaba silenciosamente a la clase popular, una violencia sistemática, orquestada por las altas esferas del país, por los sectores más pudientes y reaccionarios de nuestra sociedad. Los tentáculos de una conspiración infinita iban contaminando los lugares que otrora eran semillero de movimiento social: la prensa libre, era ahora privatizada y silenciosa, comprada con dinero, la prensa del pueblo sofocada hasta la muerte por la competencia desleal. Los partidos políticos, antes instrumento de acción para la clase obrera, armas legítimas de los que habían nacido sin voz ni poder, ahora se adaptaban oportunistamente al sistema post dictadura, volviéndose grupos inoperantes, una reunión de personas sin nada en común, salvo el deseo de repartirse entre ellos cargos públicos con cuantiosos sueldos. Y el pueblo, aquel grupo golpeado, machacado siempre por las crisis del capitalismo, aquellos a quienes siempre les faltaba algo, siendo ésta su motivación para levantarse cada día, aún con hambre, o con frío o tristeza; ése pueblo simplemente había sido desmembrado. La primera oleada de exterminio vino con el golpe militar y los primeros años luego del ascenso de Pinochet al poder y el advenimiento de la dictadura. Los reaccionarios, usando a los milicos como perros de caza, cortaban cabezas, eliminando primero a los que trabajaron y lucharon por el gobierno del Presidente Allende. Los sobrevivientes y los hijos de los asesinados impunemente y exiliados, se convirtieron en un frente de resistencia contra la tiranía, formando grupos tales como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, de raigambre comunista. La creación de esta oposición al oscurantismo, produjo el segundo exterminio, esta vez fue el terror, y la violencia de Estado. Tras la transición a la democracia, la guerra de clases bajó hasta un límite imperceptible, mas siempre presente, siempre latente. La ultra derecha, en un intento desesperado por derrotar a los revolucionarios, llevó a cabo su último plan de exterminio sistemático. El abominable plan se llamaba Fin de la Historia

Tras caminar algunas cuadras más, Nicole llegó a un edificio de departamentos conocido. Entró, subió las escaleras hasta el cuarto piso y mientras hacía esto, iba recordando la primera vez que subió a este lugar, hace ya algunos meses, luego de haber llegado al Aeropuerto. Tras la bienvenida que Ignacio, Ricardo y compañía le habían dado, ella y los demás fueron transportados por un furgón que llegó como anillo al dedo en esa ocasión. En el vehículo, fueron conversando un poco, y ella recordaba trazas de aquella charla:

— No puede quedarse en instalaciones rebeldes— había dicho Ricardo en tono severo, algo fingido—, puesto que la encontrarían de inmediato.

— Pero no tenemos más lugares que esos— habló Ignacio, y ella recordó haberle dado una larga mirada—. Además, es obvio que no podemos dejarla sin protección alguna.

— Lo sabemos Ignacio. Nosotros, tanto como tú, queremos preservar a Nicole sana y salva. Pero piensa un poco; si establecemos alguna instalación con fuerte seguridad, más de lo normal, ellos se percatarán de la novedad, y no dudes que enviarán un poderoso contingente, más cuando sepan de quién se trata. No queremos enfrentamientos, al menos no por ahora.

— El centro comunitario de Nueva Imperial, ¿No funcionaría como una especie de cuartel? — preguntó uno de los jóvenes que venía en la comitiva.

— Esa idea es refutable por la razón contraria. En Imperial no existe el suficiente contingente, menos uno que sea aliado nuestro. Debe ser necesariamente Central Temuco, y eso limita bastante nuestras posibilidades. En fin, estemos en la sede podremos pensar en algo más…

— Quiero quedarme con Ignacio— dijo Nicole, hablando por primera vez. Todos menos el mencionado la miraron, los jóvenes sin entender mucho, pero Ricardo sonrió levemente, y luego agregó:

— Me parece una buena idea. El departamento de él está estratégicamente bien ubicado, con personal civil y militar rebelde y leal…es buena idea, pero, ¿Ignacio? ¿Tienes algún problema con ello?

— Ninguno. Aunque creo que debemos hacer algunos cambios, si ése es el caso.

Así fue como ella terminó viviendo con Ignacio. Claro que recibió una inesperada sorpresa cuando vio el estado en el que se encontraba aquel lugar. Bueno, cualquier lugar convertido en un vertedero entrega una extraña primera impresión; pero (tal vez para mala suerte de Ignacio), Nicole seguía siendo una mujer que le buscaba soluciones a las cosas. Así que organizaron cinco jornadas de limpieza intensiva, donde ellos dos hicieron de todo para limpiar a fondo ese lugar.

El primer día fue de preparación. Ignacio se negó terminantemente a que Nicole saliera del departamento, así que fue él quien compró el arsenal de productos de aseo ella dijo necesitar. Lo primero fue una barrida general de toda la superficie, donde a Nicole le llegaron a dar arcadas de ver y oler tanta cosa descompuesta y por descomponer habida en el suelo o en los sillones. Llenaron bolsas y bolsas llenas de desperdicios, tantas que no dejaban caminar libremente; se tomaron todo el primer día en limpiar sólo superficialmente, aunque hubo lugares que no tocaron. El segundo día, se dividieron las tareas: mientras Ignacio limpiaba el baño, que de por sí apestaba, Nicole se encargaba de la cocina, de los platos sucios acumulados y de la inmundicia en que se había convertido el refrigerador. La tercera jornada la dedicaron a sacar la roñosa pintura que se caía a pedazos de todas partes, más la limpieza de algunos muebles, la verificación de su estado y ver si había que sustituirlos y cosas así. El cuarto día fue para limpiar las piezas y habilitarlas según lo que se necesitaba, además de crear una especie de bodega donde pusieron lo que no era prescindible. Y el quinto día, fue para limpiar una especie de balcón que Ignacio ignoraba que el departamento tenía, y para pintar todo de nuevo. Ese día terminaron antes, así que cuando ya no hubo nada más que hacer, se tumbaron en unos sillones a descansar.

— Creo que ahora está más habitable— dijo Nicole, e Ignacio sólo asintió con la cabeza­— ¿Por qué dejaste que esto se convirtiera en un basural?

— Porque, muchas cosas…dejaron de importarme cuando, cuando eso ocurrió.

— Pero ustedes siguieron trabajando con Ricardo, él me lo contó, claro que ahora desde adentro del Ejército Oficial.

— ¿Cuánto sabes de aquello?

— Sólo lo que Ricardo me ha contado. Sé que después de mi exilio, tú, él, y el resto de nosotros fueron arrestados, y obligados a unirse a la Recta Provincia. Sé también que desde el ´98 que han participado en la subversión de esta misma, sobre los contingentes rebeldes, las células, los miembros incrustados en cada organización.

— ¿Algo más?

—Sé que están preparando algo, que sucederá algo, pero por alguna razón, Ricardo dice que él no es indicado para contármelo. Dice que, tienes que ser tú quien me lo diga.

Ignacio no dijo nada. Era ya tarde, estaba oscuro y a pesar de la capa de smog que la industrialización había creado sobre Temuco, la luz mortecina de las estrellas aún podía ser vista. Nicole pretendía insistir sobre el plan, pero el ensimismamiento en que Ignacio había caído se le replicó a ella, y los dos se quedaron callados, en silencio, porque aunque tenían muchas cosas qué decirse, prefirieron esa noche no decirse nada…

Nicole terminó de recordar. Estaba ya adentro del departamento, prendiendo las luces porque todo estaba a oscuras, al parecer él no se encontraba. Dejó sus cosas sobre la mesa, y en ese lugar, encontró una pequeña nota escrita a mano, que la invitaba a un bar cercano a conversar. Era la letra de Ricardo, y el local no quedaba muy lejos. Se cambió, su puso una ropa más de civil, unos blue jeans ajustados, una chaqueta de mezclilla, y antes de irse, tomó de un cajón cerrado con llave, un objeto negro y de brillo metálico, que se puso al cinto, escondido en la espalda. Apagó las luces, y salió silenciosamente.

Capítulo Cuarto: El Radical

Aquel bar no quedaba más allá de unas cuantas cuadras desde el edificio de departamentos, y además ella ya había ido allí unas dos veces. Sin embargo, cualquier salida al exterior significaba siempre una cuota de peligro, si hasta el ir y venir de su trabajo en el Liceo representaba cierto grado de inseguridad, porque en cualquier lugar, en cualquier momento, podía encontrarse con algún agente enviado por la Recta Provincia, con el propósito de eliminarla. Era por eso que debía andar con su pistola Magnum, el objeto de brillo metálico que se puso al cinto. Porque ellos no iban a olvidar a la mujer que hizo fracasar la operación Fin de la Historia, no tan fácilmente, y Nicole y los demás lo sabían. No fue gratuita la espera de diez largos años para regresar a Chile, porque le habían puesto precio a su cabeza.

Entró ella en el bar restaurante, El Radical, un lugar considerado de Seguridad por Ricardo y los demás, siendo frecuentado por compañeros rebeldes a todas horas. Adentro del local, había grandes mesones de madera, de buena madera, y en torno a ellos, hombres y mujeres que bebían y comían, que jugaban, se reían o lloraban lamentándose por algo. Ninguno de ellos era alguien importante, o de plata, y mucho menos de la clase politiquera habitante de Temuco, municipalidad incluida. Un enorme letrero rezaba tan sólo al entrar: “Bienvenidos, Amigos del Pueblo”, y bajo él, el dueño del local saludaba a todos con grandilocuencia. Se llamaba Carlos Kayser, tenía una prominente barriga de escritor, bigote y con una amplia sonrisa en los labios. Tenía también un gran vozarrón que utilizaba para imponer justicia en caso de algún pleito, para llamar y ordenar a un mesero, si es que se encontraba, o simplemente para saludar enérgicamente a sus frecuentes comensales.

Nicole captó muchas de las miradas de los presentes. Algunos llegaron a reconocerla, la saludaron, le invitaron tragos, aunque ella negaba la invitación con un sonriente “para la otra vez será”. Era la gratitud demostrada hacia ella, porque muchas de estas personas serían también Detenidas/Desaparecidas de la Recta Provincia, si no fuese por el sabotaje de hace diez años. Caminó Nicole más adentro del bar, y en una mesa solitaria, dos hombres estaban conversando, o más bien, discutiendo. De lejos se veía quién era quién en la charla: Ignacio movía su mano izquierda, cambiándola de posición y forma mientras hablaba, y la posición de su cuerpo era algo rígida; en cambio, Ricardo estaba relajadamente sentado, no parecía estresarse mucho respondiendo. Dejaron de discutir, cuando Nicole ya estaba al lado suyo.

— Bienvenida Nicole— la saludó Ricardo con voz descansada—, llegaste justo cuando estábamos hablando de algo que les interesa a los dos. Historia.

— ¿Humanismo? Pues convérsenme.

— ¿Tendrías el honor de empezar primero Ignacio?

— Claro— dijo él y le trajo una silla a Nicole— ¿Cuál historia, la nuestra?

— Sí, la que ella desconoce un poco, la que no le pudimos contar. ¿Inicias tú?

— Está bien…

Tras el fin de la Dictadura, oficialmente en 1990 con el viejito Patricio, entramos en esta extraña “transición a la democracia”, que ha durado casi veinte años ya. Los partidos políticos se adaptaron al sistema binominal, y las disposiciones de la Constitución Pinochetista del ´80 han sido, con suerte, actualizadas. Educación, salud, vivienda, urbanismo, todo siguiendo la línea del neoliberalismo impuesto por los ideólogos del Régimen Militar, y mantenido inalterable por la Alianza Por Chile y la Concertación. Esa historia es archisabida. Sin embargo, bajo toda esa pueril fachada, la guerra que librábamos seguía tan latente como en el principio, solo que esta vez, se luchaba contra sí mismo. El Frente Patriótico Manuel Rodríguez caía en una encrucijada, junto con todos las demás organizaciones de izquierda existentes antes de la caída de Pinochet. Sin la lucha contra la dictadura, muchos de ellos perdieron su razón de ser, sufriendo fracciones o lisa y llanamente, su extinción. El FPMR vivió una dura época de revisión, de divisiones internas y recriminaciones entre sus miembros. Marxistas, socialistas, comunistas, libre pensadores, anarquistas y demás, estaban desorientados, desalineados al no tener una lucha común qué batallar.

“Eso hasta 1998— agregó Ricardo—, cuando supimos la verdad. La Recta Provincia, una organización nacida en alguna parte a mediados del siglo XX, había vuelto reaccionaria su postura, hasta fascista. Comenzó a organizarse, dejando de lado el secreto de su existencia, e inició un proceso de infiltración en toda organización política, creando una poderosa y vasta red de influencia e información. Apoyada económicamente por la burguesía e ideológicamente por la clase gobernante, les delegaron a la Recta Provincia la ejecución de la operación Fin de la Historia. Esta operación consistía en la descomposición y desarticulación de toda organización, de todo grupo de personas con algún propósito de movilización social. Fundamentados por Francis Fukuyama y su Fin de la Historia, ensayo donde el exponía que la era de las utopías había finalizado con el derrumbe de la Unión Soviética, y que un pensamiento único sería rector del planeta, con un gobierno democrático del tipo occidental, con una economía neoliberal y libertades políticas aseguradas. Y en cierta forma, esto había ocurrido en Chile. Con la derrota de Allende luego del golpe militar, la vía chilena al socialismo había fracasado, y con Pinochet, la economía y el sistema político se había derechizado y neoliberalizado. Sin embargo, en Chile las utopías no habían muerto, seguían existiendo los hombres y mujeres que soñaban la sociedad justa e igualitaria que habían luchado años atrás, y dispuestas a combatir, por todos los medios posibles, por la creación de ésta. La Recta Provincia, según los ideólogos del sistema y sus altas esferas y jerarcas, la permanencia de este tipo de personas no permitiría la creación de esa “sociedad perfecta” que Fukuyama profetizaba, porque con ellos, las utopías y por ende la movilización social continuaría presente”

Fin de la Historia— continuó Ignacio—, es la fachada para un plan de sangriento y selectivo exterminio. En plena democracia, se preparaba el símil de la Solución Final de Adolf Hitler contra los judíos. Afortunadamente, el documento de la operación y todos sus detalles se filtraron, permitiendo a todos los objetivos potenciales (entre ellos a nosotros), pudiésemos organizarnos, y todos los grupos de verdadera izquierda, se plegaron al movimiento de resistencia, conocido como Nuevos Horizontes. Es aquí donde entramos todos nosotros. Este movimiento nos reunió otra vez, teniendo ahora un enemigo común. Fue gestado por el directorio supremo del Frente Patriótico, junto a células anarquistas y marxistas, y a cualquier organización que pudiese luchar hombro con hombro con nosotros. Fue ahí donde nosotros nos conocimos, donde tú, yo y todos los demás chicos entraron en el Partido Socialista, que en esos tiempos aún no era controlado por la cúspide de la Recta Provincia”.

“Recuerdo cómo estaban las cosas en esos tiempos— dijo Nicole—, Pinochet estaba allá en Londres, el país estaba súper dividido, pero acá en la Araucanía parecía que se estaban preparando para algo peor. Andaban muchos milicos, los pacos hacían rondas cada cierto tiempo, y los más viejos sobre todo, andaban como ansiosos, como si estuvieran esperando algo. Los políticos locales se comportaban extraño, como si ellos también supieran. Fue uno de los pocos años donde no hubo ninguna gran manifestación, ninguna marcha grande…”

“En el internado nos tenían muy restringidas las salidas—dijo Ignacio—, sobre todo las de las cuatro y media en adelante, órdenes de la municipalidad. Manqueo estuvo siempre muy molesto por aquello, es que como tenía sus amores en el Internado de mujeres, con eso se le hacía mucho más difícil. Para mí también, era un martirio pedir permiso cuando quería ir a las reuniones del partido. Muchas veces tuve que recurrir a Ricardo para que me dejaran salir”

“Ja ja ja…recuerdo eso— recordó Ricardo sonriente—, me acuerdo de aquello. Siempre decíamos que yo era tu tío. Pero bien, basta de melancolías. Siguiendo con la historia, todos sabemos que Fin de la Historia fracasó gracias a la acción conjunta de las fuerzas que logramos obtener, y en especial por esta señorita aquí presente— miró a Nicole con air de grandeza—. Nuestra contra-operación “Sabotaje” desarticuló el intento de exterminio, y no sólo fue una derrota operacional, sino que también militar, puesto que muchos de los agentes de la Recta Provincia fueron reconocidos, y eliminados por las fuerzas del Frente Patriótico. La organización, disminuida en su fuerza y capacidad, sólo atinó a una maniobra desesperada de alistar contra su voluntad a muchas de las personas que participaron en Nuevos Horizontes, insertándonos en su sistema, añadiéndonos en su brazo militar y en su cuerpo administrativo. El fundamento de esto, consiste en el miedo de las altas esferas de la Recta Provincia, de que nos uniéramos el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que debido a la contingencia, aumentó considerablemente su poder bélico. La Recta Provincia, luego de purgas internas, resolvió convertirse en una organización de orden y seguridad nacional, que lucharía contra los agentes que pudiesen desestabilizar el país”

“Que paradojalmente—continuó Ignacio—, es el objetivo del FPMR: la destrucción de todo orden establecido, la lucha contra las fuerzas represoras del Estado y el surgimiento de una nueva organización, fundada bajo los principios del marxismo leninismo. Como verás, las dos fuerzas tiene proyectos antagónicos, y lo más preocupante, es que tiene la suficiente capacidad militar como para atacarse la una a la otra y viceversa. Y ese conflicto llevaría al borde de una guerra civil, porque no son como los frentistas de hace 20 o 30 años, que con suerte eran mil o algo más. Ahora son miles, armados, igual que las fuerzas del Ejército Oficial de la Recta Provincia”

“Y en esta guerra, nosotros ya elegimos nuestro bando. Desde el año 2000 a la fecha, hemos participado en la operación bautizada como “Siglo XXI”. Es el nombre para el proceso de insurrección interna que estamos preparando desde adentro del Ejército Oficial, y que fue planeada al darnos cuenta, los que habíamos sido integrados por la fuerza, que muchos de los miembros de los cuerpos militares o administrativos, estaban disconformes con la dirección que había tomado el Directorio Supremo, y que muchos de ellos eran también de corte izquierdista, que únicamente estaban ahí al ser alistados por la coerción y el chantaje, además de la amenazas contra sus familiares y conocidos. Significaba que la Recta Provincia se constituye en gran parte por el Terror. Fuimos contactando con personas clave en ciertas áreas, y luego fuimos aunando las voces disidentes, dentro del Ejército Oficial, del Aparato, o el Tribunal Supremo, fueron apareciendo las personas con las que hoy colaboramos. Hace cinco años, en el 2003, la primera experiencia insurreccional se llevó a cabo, planificada por nosotros mismos. Si bien ahora los que participaron están en el exilio, nos demostró de gran manera que las fuerzas de la Recta Provincia no son ni infalibles, ni menos invencible…”.

Carlos Kayser apareció con tres cervezas de una marca extranjera, sobre una charola. Ricardo sólo sonreía mientras Kayser dejaba las botellas con los vasos correspondientes, y luego se retiraba. Los tres quedaron en silencio algunos minutos, mientras bebían, y cuando tomó la última gota de su cerveza, Ricardo se levantó.

— Pueden pedir lo que quieran, niños— les dijo él poniéndose una chaqueta que tenía en el respaldo de la silla—, pero no hagan el ridículo si se emborrachan.

— Vamos, Ricardo, mira quién habla— le replicó Ignacio, estrechándole la mano—. Cuídate.

— Cuídese señor Cárdenas— se despidió Nicole de un beso en la mejilla.

— Adiós hija y— Ricardo se detuvo—, por favor, no me digas señor, que me siento más viejo de lo que ya estoy. Buenas noches.

Nicole e Ignacio siguieron bebiendo y conversando hasta mucho después. Hablaron un poco sobre qué fue lo que había ocurrido con ellos después de que Nicole tuvo que exiliarse.

— Cuando llegué al aeropuerto de San Petersburgo, una especie de comitiva fue a recibirme. Tenían todos atuendos militares, de alto rango, excepto Maria Sergeyeva, aunque en ese momento yo no sabía cómo se llamaba. Yo le encontré de otro mundo: ojos asombrosamente azules, rubia, alta, buena figura, hablando en un español perfecto. Se presentó al principio como Ejecutora “S”, y me informó que desde ese momento yo estaba a su cargo.

— ¿Y luego?

— Me llevaron a un edificio ni sospechoso ni gubernamental, en las periferias de San Petersburgo. En el camino, en el que fuimos en un auto por fuera normal, y por dentro blindado. Los militares hablaban en ruso entre sí, mientras que la Teniente me hablaba en español dándome una especie de reporte. Me dijo que había sido Ricardo quien coordinó mi exilio, me habló sobre el Consejo de Moscú, y sobre la nueva vida que tenía que tener desde ahora en ese país. Ahora cuéntame tú cómo fue acá.

— En realidad, fue bien rápido— comenzó Ignacio—. Como la estrategia de ataque fue sorpresa, y los del Frente Patriótico atacaron a mansalva, muchos de los agentes de la Recta Provincia cayeron en combate, además de que en otros lugares la cantidad de militantes es menor. Sólo acá en la Araucanía si vivió el combate más intenso, con mucha más resistencia.

— ¿Y cómo los obligaron a entrar?

— Un enorme destacamento fue hacia nosotros, así que fue poco lo que pudimos resistir. Las avanzadas Internas y Liceanas estaban atareadas y algunas derruidas, y el grupo de elite fue el primero en caer. Nos apresaron en la casa de seguridad de Nueva Imperial, junto a Ricardo a muchos de nosotros, y nos llevaron al Tribunal Supremo de la Recta Provincia. En la sesión extraordinaria, muchos pidieron nuestra muerte, como enemigos que éramos. Sin embargo, el Director Supremo y los altos mandos del Ejército Oficial desestimaron esa medida, y viraron hacia la insubordinación armada…

Serían las dos de la mañana cuando decidieron que ya era suficiente por hoy. Se levantaron de su mesa, se despidieron de Carlos Kayser y salieron del local. Nicole iba a aferrada su brazo, tambaleaba un poco producto de las copas de más, pero a ojos de cualquier observador, sólo eran una pareja de jóvenes enamorados. La noche estaba fría, y oscura, muchos de los focos de la luz estaban quemados o titilaban intermitentemente.

Ya entrando en el departamento, Nicole se fue sola a su habitación, no sin antes despedirse de Ignacio, con un abrazo más bien torpe pero cariñoso. También murmuraba palabras como “te quiero mucho” y “mañana despiértame”, y se fue. Ignacio cerró las puertas, aseguro las ventanas y comenzó a apagar las luces, cuando el celular sonó. No se sentía bien, iba a cortar la llamada, pero cuando vio el nombre de quien llamaba, contesto apresurado.

— Buenas noches, Coronel Aravena— dijo un hombre con voz calmada.

— Buenas noches, Ejecutor.

— Puede dejarse las formalidades, es un cable seguro.

— Entonces explíqueme qué sucede, usted nunca ha llamado a ninguno de nosotros.

— Estoy en las últimas, joven. El grupo anti operaciones por fin se enteró sobre mi traición y mi ayuda a los insurgentes, así que no tardarán mucho en llegar a mi oficina, con un objetivo claro.

— Eliminación…

— Daré la pelea, pero es obvio que me sobrepasarán. Fue un placer colaborar con ustedes. Enviaré toda la información a un correo electrónico de seguridad, información útil para ustedes. Solamente me queda una cosa que decirle: Tienen que vencer, o correrá mucha sangre por estos lares. Adiós.

— Ejecutor…, Ejecutor… ¡Ejecutor!

Había cortado. Del otro lado de la línea, el Ejecutor (un hombre mediano, de edad madura, estaba con uniforme militar de color negro y sus manos tiritaban ligeramente), tenía en su mano un revólver Gaus y muchas de sus municiones en la mesa, y él se las ponía lentamente, cargándolo al completo. Dejó el arma sobre su escritorio de madera nativa, y también puso una carta con remitente “D.S.”. La oficina era más bien pequeña, a pesar de la importancia de este cargo administrativo. Detrás del Ejecutor había un escudo cuyo lema declaraba Orden y Concordia. El hombre vio un reloj que estaba en la pared, y tomó el revólver. Sabía él cómo trabajaban los grupos de elite, a las horas de las operaciones, y según su experiencia, no quedaba mucho. Se guardó todas las municiones que le sobraron en los bolsillos, y tumbó el escritorio usándolo como una trinchera improvisada.

Desde la única puerta de acceso, se comenzaron a escuchar susurros y extraños crujidos. Entonces, se escuchó un grave ¡Aléjense!, y acto seguido, la puerta reventó en llamas azules y escombros. La oficina rápidamente se llenó de un humo negro, y entre todo el caos, una voz exigió una honrosa rendición, a lo que fue respondido por disparos del Ejecutor desde el escritorio.

Al otro lado de la línea, Ignacio intentaba llamar al Ejecutor, sin éxito.

Capítulo Quinto: Fragmentos

—… ¡No vamos a dar ni un paso atrás en las movilizaciones, que lo sepa la politiquería de La Moneda y el Congreso, ni un paso atrás!…
La noticia estaba recorriendo medio país. De la capital de Chile, el liceo Amunátegui hacía un llamado a todos los estudiantes de educación media, a todos los establecimientos, y la Universidad de Chile a sus semejantes, la misma convocatoria: una nueva batalla por la educación había comenzado. Manuel y sus amigos se enteraron de esto por la televisión que tienen en la pieza del Internado, y comentaban las imágenes de la toma que recién estaban iniciando.
— ¿Por qué nunca habían mostrado esto en la tele? — preguntó Ángel mientras terminaba de secarse la cara.
— Porque controlan toda la televisión, Ángel— le contestó Jorge mientras le ponía un poco más de volumen al aparato. Por todo un país, las imágenes de los alumnos gritando consignas en la reja de su liceo, con enormes pancartas colocadas estratégicamente para ser visibles desde afuera, y los directivos del establecimiento más los apoderados de los chicos, conversando (y algunos discutiendo) entre sí, se multiplicaban.

— Fin del lucro, desmunicipalización y estatización, fin de la libertad de enseñanza sustituida constitucionalmente por un irrestricto derecho a educación gratuita y de calidad— Manuel había descargado el petitorio de la ya famosa ACES (Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios), y la leía con una mezcla de ideas.
Hace dos años, algo parecido había nacido, estallado y agonizado. La llamaron “revolución pingüina”, un nombre algo extraordinario a un intento de movimiento social, que terminó estancado y olvidado en las ancianas y decrépitas sesiones del Congreso nacional. La ingenuidad de los “líderes”, jóvenes lo suficientemente inexpertos como para ser engañados por la politiquería, se dejaron engatusar con las promesas de los mismos que crearon el sistema al que quisieron combatir.
— Ahora parece distinto— terminó diciendo Manuel mientras Jorge se sentaba con libro y guía de Historia— pareciera que esta vez no cederán.
— ¿Iremos a las marchas cierto?
— Por supuesto; hay pocas cosas tan gratificantes como una marcha.
— Y tirar piedras, que llegue el guanaco, que te persigan los pacos, nada más divertido que aquello.
— Exacto.

***

Boletines de Inteligencia Civil de la Recta Provincia informaron que el Ejecutor se había suicidado alrededor de las ocho de la mañana en su despacho. Ignacio llegó un cuarto de hora más tarde y comprobó la descarada mentira que trataba de esconder la subversión en sus filas. La oficina del Ejecutor, la de Coordinación e Inteligencia Militar (un sector clave en las operaciones del Ejército Oficial), estaba prácticamente destruida. Había indicios de armas de fuego y explosivos detonados en la puerta y en las paredes del lugar, y adentro el enorme escritorio blindado estaba volcado creando una improvisada trinchera; había también casquillos de diferentes municiones por el piso. Tal parecía que el Ejecutor dio una feroz resistencia, pero la sangre a medio limpiar demostraba el resultado final.

***

Mientras Ignacio revisaba cada centímetro del despacho, buscando alguna señal, alguna evidencia o información que pudo haber dejado el Ejecutor, Ricardo Cárdenas se encontraba en la Torre Campanario de Temuco, más específicamente en la Catedral de la Ciudad, una iglesia adyacente a la plaza de armas Aníbal Pinto. Sus vitrales parecían oscuros y sombríos, y las estatuas de los santos a ambos lados brillaban tenuemente producto de lo nublado de aquel día. Las bancas de la iglesia se distribuían uniformemente, dejando un espacio al medio para el libre paso, y el piso brillaba de forma mortecina por las enormes velas que al fondo se alzaban. Estaba sentado con las manos entrelazadas sobre una banca, mas no estaba rezando. Tenía los ojos cerrados fuertemente, y respiraba profundo.
— ­Qué extraño es el mundo, Ricardo. Tú sentado en las bancas de una iglesia católica. Tal parece que algo fuerte se nos viene encima.
— Aunque no lo creas, agradezco que los creyentes hayan inventado lugares tan silenciosos como para aclarar la mente, Violeta. Hace tiempo que no te veía.
La mujer tendría cincuenta o más años. Tenía un aspecto de lo más normal, vestía abrigadamente y sus guantes de la lana que llevaba puestos eran coloridos, en franjas de verde, rojo carmesí, negro y amarillo. Violeta, como Ricardo la había nombrado, era hija de un fallecido y eminente político de la derecha dura de la Araucanía, quien fue alcalde de Temuco hace ya muchos años, y sirvió de pieza clave en las pesquisas que la dictadura de Pinochet tenía guardados para estos lares. Ella, sin embargo, era de la opuesta vereda política. Activista izquierdista y defensora de los derechos humanos, Violeta García-Ruminot había ayudado en innumerables ocasiones a la resistencia, incluido su antiguo amigo de infancia, Ricardo Cárdenas, con el cual se conocieron en una actividad escolar, hace ya muchos años. La mujer se sentó al lado de Ricardo y respiró tranquilamente.
— La Recta Provincia a comenzado a mover a sus peones, compañero.
— ¿La derecha política dices tú?
— En efecto. En una reunión ampliada de la UDI (partido político de derecha) acá en la región, uno de los personeros se entrevistó con Larraín. Han pedido las condiciones que les permitirán actuar impunemente.
— Como siempre. Y el momio no se hizo de rogar…
Condiciones, pensó Ricardo. Las únicas que se podía imaginar eran las que permitían a la Recta Provincia una maniobrabilidad bélica suficiente para pelear sin interrupciones. O sea, ni Carabineros ni Fuerzas Armadas se entrometerían. ¿Tan seguros estaban de vencer esta vez, que no pedirían apoyo, como en la última ocasión? Los milicos y pacos participaron de buena gana cuando la Recta Provincia atacó de forma voraz, aquel 11 de septiembre. Pero eso era pasado. Ahora estaban más fuertes.
— ¿Están seguros de vencer esta vez?
— Ahora sí, ahora sí que podremos, Violeta.
— ¿Y si no es así? ¿Y si fracasan miserablemente? Le habrán entregado a la oligarquía el futuro de nuestro pueblo. El pueblo no soportará otra derrota como la del ´73, nunca más volveremos a levantarnos si nos arrancan las alas de nuevo, lo sabes.
— Las condiciones son distintas. Esta vez venceremos.
— Allende vivió propugnando eso, ¿Y qué recibió? Sólo metralla en la cabeza, y una tierra indefensa contra el cruel destructor.
— No cometeremos los errores del pasado. Ellos, Allende y los demás eligieron un camino equivocado, se confiaron en que la derecha y los reaccionarios dejarían su asiento de privilegios sin resistencia. Y los miristas, eran ellos contra el mundo y nadie más, y los que juraban a brazo partido que eran comunistas y socialistas, fueron los primeros en arrancar a Europa. No, esta vez no.
La mujer lo miró con interés. Cuando Ricardo recordaba el pasado, el oscuro pasado, en su voz se reflejaba aquella amargura con la que tuvo que vivir sus años de juventud. Qué duro fue tener que vivir oprimido, siendo él un chiquillo de doce años apenas. Su padre, arrebatado de su hogar por las fuerzas que no tenían sombra, invisibles, salvo para quién se topara con aquellas.
— Será la guerra más grande de nuestro tiempo…
— De la historia de este país y de Latinoamérica. Nunca un pueblo se ha levantado contra sus gobernantes como nosotros lo haremos, porque nosotros no atacaremos a los títeres que viven en La Moneda o el Congreso, dirigiremos nuestra ofensiva contra los que manejan los hilos de todo este cuento. Los que en el pasado fueron libertadores, hoy son opresores del pueblo que nunca supo de la libertad. Como decía Recabarren, Luis Emilio por supuesto, ellos se sublevaron para ellos usufructuar con esta tierra, y el pobre nunca supo de ganancias por la lucha que tanta sangre le costó. La Logia Lautarina, enemiga de la misma libertad que propugnaba, ahora llamada Recta Provincia, sigue viviendo en la cúspide, como hace 200 años. Pero no más. Sí Violeta, esta vez venceremos.
— Que así sea.
— Amén— repitieron los dos al unísono.

***

Sesenta disparos, murmuró Ignacio mientras revisaba el informe forense realizado en las inmediaciones de la Recta Provincia. Un suicidio a lo grande. Pareciera que el comando enviado a eliminarlo lo tenía que matar sí o sí, lo que dejaba entrever que su existencia era peligrosa para la organización en pleno. Salió de las instalaciones de la Recta Provincia con la interrogante de saber la información que el Ejecutor póstumamente les había guardado a los rebeldes insurrectos. ¿Armas escondidas? ¿Listas de personas por eliminar? ¿Lugares estratégicos? ¿Muertes selectivas? ¿Atentados? Todo era confusión e incertidumbre, todo lo que él podía hacer era especular sobre dónde estaban esas últimas fuerzas que el Ejecutor valiente e inteligentemente había filtrado sobre la telaraña comunicacional del Ejército Oficial.
La única pista que poseía era una libreta de direcciones. Cincuenta personas que tenían de alguna forma, un tipo de contacto con el Ejecutor. Seguramente la mitad de ellos sólo eran conocidos y contactos familiares, pero más de alguno debería ser el receptor. Un nombre remarcado con una doble línea lo hizo sospechar de que éste número telefónico era una buena elección para comenzar. Marcó el número tratando de memorizarlo, tal vez serviría en el futuro.
— ¿Aló?— contestó la voz de una mujer muy joven, niña tal vez. Se escuchaba una voz con catarro quizás, o que había estado llorando recientemente.
— Hola, buenos días. ¿Conoces a alguna persona llamada Jorge Tejo?
— Mi papá— reprimió algo parecido a un nuevo acceso de llanto, y luego agregó—, Él está durmiendo ahora.
— Es algo importante, ¿podrías despertarlo un momento?
— Usted no entiende señor, mi papá falleció.

***

Nadia Tejo estaba sentada en la sala de su casa, con un pañuelo en su regazo.
— Oh, cuánto lo siento— dijo el hombre del otro lado del teléfono. Era alguien que no conocía, nunca había escuchado su voz antes, de ninguno de los amigos que su padre traía a la casa de vez en cuando. Su padre. Estaba ahí mismo, en la misma sala, dentro de un ataúd color cobre, el color que más le gustaba. Su madre estaba en la cocina, cocinando algunas cosas para los invitados que en pocos minutos estarían por llegar. Las dos habían llorado tanto esa noche, cuando Jorge Tejo comenzó su agonía. Toda la enfermedad había sido dolorosa, pero esta última noche pareció encontrar una especie de descanso interior, que se tradujo en una velada casi sin dolores. Habían visto una película que le gustaba muchísimo, donde aparecía un nombre extraño, el cual le había puesto a su hija al nacer. A Nadia no le agradaba mucho el nombre, pero había encontrado en él un nuevo significado.
— Descuide señor. ¿Es usted amigo de mi padre?
— Sí señorita— Ignacio mintió, pero Nadia no pareció percatarse.
— El sepelio es a las 11, si quiere venir. ¿Sabe la dirección?
— No, me gustaría que me la diera.
Tras intercambiar información, el desconocido dijo que estaría allí a la hora señalada, y cortó. Nadia lucía profundas ojeras que no mermaban su belleza, aun cuando lo rojizo de sus ojos producto del llanto le daba un aspecto más bien lastimero. Ayudó a su madre con las cosas que debían estar listas, y cuando ya no hubo nada más que hacer excepto el esperar, le dio un beso a su mamá y dijo que iría a su habitación a descansar.
Ya ahí, tomó su celular y comenzó a escribir un mensaje con un destinatario claro. Le decía que no iría a clases, que le guardara guías si es que las entregaban, y que mañana quería juntarse con él. Buscó en sus contactos y se detuvo en || Manuel Barreto ||. Envió el mensaje, y la respuesta no demoró mucho en llegar: || Está bien… ¿Sucedió algo?… ¿Mañana en el Liceo? ||. Nadia contestó afirmativamente. || Cuídate mucho, Nadia. Te quiero mucho ||, fue la contra respuesta, y ella se desplomó sobre su cama.

***

— Jorge Tejo. Fue un gran amigo del Ejecutor, desde la Universidad— dijo Ricardo mientras viajaba en vehículo junto a Violeta e Ignacio—. Dices que murió, qué horrible noticia. Era un hombre simpático pero severo, tiene una hija que seguramente fue la que te contestó.
— ¿Y dices que su nombre está remarcado en la libreta de direcciones?— preguntó Violeta mientras Ignacio le pasaba el objeto citado—. Ya veo. Es muy posible que sea él el receptor de la información enviada por el Ejecutor.
— ¿Tejo era de la Recta Provincia?— preguntó Ignacio mientras doblaba en una esquina.
— Sí, hace mucho tiempo. Era de la oficina de Coordinación e Inteligencia Militar.
— La misma del Ejecutor
— En efecto. Hace unos diez años se salió eso sí, y volvió a su empleo normal.
— Diez años. Se salió durante el inicio de la operación Fin de la Historia.
— Había aborrecido ser parte de aquello, y a la primera oportunidad se había dado de baja, para irse a vivir con su esposa.
Llegaron a la casa. La puerta estaba abierta y había varios autos estacionados frente a la casa, de donde salían personas vestidas de negro, acorde a la triste ocasión. Ignacio y los demás entraron lentamente, y se encontraron en un living con el ataúd color cobre en medio. Los invitados y familiares daban su más sentido pésame a madre e hija, quienes les invitaban a sentarse y tomar ubicación. La mujer, con las ojeras semejantes a los de suhija, observó pacientemente cómo Ricardo y compañía se acercaban para hablarle.
— Mi más sentido pésame, señora— dijo Ricardo dándole un abrazo de consuelo.
— Muchas gracias. Pase por aquí. Nadia, sigue atiendo a los invitados por favor, tengo que conversar un asunto con estas personas.
— Sí mamá.
Mientras la hija acomodaba a los que iban llegando, la mujer llevó a Ricardo y los otros a una habitación a puertas cerradas, que aseguró con un pestillo. Cuando ya vio que todo estaba en orden, sacó un paquete envuelto en papel color café de un mueble, y se lo entregó a sus invitados, quienes miraron el obsequio con algo de extrañeza y sorpresa envueltas.
— Jorge siempre hablaba de ustedes. Rectaprovincianos, decía. Nunca entendí muy bien a qué se refería con eso, pero él recordaba vívidamente a sus llamados colegas. Me contó muchas veces sobre el horror y el secreto que los rodeaba, a él y los que seguían en esa gran máquina de mentiras que él injuriaba.
— Así es señora. Somos de la Recta Provincia, pero…
— Lo sé. Jorge también hablaba sobre la famosa guerra que se tendría que librar, sobre los revoltosos que iban a rebelarse de una vez por todas. Él confiaba plenamente en ustedes, y en el hombre que él llamaba Ejecutor. Esto nos llegó hace algunos días, de parte del mismo Ejecutor, y Jorge me hizo prometer que se los entregaría a sus verdaderos dueños, que creo yo, son ustedes.
— Debe saber entonces señora, que el hombre conocido como Ejecutor murió asesinado hace sólo unas pocas horas. Él nos dejó esto como ayuda póstuma a nuestra causa, confiando también en nuestra victoria.
— Es una lástima. Jamás llegué a conocerlo, pero sé que era un buen amigo de mi esposo.
— Lo era.

Ricardo, Violeta e Ignacio se despidieron de la mujer quién les deseo una enorme suerte en la tarea que debían llevar a cabo. En el auto, revisaron el paquete, y su contenido.
El Ejecutor había escrito 28 informes sobre lugares y personas claves en la lucha contra el enemigo. El informe completo tenía por nombre “Veramany”, y en sus 43 páginas explicaba cada paso que se debía dar si se quería combatir de igual a igual contra la Recta Provincia y el Ejército Oficial. Los nombres de los altos mandos que podían ser de enorme ayuda, además de los contactos que serían de valiosísima importancia en cuanto el conflicto estallara. Tal parecía que el Ejecutor había preparado con enorme antelación semejante documento, al que había puesto el mismo nombre que Jorge Tejo había usado en la nominación de su hija, Nadia Veramany Tejo.
Y una cosa más. Tal parecía que el Ejecutor consideraba esta información como de suma importancia, al ponerla en manos de su mejor amigo. Y algo más, tal parecía que el Ejecutor consideraba, que esta guerra era inminente.

Capítulo Sexto: La hija del Martillo

Una joven mujer caminaba hacia un estrado dentro de una habitación llena de sillas, donde muchos otros estaban sentados mirándola detenidamente mientras tomaba su posición en una mesa central, donde se encontraban únicamente seis hombres vestidos con tenida militar. Ella también estaba vestida de esa forma, y adoptaba corporalmente una gran y elegante rectitud; mostraba una pequeña sonrisa, escondida bajo la seriedad que al parecer debía demostrar en esta ocasión.
— Y finalmente, después de 20 años, una mujer ha llegado a la comandancia del Frente Patriótico— comentó una muchacha que observaba a la joven del estrado con una mirada fascinada. Se llamaba Bárbara Rodríguez, su comandante de la División Juventud, Agitación y Propaganda, que había sido nombrada recientemente como miembro de la Cúpula, la instancia de mayor poder jerárquico dentro del FPMR, sólo superado por el cargo de Director Supremo.
— Y qué mujer…desde los tiempos de Magni que esto no ocurría— agregó otro joven. Se refería a Cecilia Magni, la legendaria Comandante Tamara, muerta en acción en los últimos operativos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez antes del retorno a la democracia.
— Silencio niños, y escuchen— dijo un hombre al lado de ellos, y los dos jóvenes cerraron la boca, y vieron como un hombre corpulento se levantó de la mesa y comenzó a hablar con voz ronca y enérgica:
“Saludos, compañeros y compañeras rodriguistas. Hace casi 30 años que nuestra organización nació, bajo el alero y la necesidad de la lucha contra la tiranía que golpeaba a nuestro pueblo. Vivimos momentos complejos, tras la lucha de poder dentro del Partido Comunista y la ola de homicidios cometidos por la dictadura de Pinochet. Vivimos también nuestra independencia de la máquina partidista, y luchamos cara a cara en favor de la democracia real, lucha que nos dejó a honrosos mártires, como fueron Raúl Pellegrín y Cecilia Magni, los comandantes José Miguel y Tamara, respectivamente. Regresamos a una democracia fallida, donde los poderes económicos son quienes realmente toman las decisiones, y un gobierno títere de estos mismos, que comenzó junto a las fuerzas armadas y secretas una escalada de terror contra los grupos revolucionarios que sobrevivieron a la enorme crisis de los años noventa. Nos unimos todos en otra grave crisis, la guerra contra la Recta Provincia, en el movimiento de resistencia «Nuevos Horizontes», y hoy nos vemos completamente enfrascados en la destrucción de ésta, y en la creación de un nuevo camino para llevar a la Patria hacia la soñada sociedad igualitaria y libre que añoraron nuestros precedentes».
Un sonoro «¡Guerra, Patriótica, Nacional!», se escuchó por toda la enorme habitación en la que se llevaba a cabo el llamado Pleno. El Pleno era una reunión de representantes de todos los estamentos componentes de la Organización, una reunión multiorgánica que sólo se llevaba a cabo en momentos de verdadera crisis o emergencia interior. Y aparentemente, esa era la razón. Hace media hora, se produjo el recambio de la cúpula, donde son reemplazados los altos mandos del Ejército Rojo, por orden del Director Supremo. Luego de ello, se presentó formalmente a los nuevos líderes de cada división, y tras el Juramento de Rigor, se inició la siguiente parte del Pleno.
Una noticia había invadido al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y puso en modo de espera a cada fuerza con que se podía contar. La muerte del Ejecutor de la División Inteligencia y Coordinación Militar de la Recta Provincia, un enorme aliado en estos años de preparación para el conflicto final, gatilló el acuartelamiento de las instalaciones, la concentración de los miembros del Ejército Rojo y el lanzamiento de la Señal Anaranjada por todo el país, el sistema que avisaba el preludio de un combate. En primer lugar, se creyó que el asesinato del Ejecutor era el inicio de la guerra, pero tras confirmar que nunca hubo movimiento de tropas rectaprovincianas, y el establecimiento de lugares de seguridad, fue posible iniciar el Pleno, para coordinar los movimientos en caso de los posibles ataques.

— La cuestión es la siguiente, camaradas— habló un comandante representante del Ejército Rojo—. Numéricamente hablando, tenemos una pequeña ventaja, que puede aumentar dependiendo del éxito o el fracaso de la rebelión dentro del enemigo. El problema es cómo iniciar el conflicto, si esperando que las fuerzas sublevadas inicien, o nosotros dando el golpe, aprovechando el factor sorpresa.
— Inteligencia dice— habló otro comandante de la Cúpula— que es difícil darle un golpe sorpresivo al enemigo. Posee muchas unidades activas durante toda la jornada, y depende de dónde dar el golpe, será mejor o peor para nuestras tropas.
— En la noche, ¿Hay menos tropas, supongo?— habló por fin Bárbara, y los cuatro comandantes la miraron desconfiados.
Muy joven, era la opinión de ellos sobre la joven miembro de la Cúpula, y con poca experiencia en batallas reales. No consideraban de mucho valor la lucha política que dio contra los disidentes dentro del Frente Patriótico, que en cierta forma salvó a la organización. Tampoco consideraban de mucha valía la fuerza con que se entregó a la cruzada por crear la llamada «Nueva Doctrina Rodriguista», el documento base de la unidad ideológica que cada nuevo miembro aprendía al ingresar.
— De hecho, sí, la guarnición de unidades enemigas baja un tanto por ciento— le contestó uno de los comandantes con algo de reticencia—. ¿Porqué lo pregunta, señorita?
— Prefiero el apodo de «Comandante», gracias— aclaró ella con voz fuerte—. El factor sorpresa es siempre una buena opción, aunque un ataque en conjunto sería una de las opciones más fuertes con las que contamos. Sim embargo, no pueden ser los rebeldes internos los que inicien la ofensiva, porque sería muy fácil para el enemigo neutralizarlos. Es preferible un ataque inicial nuestro, que ponga al Ejército Oficial en modo defensivo, y luego las fuerzas sublevadas las atacarán cuando estén preocupadas en repelernos a nosotros.
Los comandantes la miraron. Los ojos de Bárbara brillaban, porque sabía que su razonamiento era correcto, y los cuatro militares no dieron muestras de contradecirla. Brillaban también porque las cosas se habían dado como ella lo había esperado; había conseguido la Comandancia, y gracias a sus años de enseñanza casi catedrática de la nueva doctrina, poseía también una enorme influencia, ahora que las generaciones más jóvenes iban copando puestos cada vez más importantes. Ahora, sólo queda esperar que la vieja guardia se vaya al asilo, pensó ella, refiriéndose a los comandantes que estaban frente a ella. Llevaban más de quince años en ese mismo estrado, pero no habían hecho ningún cambio significativo en el Frente Patriótico, estaban obsesionados con la lucha contra Pinochet, que antes era así, que antes las cosas se hacían así…Era necesario eliminar a los de la vieja guardia, que simplemente estorbaban el avance de la sangre nueva que estaba entrando en el último tiempo. Tiempo. Era cuestión de tiempo para que los mismos jóvenes formados por ella tomasen el poder, y con toda esa fuerza, le darían al Frente el lugar que se merecía: el de verdadero rector de los cambios revolucionarios que Chile necesitaba.

El Pleno terminó a eso de las 11 y media. Los comandantes se fueron, los representantes también y sólo quedaron los guardias estables del lugar en que se llevó la reunión, y Bárbara. Se quedó ella porque el Director Supremo la mandó a buscar para una audiencia.
Caminó hacia el despacho de él, una simple habitación al final de un largo pasillo. Hacía 10 años que conocía personalmente a la máxima autoridad del FPMR, durante los catastróficos sucesos que pasaron ella y todos los participantes en «Nuevos Horizontes». Cuando la derivaron al hospital del Frente, con una herida de bala en un brazo, fue el mismo Director Supremo quien le extirpó el objeto extraño. Desde ese momento se hicieron grandes amigos, aunque para mantener el orden y la probidad al interior de la organización, sólo se hablaban según el conducto regular, y utilizando las formalidades de la diferencia de rango. A pesar de aquello, en sus momentos libres llevaban a cabo amenas conversaciones sobre el rumbo del Frente, sobre la guerra, la Recta Provincia, el futuro. Podían pasar horas y horas bebiendo vodka u otros tragos más fuertes, mientras comentaban sobre el devenir nacional. Era el Director Supremo muy cercano a ella, y él le tenía un especial cariño debido al pasado común que los envolvía a ellos dos.
— ¿Puedo pasar?— preguntó Bárbara con voz dulce, mientras tocaba la puerta.
— Adelante, Comandante— respondió otra, dentro de la habitación.
Entró, saludó con el puño izquierdo en alto y el Director Supremo, un hombre algo viejo, sentado en un sillón y al lado de unos papeles, la saludó de la misma forma y le pidió que descansara. Bárbara obedeció y se sentó al lado de él. La primera vez que entró ella en este salón, él era un Comandante de la Cúpula, a pocos días de ser elegido como Director Supremo tras el anuncio de abdicación del anterior.
El Director los había llamado a ellos dos, y a cada uno le dio una misión en especial. Al Comandante, le encomendó proteger y preparar al Frente Patriótico, porque la amenaza de la Recta Provincia tan sólo había disminuido, no desaparecido. Y a Bárbara, le confió un secreto que le habían ocultado desde que tuvo conciencia, y le dio la tarea de preparar a los rodriguistas para la última guerra que debía librarse, en pos de la auto determinación de Chile. Y ella y él, prometieron solemnemente cumplir con el mandato que habían recibido.
— Creo que hemos cumplido— dijo el hombre, nostálgico—. Si Exequiel pudiera vernos ahora, nos felicitaría.
— Aún nos falta, Santiago. Pero ya casi se termina este ciclo. Ya casi se acaba esta opresión. Sólo queda destruir los sanguinarios que han manchado a esta tierra, que han asesinado a nuestros amigos y parientes, y que no nos dejan respirar.
— Y entonces habremos concluido con nuestra misión.
— ¿Ahí terminará todo? ¿El Frente se acabará?
— La misión del Frente en sí habrá concluido. Cuando los protectores de la democracia fallida en la que vivimos, hayan desaparecido, no existirá barrera para que el pueblo consiga tarde o temprano su liberación.
— Lamento decir que es una manera muy pasiva de ver las cosas. Aún confío en que el Frente Patriótico puede convertirse en la vanguardia, la punta de lanza de este país.
— Puede ser, pero ése no será mi trabajo, Bárbara. Será de los miembros fuertes y sinceros que queden para cuando todo esto concluya; esa es harina de un costal que no es mío, sino tuyo.

— Universidad de Chile, Universidad de Santiago, Universidad de Los Lagos, Universidad de La Frontera…¿Y esto?— preguntó la Comandante mientras revisaba las carpetas que iba entregando de a una el Director Supremo.
— Son las universidades integrantes de un grupo conocido como Confech. Confederación…
— …de Estudiantes de Chile. No hay que ser un genio para saberlo. ¿Qué hay con esto?
El Director, en vez de contestar, sacó un periódico donde en grandes titulares aparecían miembros de aquella organización, tomándose las dependencias de una de sus casa de estudios integrante. Sacó otro diario, con fotografías de una marcha convocada por el mismo colectivo, y aún otro más, donde aparecían grupos de fuerzas especiales de Carabineros, peleando y reprimiendo contra los estudiantes parapetados en el techo de un establecimiento.
— ¿Qué hay con esto Santiago?
— Un movimiento se está gestando, Comandante. Uno como nunca antes se había producido, y su misión esta vez, es proteger a quienes participen.
— ¿Señor?
— La Recta Provincia no permitirá algo parecido al año 2006. Sus bases se tambalearon fuertemente tras el descubrimiento de muchos militantes sobre la verdad del sistema, y varios de ellos fueron acallados. En esta ocasión, la represión, tanto legal como secreta, será destructiva, la misma violencia que antaño ocupaban en Dictadura, la revivirán como un intento de obstruir la levadura social, otra vez.
— Y por última vez, Director Supremo. ¿Cual es el DOP?
— Su Directriz de Operación es la siguiente: Será reasignada a su ciudad natal, Temuco, usted y todo el equipo que considere necesario, y apoyará económica, ideológica y logísticamente a las organizaciones de base participantes. Y, como misión secundaria, comenzará el acuartelamiento de tropas en la Araucanía.
— ¿Acuartelamiento, señor?
— Sí. Esto es información clasificada, Bárbara. Temuco es la punta de lanza de la Recta Provincia. Y usted, la nuestra. Usted es nuestro martillo.

Capítulo Séptimo: Corazón

— Creo que nos va faltando solamente el limón, para las lacrimógenas digo yo— comentó Jorge con una sonrisa. A su lado se encontraba Manuel, dándole los últimos toques de pintura al lienzo del Internado. En grandes letras negras sobre la tela blanca se leía el lema “Internado Pablo Neruda ¡Presente!”, sobre el lienzo legendario del establecimiento. Y es que en nueve de cada diez marchas el viejo pedazo de popelina había estado presente, y pese al desgaste obvio por el tiempo., seguía siendo útil a la hora de ir a las calles.

Pero Manuel no estaba tan interesado en el histórico pedazo de género. Ayer había recibido un mensaje de texto muy triste y extraño de Nadia. No fue difícil deducir que lo peor había ocurrido, y que la larga enfermedad había finalmente derrotado al señor Tejo. Nunca conversaban de aquello ya que ella se colocaba especialmente triste con tan sólo mencionar el tema, y no era intención de él en ahondar en lo que la ponía tan así. Habían quedado de juntarse en el Liceo en unos minutos más, así que cuando decidió que el lienzo había quedado más o menos decentemente pintado, fue al baño en el vano intento de sacarse las manchas de pintura (inútil, por cierto), fue a buscar su bolso y metió uno que otro cuaderno, y tras darle a instrucción a Jorge de que lo pinchara cuando la marcha ya estuviese a punto de comenzar, salió del Internado rumbo al Liceo.

Por su parte, Nadia venía ya en camino luego de haberse bajado del bus. Se veía mucho mejor que hace algunas horas; su cara había recuperado parte de su normal aspecto, y las ojeras producto de la falta de sueño desaparecidas estaban ya. Estaba vestida con tenida de buzo, tenía clase de Expresión Motriz, pero aquello era a las once de la mañana, y faltaba mínimo media hora; el tiempo restante quería compartirlo con Manuel. Caminaba ella a paso lento, pausado, pensaba en muchas de las cosas que habían cambiado tras la partida de su papá. Y las cosas que nunca sucederían, los momentos que ya no podría compartirlos con él. Ya no podría verla licenciada, ni titulada en la universidad, no podría verla con la persona que ella había elegido, los hijos, sus nietos…No, muchas cosas ya no ocurrirían nunca más.

Manuel caminaba igualmente lento, con serenidad. En su mente fluían dos pensamientos que le hacían divagar. El primero era obvio, Nadia y su estado, y se preguntaba cómo podía él ayudarla, consolarla, hacerle más llevadero la pérdida que recién había sufrido, pero por más que pensaba no hallaba ninguna manera. Lo segundo era más terrenal, si se pudiese decir así. Era el hecho de participar en la levadura social, en la movilización que se estaba gestando ahora mismo. Se había perdido la llamada revolución pingüina por ser muy joven y tener poca experiencia, pero ahora era distinto. Estaba más grande, y comprendía mucho mejor las cosas que hace tres años, y tenía a amigos que también lo acompañarían en lo que la lucha requiriera.

Tenía un especial cariño por este tipo de cosas, por la nostalgia histórica que le entregaban. Las arengas anticuadas para algunos de Venceremos y El pueblo unido, jamás será vencido, habían sido verdad en algún momento de su historia, y él quería verlas vivas de nuevo, y no como simples palabras escritas en los libros de texto. Sabía él que hace mucho tiempo, los hombres marchaban por su trabajo y su dignidad, y que las mujeres marchaban por su familia y la justicia, y que los jóvenes marchaban por sus ideales, sueños y esperanzas. Pero sabía él también que en un lugar del camino, aquella tradición de un pueblo movilizado se perdió, producto del terror y la muerte. Y él quería ver de nuevo a la gente saliendo con ganas y felicidad a las calles de sus ciudades y pueblos, de sus campos y sus puertos, demostrando que el pueblo aún permanecía vivo. Abrir las grandes alamedas, era la consigna.

A lo lejos, Nadia vio a Manuel con la vista en el cielo, seguramente enfrascado en las cuestiones del pasado, tal y como muchas veces lo encontró perdido en varias de las clases. Se le llenó el corazón de una pura y sencilla ternura, el verlo a él aquí, a pesar de todo el dolor y malos ratos que ella le había provocado; aún volvía a su lado cuando más lo necesitaba. El verlo así le recordaba cómo había empezado a todo, y se preguntó cómo hubiese sido su vida, sin Manuel aquí. Más, mucho más dura, se respondió ella fácilmente. Se preguntó luego qué hubiese ocurrido si ella hubiese contestado de un modo distinto en aquella ocasión.

Aquella ocasión la recordaba ella perfectamente bien y con mucho cariño. Fue la primera vez que se habían hablado y mirado directamente a los ojos. Ocurrió al final de la celebración del Aniversario del Liceo, y durante la típica convivencia de curso. Tras la comida inicial que es sagrada, vino una tanda de fotos, pero a Nadia no le gustaban las fotos, y no halló nada mejor que esconderse debajo de una mesa alejada de la cámara. Y fue ahí donde Manuel la encontró.

— Y la razón por la cual, se encuentra ahí compañera ¿es?— recuerda que le preguntó él con una sonrisa.

— No me gustan mucho las fotos— respondió ella primero secamente, pero luego cambió la facción por una sonrisa, mientras veía que Manuel llenaba dos vasos con bebida, entregándole uno y sentándose al lado suyo.

— Resulta que a mí tampoco me agradan mucho que digamos, así que mejor, compartamos la bebida, que es lo único que salva.

Nadia le aceptó el vaso. Parece simpático, pensó ella. Nunca había hablado con él, aunque lo había visto muchas veces y había escuchado su algo histriónica risa durante las clases más de una vez. Él por su parte, también la había visto en algunas ocasiones, ya que Manuel sentía una extraña necesidad de abrir la puerta cada vez que alguien llegaba tarde, y comúnmente era Nadia, una experta en quedarse afuera entre clases, así que muchas veces se encontraron bajo el dintel de la puerta.

— Soy Nadia.

— Manuel, mucho gusto— saludó él con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa cordial, que ella respondió de la misma forma. Y con el sonido tras el golpeteo de sus vasos, selló el inicio de una larga amistad, pese a la confusión en que luego caería él.

Se encontraron en la entrada del Liceo. Se miraron algunos segundos y luego se saludaron como siempre, y tras eso, le tomó Nadia del brazo, y caminaron hacia adentro. Comúnmente ella nunca hacía eso, pero esta vez quería que fuera diferente. Manuel la miraba sostenidamente. Con el transcurso de los días y meses, había aprendido él a reconocer en su rostro y en sus facciones las señales que delataban su estado de ánimo y cómo se encontraba, y la halló muy triste. El sol se veía esplendoroso aunque gruesas nubes lo interceptaran de vez en cuando, mientras caminaban ellos dos hacia las bancas, eligiendo una que era cobijada por un frondoso árbol cuyas hojas estaban ya anaranjadas por la estación.

Se sentaron el uno al lado del otro, y nuevamente se miraron a los ojos. Vio ella en él la persona más importante en su vida, la única que podía calmarle la tortura de siquiera estar aquí, y vio él en ella al reflejo de su pasado, cuando era mucho más triste que ahora. Nadia comenzó a narrarle todo lo que había ocurrido hasta ahora, y cuando terminó, dejó por fin salir el nudo en la garganta que se le había formado. Y entonces gruesas lágrimas comenzaron a caer de sus mejillas, y rompió en llanto mientras que Manuel la aferraba en sus brazos y la abrazaba. Lloraba ella primero con una angustia enorme y dolorosa, maldiciendo por dentro la suerte de su vida, y luego arrepintiéndose porque tenía a su amigo ahí, y le devolvió el abrazo. Manuel le decía palabras cariñosas, para que se deshiciera del dolor, consciente de que tan sólo podía hacer eso y nada más. Entonces, Nadia comenzó a aplacar su llanto, respirando de forma más pausada y relajada, y los accesos de lágrimas ya no le vencieron, y luego se quedaron en silencio, y el único sonido audible casi era la cadencia de la respiración de ambos.

Durante ese tiempo, en la mente de Manuel comenzaron a aparecer los recuerdos de los momentos que había pasado cada tarde junto a Nadia en sus salas de clase, recordó las interminables conversaciones en cualquier lugar, las risas que mutuamente se habían sacado, y también recordó los momentos de enojo, cuando se peleaban mutuamente, y las veces que tuvo él que retarla incluso, sólo para que ella no cayera otra vez en su depresión. Y mientras todo eso ocurría, el corazón de él iba haciéndole un lugar dentro suyo, para ella, un lugar que seguramente nunca ocuparía. Pero vio más detenidamente toda aquella historia, y la única forma en la cual Nadia aparecía, era como amiga, y él único valor que se mantenía siempre, era el de su amistad. Entonces un pensamiento se lo tomó por sorpresa, y en realidad, era la simple verdad. Nadia no necesitaba un pretendiente, necesitaba un amigo, un simple y leal amigo. Y no comprendió él que el sentimiento que había nacido hace tiempo, tenía sus horas contadas. Y como una especie de epitafio, le dijo a ella:

— ¿Estás mejor, amiga…?

— Si planeas ir a la marcha, te lo prohíbo en este momento— dijo Nadia ya recuperada, primero con cara y voz seria, y luego se largó a reír al ver el rostro de incredulidad que había puesto él.

— Casi, casi te creo compañera.

— ¿Y si yo te dijera que de verdad no quiero que vayas?

— No hay derecho. Además, será todo pacífico.

— Prométeme que no andarás tirando piedras con el Jorge, ustedes son más comunistas…Oh vamos, no pongas esa cara, era broma.

Los dos sonrieron. El teléfono de Manuel empezó a vibrar levemente; señal de que la marcha ya estaba por iniciar, y que él debía irse. Nadia comprendió de inmediato, aunque mostró un tanto de tristeza en su rostro, pero ella también debía irse a su clase, y no pensaba retrasar a Manuel. Se despidieron como siempre, dieron media vuelta, y se marcharon.

La plaza Dagoberto Godoy, lugar donde iniciaría la manifestación, quedaba a unas cuantas cuadras del Liceo, y mientras Manuel se iba acercando, el ruido se iba haciendo cada vez más fuerte. Cuando llegó allá, se impresionó un poco de la cantidad de gente; era más de la que había esperado siendo la primera marcha. Al principio de la columna iban las dos universidades presentes, la Universidad de La Frontera, y la Católica de Temuco. Detrás de ellos, se iban acomodando como podían los secundarios de los liceos Pablo Neruda, Uruguay, Industrial, Pedro Aguirre Cerda, Gabriela Mistral, y los colores de sus uniformes se iban mezclando debido al tumulto, y más atrás, al final de la columna, otras organizaciones que también vinieron tras la convocatoria. A pesar de lo difícil de caminar entre la marea de gente, Manuel intentó buscar a los compañeros del Internado, dentro de la parte de la columna donde iba su Liceo.

La “patota” de los del Pablo Neruda serían como quinientos o más, que hacían un poco menos fácil buscar a Jorge y a los otros, mientras los cánticos y rimas iban haciéndose más y más fuertes, hasta que el punto en que hablar cerca era una simple pérdida de tiempo. De pronto, una mano le golpeó el hombro a Manuel, quien se dio vuelta. Sus ojos se encontraron con los claros cafés de una muchacha de pelo castaño, un poco más baja que él en estatura, pareciendo de su misma edad, y que llevaba un lienzo enrollado entre dos palos de colihue. Su cabello le caía graciosamente por la espalda y uno que otro mechón sobre el hombro; su piel era más blanca que la suya, bastante más siendo que Manuel era algo moreno. Iba vestida con el uniforme del Liceo, y llevaba de cuero natural, bien lanudo. Reaccionó algo tarde cuando ella le ofreció uno de los palos del lienzo, que era rojo sangre con letras blancas.

— ¿Me ayudas?— fue la escueta pregunta de ella, sin ninguna emoción dominante. Su voz era extraña, demostraba una alegre seriedad, o algo parecido. Manuel aceptó sin chistar y estiraron el lienzo.

Comenzaron a caminar al paso de la marcha, y mientras Manuel llegaba a quedar ronco de tanto gritar, ella seguía la letra de los gritos en silencio, tan solo moviendo la boca. Los manifestantes comenzaban a saltar de pronto, el que no salta es paco, el que no salta es paco, se escuchaba, y luego venía el famoso Educación primero, para el hijo del obrero, y había uno que le gustaba mucho a Manuel, era el de Y va a caer, y va a caer, la educación de Pinochet. Y por todas las grandes ciudades, se iba repitiendo el mismo grito de lucha, de la cálida Arica hasta el frío Puerto Montt.

Manuel miraba a la muchacha cada tanto. Hasta que para su mala suerte recordó verla en otra parte. En varias partes más. Era la compañera nueva de su curso, Amanda Millacura, la misma de la biblioteca también. No se imaginó que ella participara en este tipo de cosas, pero le pareció una agradable sorpresa de todas formas. La miró más detenidamente, y la halló algo distante, como si caminara mecánicamente. La encontró bonita también, pero desechó ese pensamiento al instante, aunque cada vez que la miraba, el pensamiento retornaba.

Capítulo Octavo: Nuestro Pasado

Nicole Montes abrió la cerradura sin ningún problema. De Ignacio había aprendido el sutil “arte” de violar cualquier candado o pestillo tan sólo con alambre y paciencia, y utilizaba el conocimiento para abrirse paso tras la pesada reja oxidada que tenía delante ella. La casa a continuación poseía un lúgubre aspecto de abandonada, reforzado el pensamiento con la selvática altura a la que había llegado el pasto y mala hierba del otrora jardín, y lo esperpéntico de la fachada. Según sabía Nicole, antes esta era una casa de seguridad del Frente Patriótico, pero fue supuestamente abandonada tras el retiro de tropas frentistas durante el movimiento Nuevos Horizontes. Sin embargo, era aquí donde la nota recibida por ella dos noches atrás, le decía que se encontraba el LJS98, el libro de novedades de la Juventud Socialista, sede Temuco, antes de iniciada la primera guerra contra la Recta Provincia.
<<En la casa Walker, N° 119, se encuentra el recuerdo de tus compañeros. Ven a buscarlo, o se perderán para siempre>>. La nota no tenía ningún remitente, dirección, firma ni nada, simplemente apareció un día bajo la puerta del departamento. Era obvio que se trataba del mismo libro, pero, ¿Quién más, aparte de ellos, conocía su existencia? Solamente los miembros del Clan Perruno, de la directiva de la juventud sabían sobre el cuaderno de tapa negra donde Sergio Manqueo escribió los momentos pasados. Pero de ellos, la mitad había muerto en la primera guerra; Manqueo había desaparecido tras el asalto a Central Temuco; César Campos y Marcia Herrera (recordó Nicole con amargura), habían desaparecido en un vehículo del FPMR, y sólo quedaban ella e Ignacio, y también…En fin.
Llegó a la entrada de la vivienda y practicó el mismo procedimiento que con la reja. Se abrió la puerta con el típico chirrido de una bisagra que no ha cumplido su función en mucho tiempo, y entró sigilosa en la casa. Desde la entrada y por diez metros más allá, sólo existía un pasillo, que era interceptado por estructuras de metal y arena, asemejando a unas trincheras improvisadas, lo que demuestra que este lugar estaba diseñado para una defensa tenaz. Caminó saltando las trincheras hasta el final del pasillo, que daba en su extremo a una especie de escalera de caracol, que bajaba hasta quién sabe dónde.
Entonces Nicole la pensó mientras se detenía. Había una posibilidad muy cierta de que todo fuese una trampa, de algún comando rectaprovinciano con el fin de consumar la venganza prometida contra ella, en este lugar. La pequeña linterna con la que había venido (una de esas que cuestan menos de 500 pesos y se desgastan en un santiamén), iluminaba tenue, por no decir nulamente, hacia el agujero oscuro por donde la escalinata bajaba, y se regañó a si misma por su falta de previsión. Del cinto de su blue jeans sacó una pistola Colt M1911, la misma que le regalaron en la Ex-Unión Soviética y con la que practicó hasta alcanzar la perfección en los campos de tiro militar de San Petersburgo. Con el arma apuntando hacia lo que viniese, comenzó a bajar lentamente. Fuese una trampa o no, tenía que recuperar el LJS a toda costa.
Mientras bajaba pensó en que por ejemplo, si hubiese venido con Ricardo, atrás de ella habría un batallón entero armado hasta los dientes, armando por supuesto un escándalo de proporciones. Y si hubiese pedido ayuda a Ignacio…seguramente hubiese venido él solo, mientras ella estaba encerrada y amarrada en alguna habitación del departamento. No, sinceramente fue mejor haber venido sola. Siguió bajando y tal parecía que la escalera no tenía fin, calculó Nicole la increíble profundidad de 10 o 12 metros bajo el suelo, hasta que de pronto sus zapatos tocaron tierra firme.
Con el arma preparada, avanzó hacia el centro de la habitación que se presentaba ahí. Una ampolleta colgaba oscilante del “techo”; estaba encendida y bajo ella estaba una mesa, un tablero de ajedrez y una mujer. La mesa era amplia y de madera, barnizada por los lados y en su superficie se distinguía una especie de plano militar de la ciudad de Temuco, y sus sectores aledaños. El tablero de ajedrez estaba sobre la mesa, y sus piezas eran bastante singulares, cambiando las blancas y negras por representaciones de mapuches y españoles. Y la mujer, miraba a Nicole entre satisfecha y enfadada. No parpadeaba, mirándola fijamente, y Nicole hizo exactamente lo mismo. Eras tú, susurró ella mientras se guardaba el arma, no había necesidad de utilizarla, al menos no por ahora.
— Conociéndote, sabía que vendrías, Niki— dijo la mujer con voz arrogante y profunda—. Sabía que serías tan imprudente como para venir tú sola, a sabiendas que tienes el extraño honor de ser una persona non grata para toda la Recta Provincia. Sigues siendo igual de tonta, por así decirlo.
— Y tú sigues siendo una engreída, Bárbara. Tal parece que ha pasado el tiempo desde la última vez que nos vimos— respondió Nicole con un tono de profunda hostilidad.
— Y no en vano, compañera— dijo ella haciendo caso omiso—, ahora soy Comandante del Frente Patriótico, tal y como lo propuse hace 10 años. Todo con tal de vengarme de los asesinos de mi madre, y de los que traicionaron a nuestros camaradas. Supongo que has vuelto de la seguridad soviética por lo mismo.
— Eso es obvio, Rodríguez.
— Respetable de tu parte, novata. ¿Me acompañarías en un juego de ajedrez, como en los viejos tiempos? Ha pasado una década ya.
— Desde luego.

Bárbara y Nicole eran absolutamente todo lo contrario a lo que se podía llamar buenas amigas. Ni diez largos años sin noticias de ninguna de las dos habían enfriado la aversión que sentían la una por la otra, y viceversa. Era una enemistad casi natural, nacida desde el momento mismo cuando se conocieron por primera vez. El vector de su odio era Ignacio, por cierto, y la trama de la historia era el típico problema de un triángulo amoroso, pero iba mucho más allá. Era un resentimiento ideológico además, entre Nicole que propugnaba un socialismo democrático pero revolucionario, contra poniendo a Bárbara, defensora de la dictadura del proletariado y de la lucha violenta y armada inmisericorde.
Por eso eran recurrentes las discusiones de ellas dos en torno al mesón de la sede del Partido, que eran observadas por los demás miembros del Clan Perruno, entre divertidos y preocupados, porque nunca se sabía cuando dejarían de utilizar la palabra y comenzarían a hablar los puños, así que por razones de seguridad, Ignacio y Sergio Manqueo eran los mediadores de cada bando en pugna. La única ocasión donde luchaban sin tratarse de reaccionaria o bolchevique, era en las eternas partidas de ajedrez que jugaban cada cierto tiempo. La tabla indicaba que Bárbara le daba paliza a Nicole, quien en vano se esforzaba por aprender y calcular todas las posibilidades que su contrincante podía utilizar, pero siempre Bárbara acertaba con una jugada no vista, no imaginada, que literalmente ponía en jaque a la ofensiva de Nicole.
Y así estaban ahora, diez años después, jugando ajedrez mientras se miraban mutuamente. Las dos se sorprendían por los cambios de la otra, que ya eran mujeres hechas y derechas, y también se sorprendían por las cosas que no había y seguramente no iban a cambiar jamás. A pesar de la profunda animadversión, compartían una historia y pasado comunes a las dos; pelearon dentro del Partido por la unidad que ya no hacía más que desaparecer, y lucharon juntas contra el enemigo mayor. Como dice el proverbio, el enemigo de mi enemigo, es mi amigo, y en esos momentos difíciles, los pequeños enemigos resultaban ser poderosos aliados.
— Quiero preguntarte algo, Bárbara.
— Lo que quieras, Niki— usaba ese apodo porque a Nicole le molestaba.
— Es sobre…César y Marcia.
Sus amigos desaparecidos, a finales del año ´98.
— Nada más puedo decirte de lo que te ha dicho Ricardo o Ignacio. Una patrulla del Frente Patriótico los interceptó justo antes de que entraran en la sede, y nunca más se supo de ellos dos. Pese a todas las investigaciones que hice durante este tiempo, no he encontrado ninguna otra referencia, ninguna pista, que nos pueda llevar a su paradero.
Bárbara había cambiado el tono a uno más amigable. También le dolía no saber dónde se encontraban Marcia Herrera y César Campos, amigos tanto de ella como de Nicole, más de Nicole por cierto. Era verdad: había utilizado toda su influencia y contactos para saber qué había hecho con ellos aquel comando que los retuvo, pero ni siquiera el Director Supremo fue capaz de obtener algo más concreto.
— Supe que te nombraron con el título de Martillo, Bárbara.
— Ah, sí. Jefe Militar de Temuco, Concepción y Valdivia. A veces pienso que es una forma de la vieja guardia de deshacerse de mí, digamos que no soy muy bien recibida por mi forma de actuar.
— Jamás has sabido respetar ni a los viejos ni a las autoridades.
— La experiencia no vale nada si esta anquilosada a un modelo antiguo, y la autoridad manda, pero no ejecuta, no tiene poder de acción ni de cambio.
— A veces pienso que serías mejor como anarquista.
— No hagas bromas pesadas—. Rieron. Qué extraño es compartir una sonrisa con quien te llevaste tan mal, y aún así, disfrutar de la experiencia.

— Me contaron que Sergeyeva te acogió muy bien en la Ex Unión Soviética.
— Deja de llamar a Rusia de esa forma, ni los de allá le dicen así.
— Bueno, bueno, ¿Cómo está la rusa?…

Dos horas después, Bárbara miraba con el ceño fruncido el tablero de ajedrez. Era mate por donde se mirase. La torre cortaba y arrinconaba a su rey en una esquina, mientras la dama y el alfil hicieron el resto. Del otro lado de la mesa, Nicole miraba satisfecha los resultados de entrenar durante todos los años en Rusia, jugando primero contra púberes (son cabrones los niños allá), y luego contra un siberiano de un nombre interesante, Molotov, que podía leer y escuchar música mientras le daba una total paliza a Nicole.
— Bien jugado— fue la escueta respuesta de Bárbara.
— Gracias.
— Como, “premio”, esto te pertenece.

Nicole Montes se despidió a lo militar de Bárbara Rodríguez, quien dijo que se quedaría a limpiar la casa de seguridad. Ésta había sido donada por su padre, Ignacio Walker, al Frente Patriótico para realizar las operaciones en la Araucanía, y detestaba ver como su legado se hallaba en la decadencia. Recomendó a Nicole irse y prepararse para lo que se venía, porque no era casual el hecho de que la nombraran Martillo de la Zona Sur; era el anticipo de la militarización de la zona, y del inicio inminente de la guerra.
Salió de la casa, y caminó hacia el departamento. En las calles habían muchos volantes y folletos, todos referentes al movimiento estudiantil que por esos días iniciaba su paso por el país, y se fue acariciando al pequeño cuaderno, de forrado en cuero negro como el azabache y que encerraba en sus amarillentas hojas todos los recuerdos del pasado. El de ella, el de Bárbara, de Ignacio, Ricardo, Sergio, Marcia, César, de los compañeros que ya no podían luchar porque se encontraban en un lugar donde su voz ya no se escuchaba. Era el pasado de los que se habían levantado, algunos por última vez, contra los opresores desgraciados que sojuzgaban con vara de hierro a todo el país. Era el pasado de los que caminaron junto a ella, de los que soñaron y se entrenaron junto a ella, los que vivieron las mismas cosas que ella y que la defendieron y que ella los protegió.
Siguió caminando por las cada vez más pavimentadas calles de Temuco, como si quisieran cerrar para siempre la conexión que tienen las personas con esta tierra milenaria. Caminó rápido, ansiosa de leer el LJS98, el Libro de novedades de la Juventud Socialista, del año ´98. Tras algunos minutos más de paso fugaz, llegó al departamento. Subió por las escaleras raudamente, abrió la cerradura y entró. Llamó varias veces a Ignacio, pero nadie contestó. Estaba sola.
Se sentó en la mesa y abrió la primera hoja del cuaderno…

Advertencia:

La Historia recordará nuestra lucha,
Recordará nuestro dolor,
La Historia dirá que fuimos fuertes, valientes y sinceros
Y que el camino trazado, aún no encuentra su final.

Sergio Manqueo, El Condorito.

5° de Marzo, 1998.
A estas horas aún no llega nadie a la sede. Todos andan como hiper ventilados (qué novedosa la palabra) tras el inicio de las clases. Ya estamos en cuarto ya, último año casi, y luego viene la universidad. Que el destino haga que no nos volvamos a sacar rojo en esa condenada materia que es Biología.
Oh, acaba de llegar Bárbara. Luce bien con el uniforme del Liceo, está más grande la Rojita. Y detrás de ella, Ignacio, el jetón de Ignacio. Cuándo se dará cuenta de los sentimientos de ella, en fin. Se verían bien juntos, pero pelearían como demonios cuando hubiese alguna discusión. Que el destino nos libre de presenciar aquello.
Ya atardece, se nota en lo rojo del cielo. Acaban de llegar Fernando y Alejandro, junto con Ximena y Gustavo, tal parece que las mujeres del Clan no vendrán esta tarde. Ignacio volvió con las chelitas, perdón, cervezas (prometí guardar un lenguaje ultra formal, diría la lunática profesora de Lenguaje).

Era el primer recuerdo de Sergio. El primero de los muchos que seguirían luego. Ella no aparecería hasta junio de ese año, cuando Ignacio la llevara por primera vez a la sede partidaria, y sería la primera vez que se vería con todos, incluida Bárbara que no le daría la mejor de las bienvenidas.
Con este cuaderno, sumado a los recuerdos de su corazón, sus amigos aún no morían, ni siquiera desaparecidos, seguían con ella. Como siempre, apoyándose en la lucha que no parecía dejar de avanzar, y avanzar.

Capítulo Noveno: Ignición

— ¡Más sillas por acá! ¡Está súper endeble!
— ¡Llamen a prensa! ¡¿Y el presidente?!
— ¡Guanaco a la vista! ¡Un piquete!

Primero oscuridad. Luego siguió el abrir los ojos. El dolor proveniente de la luz de una ampolleta incandescente. El mareo.
— ¿Cómo está, compañero chico?— preguntó una voz joven pero adulta. Manuel Barreto se incorporó, y en cuanto se levantó del suelo donde estaba recostado, un punzante dolor provino de su cabeza. Por reflejo se tocó la parte que le dolía, un poco más arriba de la nuca, y se llevó la sorpresa de que llevaba vendajes improvisados, y por debajo de las tiras de gasa, le pareció tener un chichón de buen tamaño.
— ¿Estás bien?— volvió a preguntarle la voz. Era un joven de unos veinte y tantos años, con aspecto desgarbado y somnoliento, con la barba sin rasurar y la cara ojerosa. Se presentó como “Gato”, dijo que estaba en el Pabellón N° 4, y que había recibido una lacrimógena en la cabeza luego del primer piquete.
— ¿Ah?— dijo Manuel no entendiendo del todo, hasta que lo pudo recordar.

Durante toda la marcha, las fuerzas especiales de Carabineros los siguieron de cerca. Eran varias patrullas, un bus y un guanaco (carro lanza aguas) con un zorrillo (carro lanza gases). Llegaron hasta la sede central de la Universidad de La Frontera, el campus Francisco Salazar, donde se quedaron un rato en la reja de entrada, mientras los dirigentes hablaban a la multitud con unos megáfonos.
Entonces vino la primera piedra. Una roca del tamaño de un puño impactó de lleno contra el parabrisas de una patrulla, trizándolo medio a medio, y la policía no tardó en responder, haciendo un llamado a que la concentración se dispersara inmediatamente. La marcha en ese momento dejó de ser pacífica, y otra piedra, también de la multitud, se estrelló esta vez en el bus lleno de fuerzas especiales. Se bajaron en el acto.
El guanaco comenzó a moverse mientras las piedras fueron sucediéndose en cantidades cada vez mayores, mientras los carabineros comenzaron a preparar las escopetas lacrimógenas y los agentes de fuerzas especiales se alinearon en fila india detrás de un poste cercano. Otra piedra impactó en la misma primera patrulla, y el cristal cedió hecho trizas. El carro lanza aguas disparó contra los manifestantes que se mantuvieron firmes ahí, y se inició la batalla campal. Piedras y semejantes contra las bombas lacrimógenas que se sucedieron a un ritmo casi incesante, mientras los carabineros esperaban la orden para irrumpir. La recibieron. La fila india se transformó en una barrera humana, armada con macanas y escudos antibalas, y avanzó lenta pero inexorablemente contra la multitud enardecida, que de quién sabe dónde obtuvo largos postes metálicos que entre cinco o seis sujetos lo blandían dándoles golpes de esgrima a las fuerzas especiales. Un tipo fue firmemente agarrado por los brazos por dos agentes, y fue llevado a un camión para detenidos que recién se había instalado. Otro bus apareció en el horizonte y al ver el equilibrio de fuerzas, aceleró un poco más. Mientras tanto, la multitud, en su mayoría los mismos estudiantes de la Universidad, comenzaron a retroceder detrás de las puertas de su campus, y entonces una oleada de hombres y mujeres cargados con sillas y mesas llegaron desde las facultades, y los manifestantes como pudieron cerraron las dos grandes rejas que los separaban de los policías.
Los que quedaron en el lado equivocado de la reja fueron arrestados y los que tuvieron más suerte lograron escapar hacia la Universidad Católica, que estaba a unas escasas cuadras de ahí. Los que estaban en el interior en un tiempo récord llenaron la entrada de sillas y demases, y desde ahí lanzaban proyectiles a las fuerzas de Carabineros, quienes tuvieron que replegarse donde las toscas lanzadas no llegaban. Luego de eso, y en una inédita jugada, fuerzas especiales lanzó al carro blindado lanza aguas contra la reja de la Universidad, que chirrió mas no cedió ni un poco. Nuevamente, la misma operación, y otra vez, sin éxito. Intentar enviar a los agentes para que manualmente sacaran sillas y mesas era una operación suicida puesto que si se acercaban unos metros más de los que debían, piedras y rocas les llegarían como lluvia, y más de alguno quedaría inconsciente por la posible contusión. Entonces cargaron todas las escopetas lacrimógenas con las que contaban, y las lanzaron hacia las rejas, para dispersar a la multitud.
La táctica sirvió durante algunos minutos, hasta que los manifestantes se encapucharon y los gases expelidos por las bombas ya no sirvieron de mucho. Finalmente, fuerzas especiales se rindió y comenzaron a replegarse para retirarse del frontis de la Universidad.
Con la lluvia de lacrimógenas, más de alguno recibió un contundente golpe en alguna parte del cuerpo, y en el caso de Manuel, fue en la cabeza. Cuando las cosas se comenzaron a calmar, los heridos y afectados fueron enviados al Pabellón N° 4, que contaba con implementos médicos en caso de heridas abiertas y moretones. Todo esto fue contado por Gato, a quién luego lo llamaron por equis motivo y dejó a Manuel solo.

— Despertaste, menos mal— dijo una voz menos madura de mujer. Era Millacura, que se estaba sacando una polera que había utilizado como capucha—. Supongo que no habrás perdido la memoria.
— No del todo.
— Bien. El golpe que te dio la bomba fue seco, así que me sorprende que estés mejor luego de media hora.
— Agradezco ser cabeza dura entonces.
Amanda dejó la ropa que se había sacado sobre una mesa, y miró por la ventana. Un nuevo piquete de Carabineros había querido entrar, pero había sido repelido por los estudiantes. Respiró profundamente cuando vio que los policías habían desistido, y luego miró a Manuel. Se tocaba levemente la cabeza donde la lacrimógena le había golpeado, y cuando le dolía, hacía caras graciosas. Ella sonrió.
— No te toques la herida, es contraproducente.
— Lo siento— dijo Manuel, escondiendo sus manos detrás de su espalda—. ¿Sabes qué hora es?
— Alrededor de las tres y media. Descuida respecto al liceo, no va a haber clases. Algunos de los que fueron detenidos eran del Liceo, y provocó tanto revuelo que el Centro de Estudiantes hizo un mitin y luego se fueron todos de clases, y un gran grupo se fue a la Segunda Comisaría para pedir su libertad.
— Eso es tranquilizador, no quería dar el diálogo de Inglés de todos modos.
— Hm.

No hablaron más durante un largo tiempo. Gato regresó y al ver que Manuel se encontraba mejor, decidió pedirle ayuda a ellos dos para organizar la toma de la universidad, por lo que se dirigieron donde se encontraba la directiva de la Federación de estudiantes. Y es que la toma sólo había sido preparada medianamente con antelación; se había contactado con las personas, y se habían traído suficientes alimentos para resistir algunos días, hasta que la propia gestión del estudiantado proveyera a los alumnos en toma de mejores víveres. Sin embargo, en materia defensiva no habían tenido el mismo grado de prevención, y se encontraban algo perturbados respecto a cómo responder contra las fuerzas especiales que tarde o temprano intentarían irrumpir en la universidad. Había pocos que tenían real experiencia en el método del choque (enfrentamiento contra carabineros), el resto eran voluntarios en su mayoría, y eso complicaba las cosas si se necesitaba una acción contundente.
— Un operativo de carabineros se iniciará a las 5 de la mañana, y golpearán en cuatro piquetes consecutivos— habló serenamente una mujer joven. Estaban sentados tres dirigentes de la UFRO y dos delante de ellos, la mujer y un chico de no más de 20 años. Los dirigentes los observaban extrañados, mientras el chico revisaba algunos apuntes en una libreta.
— ¿De dónde sacó esa información?— preguntó el presidente de la Federación, mas la mujer no contestó de inmediato. Se tomó su tiempo, calculando.
— Sabiéndolo o no, eso no cambiará el hecho de que deben prepararse para un combate, claro, si quieren seguir en esta intentona de toma. Hay órdenes expresas de que esto no dure hasta más allá de las seis de la mañana, según palabras del intendente regional. No quieren otro incidente como el de Santiago.

Lo que ocurrió en la capital del país fue noticia durante un buen tiempo. El campus central de la Universidad de Chile había sido tomado tres días antes, y un poderoso contingente de fuerzas especiales atacó dicho lugar, en la noche del cuarto día. Sea lo que sea lo que pasó esa noche, debió haber sido lo suficientemente grave para dejar un saldo de 17 heridos, entre carabineros y estudiantes, todos con heridas de bala, y la destrucción de varios carros lanza aguas y de gases. Tal parece que se utilizaron bombas reales contra los carros, puesto que estaban destruidos por dentro, carbonizados.
Y no se quedó tan sólo ahí. Los indicios demostraron que la lucha se movió desde la casa central de la universidad, hasta un barrio residencial donde quedaron residuos de pólvora y casquillos de diferentes municiones. Carabineros de Chile no dio ningún tipo de respuesta, y el Ministerio de Interior tampoco exigió ninguna aclaración del hecho, y ninguna figura política dio alguna declaración del suceso, y el tema fue olvidado por la opinión pública.
— Nadie sabe qué sucedió realmente, señorita— dijo la secretaria de Actas de la Federación, una chica estudiante de pedagogía diferencial—. No sabemos si Carabineros o los compañeros atacaron primero, ni sabemos hasta qué punto fue cruento el enfrentamiento.
— Esa no es la pregunta que debería hacerse, compañera. La interrogante más perspicaz se pregunta si realmente fue un combate entre fuerzas especiales y estudiantes, o si aquello fue la fachada de una batalla más, cómo decirlo, interesante. Pero eso no importa ahora.
— ¿Significa que la toma está destinada al fracaso?
— Así parece. A menos claro…de que acepten nuestra ayuda.

— ¡Prepárense para tirar la mayor cantidad de piedras de su vida!— habló el jefe de la comisión de Seguridad y Vigilancia que estaba a cargo de organizar a los que irían al choque. El resto de los estudiantes (en su mayoría mujeres y de enseñanza media), deberían salir por un acceso que debería ser creado tras romper la reja trasera de la universidad. Era en ese grupo donde se encontraban Amanda y Manuel.
Eran las 4 y 45 minutos del día siguiente al de la marcha, y los 50 estudiantes que iban al choque estaban algo angustiados respecto a que si la ayuda ofrecida por una extraña organización daría resultado. La directiva de la Federación aceptó el “apoyo táctico” que recibiría de un grupo denominado “El Martillo”, cuya representante era la mujer con la que habían conversado. Decía llamarse Bárbara Rodríguez.

La operación inició exactamente a las 5 de la madrugada. Aún era de noche gracias al horario de invierno, y los cinco blindados de carabineros, tanquetas, estaban apostadas a escasas seis cuadras del perímetro de la universidad. Detrás de ellas, dos buses repletos de fuerzas especiales estaban listos, con sus trajes anti motines para la operación “Francisco Salazar”. Al lado, dos carros lanza aguas esperaban su momento, junto a camiones para el traslado de los posibles detenidos.
Fue entonces cuando aparecieron.
Un grupo de 20 sujetos con armas de fuego cortas aparecieron bajando de uno de los buses estacionados. Se dirigieron sigilosos hasta el lugar donde se encontraba el capitán a cargo de la misión, quien los saludó formalmente.
— No se han visto movimientos extraños, señor— habló el capitán.
— No es eso lo que nuestros centinelas informaron— dijo uno de los sujetos. Vestían igual que un efectivo de fuerzas especiales, sólo que el casco no permitía verle el rostro. Los veinte estaban en formación, esperando—. Acaban de informar que un grupo del Frente Patriótico ya está en la universidad, armados y esperándonos. La operación no puede retrasarse más.
— Nunca los vimos pasar.
— Nunca entraron, siempre estuvieron adentro.
— Debimos suponerlo. Bien, iniciemos entonces, Coronel.

— Es más dura de lo que pensamos— dijo el compañero a cargo del grupo que debía salir de la universidad antes de que se iniciaran los enfrentamientos. Se refería a la reja que recorría toda la frontera del campus, y que no podían romper como lo habían esperado. Al lado de él se encontraban otros, y entre éstos, Amanda y Manuel. Aunque aún no aparecían los primeros rayos del sol, era claro que estaba por amanecer; lo negro de la noche estaba desapareciendo y en su lugar se podía ver cada vez con mayor claridad el lugar donde se encontraban. La universidad tenía un enorme patio que albergaba varias clases árboles nativos de esa zona, que conformaban un hermoso y agradable paisaje, y un tranquilo lugar donde pasar entre clase y clase.
Desgraciadamente no podían disfrutar de la vista puesto que un problema mayúsculo se les había presentado. La reja estaba firmemente soldada en todo ese sector, y no era una tarea fácil el doblarle los barrotes, por lo que una huida por tierra no parecía ser una buena opción, e irse por arriba, saltando por encima, aún menos debido a los casi tres metros de hierro que se alzaban sobre el piso.
Eso dejaba al grupo de 75 personas entre la espada y la pared. Tenían que salir del campus o serían arrestados todos, lo que no permitiría retomarse la universidad. El problema era que tenían dos salidas, descontando la principal que sería seguramente acosada por Carabineros. Pero las otras dos no eran excelentes opciones. Una daba a una calle muy transitada, que imposibilitaba una rápida travesía, y la otra era muy cerrada, fácil de atacar por las fuerzas especiales.
Amanda y Manuel se fueron con el grupo que eligió la muy transitada. Estaban nerviosos ellos dos, mientras caminaban entre los árboles y se acercaban a la salida de ese sector. Mientras más cerca estaban, más lentos eran sus movimientos y más ansiosos se ponían, puesto que tal vez habían fuerzas especiales por ahí, esperando a que salieran. Llegaron. No se veía ninguna cosa, y se atrevieron a abrir la reja. En grupos de cinco o seis personas comenzaron a salir.

— ¡Por aquí!— gritó un carabinero. Detrás de él, otro, y otro, y una patrulla, y dos patrullas. No recuerdan cómo, pero Amanda y Manuel comenzaron a correr apresuradamente.

Capítulo Décimo: La Segunda

El reloj marcó las 11 de la mañana. Nicole Montes yacía dormida sentada en una banca, apoyada trabajosamente sobre Ignacio Aravena, quien se mostraba algo incómodo por la posición en la que se encontraba. No era agradable estar sentado tres horas ahí mismo, sin moverse ni para relajar los músculos, mientras toda la trabajosa actividad burocrática de Carabineros se desplegaba frente a sus ojos. No sabía qué era lo que le daba más sueño, el que Nicole disfrutara de una siesta extra en su regazo, o ver cómo los oficiales iban y venían con más y más papeles.
La sala de espera estaba atiborrada a más no poder. De hecho, dudaba ciertamente de que fuera siquiera una sala de espera, más bien era una pequeña recepción. Había de todo: pololas preguntando por su pareja, y viceversa, padres, madres, hermanos menores, algunos abuelos, tíos, uno que otro profesor, una diversidad asombrosa de personas que venían a preguntar por sus conocidos que habían caído en la madrugada de hoy. Se habían tomado la UFRO, comentaba una señora algo subida de peso conversando con un carabinero, mientras hacía ademán de que estaba sofocada, le dije al chiquillo que no se anduviera metiendo en estas cosas, pero no hacen caso, no hacen caso.
— Son porfiados los pendejos a esta edad pues señora— contestó el carabinero con una fingida voz grave.
— Pero el papá le aviva la cueca, que según él, cuando estaba la dictadura él hacía lo mismo, que le tiraban cadenas a las torres de luz, y ahí se quedan conversando leseras. Yo no sé porqué lesean tanto, si la cosa está bien como está.
— Bueno, cosa de ellos.
— ¿Y cuando los piensan sacar de aquí? Si se puede saber, claro.
— A ver. Yo creo que como en una hora más señora, empiezan a salir afuera. Están terminando con el papeleo, y cuando acaben, los empezamos a sacar de a uno.
— ¿Una hora? Es un cacho estas cosas.
— Así no más es.

Ignacio bostezó ampliamente. Quién me manda a trasnochar con ella, se dijo. Se habían quedado despiertos hasta que aparecieron las primeras luces del alba, mirando la saga completa de la Guerra de las Galaxias, de la primera a la última. Sí, parecía un panorama poco más que de un quinceañero friki, pero sin embargo, lo había disfrutado mucho. Ellos dos, solos, frente a una pantalla que mostraba naves de plástico moviéndose de aquí para allá. Fue idea de ella el pasar esa noche haciendo eso, para acostumbrarnos a nosotros mismos, dijo mientras ponía la primera película.

Se refería a un intento de acercarse en todos los sentidos, porque no puedes reiniciar una relación luego de diez años de distancia. Porque sí había una relación. Lo descubrieron en la tarde de ese día, cuando él llegó y encontró a una Nicole completamente deshecha de tanto llorar al lado de un viejo cuaderno negro. Hasta que lo encontró, pensó mientras caminaba donde ella y le preguntaba que qué le pasaba. Le dijo que era mucho para ella el tener el recuerdo de todos ahí, en su mano, sobre todo el de los que ya no estaban
— Marcia, César, todos ellos. Hemos perdido tantas cosas Ignacio— le dijo mientras hilos de lágrimas le volvían a caer sobre el rostro—, tantas cosas.
— No pienses en eso ahora, ahora tenemos que ser fuertes, mostrarnos fuertes.
— Pero no lo somos— dijo terminante—. O por lo menos yo no lo soy.
— Claro que lo eres, mujercita, por supuesto que lo eres.

La llevó al baño para que se limpiara la cara, y luego a la cama para que pudiese descansar. Iba a retirarse pero ella le pidió que no lo hiciera, que no la dejara sola. Se sentó él en la cama esperando a que Nicole se quedase dormida. Dormir impedía pensar en las cosas desagradables, él lo sabía por experiencia propia. En ese momento, Ignacio recordó a la antigua Nicole, la jovencita que lo había seguido hasta su sede partidaria la primera vez. La que era mucho más frágil que la actual.
— ¿Crees que he cambiado un poco?— preguntó ella de pronto.
— Un poco sí— Ignacio la miró de pies a cabeza—. Estás más grande, por ejemplo.
— Ay Ignacio, no pregunto por eso— dijo ella sonriendo levemente—. Me refiero por dentro.
— Ah, eso. Creo que no, estás igual que antes, sólo que un poco más madura.
— ¿Perdón?— dijo ella con una fingida indignación.
— O sea, tienes más confianza en ti misma.
— Tal vez…

— ¿Volviste a enamorarte, o estar con alguien?— preguntó ella nuevamente de improviso. Habían pasado unos 10 o 15 minutos donde no hablaron nada, y el creía que ya estaba dormida— Simple curiosidad, por cierto.
— Pues no, nunca estuve con otra persona— Hizo él además de que estaba recordando—. No había tiempo y digamos que me enfrasqué bastante en la vendetta contra la Recta Provincia.
— ¿Pero volviste a enamorarte?
— No tampoco. No tenía ganas de fijarme en alguien más.
— ¿Por qué?
— Tu curiosidad es abrumadora, sabes.
— Responde— dijo, inquisidora.
— No lo sé. Tal vez quedé suficientemente traumado como para no querer más.
— ¿Traumado? , ¿Por qué?
— Por lo que sucedió, claro. Fue una muy mala experiencia. Ahora respóndeme las mismas preguntas tú.
— Las respuestas son las mismas.

— Ignacio…— susurró Nicole. Otra vez había pasado un buen tiempo entre cada fragmento de conversación, y la voz de ella sonaba somnolienta, como si estuviera a punto de quedarse dormida, o eso parecía.
— Aquí estoy— respondió él dejando de lado una revista que había estado ojeando.
— Quiero preguntarte algo.
— Comúnmente no pides permiso para preguntar cosas. Ese bicho inconsciente que tú llamas «curiosidad» hace el trabajo por ti.
— Es algo serio— lo miró Nicole fijamente.
— Muy bien, no haré malas bromas—. Se puso serio él y luego agregó— ¿Qué es?
Nicole bajó la mirada. Era señal de que la pregunta no tenía que ser tomada ligeramente, era algo delicado. Ignacio se acomodó mejor y la miró detenidamente. Sus manos estaban sobre sus rodillas, y tenía los puños apretados.
— Yo aún te quiero— dijo al fin. Ignacio abrió los ojos. Le pregunta del millón, pensó. Cada palabra la dijo lentamente para captar todos sus significados, como si le costara escupir cada sílaba que salía por su boca.
— Eso…no es una pregunta— quiso hacer la esquiva.
— Lo sé— sonrió ella—. ¿Tú…aún me quieres?— Esta vez levantó la mirada, y quedaron en la mirada fija uno en el otro, y las palabras costaron como nunca nates le había costado. Ignacio se puso nervioso.
— Bueno, somos del mismo bando contra el mismo enemigo y…
— Sin bromas dijiste— habló ella muy seria—. Tú sabes a lo que me refiero.
— Um…
Ignacio no contestó de inmediato. No contestó ni al minuto, ni a los dos, ni a los cinco. Bajó la mirada mientras sus pensamientos se revolvían sobre qué era lo mejor que podía responder. Y mientras ello sucedía, el rostro de Nicole comenzó a ensombrecerse cada vez más. Hasta que hizo un ademán de haberse hartado.
— No importa— dijo con pésame, mientras se recostaba y se acomodaba en la cama, dándole la espalda a Ignacio—. Creo que dormiré un poco, puedes irte.
Entonces él se envalentonó, y le tomó la mano de Nicole que estaba más cerca. Rebuscó las formas más románticas que había visto u oído, hasta pensó en cantarle algo cuando descubrió que en primer lugar, no se sabía ninguna canción completa, y en segundo lugar, que Nicole lo estaba observando. Al final, se resolvió por lo más simple y sincero que halló.
— Yo aún te amo, sabes—. Lo dijo de corrido, sin miramientos, y su rostro que en diez años había perdido el color producto de la falta del calor humano, lo recuperó de un golpe con el enrojecimiento de su rostro. Nicole no dijo nada ni al primer instante, ni al minuto. Se levantó de la cama, se sentó al lado de él y se acurrucó al lado de su hombro.
— Yo también.

***

— ¿Aún nada?— preguntó Nicole, estirando sus extremidades en señal de estar despierta, o por lo menos en proceso de salir de su ensoñamiento.
— ¿Qué? Ah, no, nada todavía.
— ¿Cuánto rato los pueden tener ahí adentro? ¿Es legal?
— No me preguntes esas cosas. Dudo que los puedan tener más allá de medio día ahí metidos, pero no sé, todo depende de los cargos que les puedan poner encima. Esa niña, Amanda, dices que es del Frente Patriótico, cierto. Puede que ella tenga algunos problemas más que el chico Barreto.
— Me parece interesante que anduvieran juntos. Sí, es del Frente, pero dudo que los pacos tengan información sobre eso.
— No sé. La dirección de Inteligencia de Carabineros trabaja a veces muy al lado de los rectaprovincianos. Bueno, no podemos estar seguros hasta que salgan.
— Y… ¿Qué hay con la guerra?
— Eso no se habla aquí, Nicole.
Hace algunos días, el Consejo Nacional de Insurrección, que agrupaba a todas las organizaciones y personas afines a la causa contra la Recta Provincia tuvo una reunión de carácter urgente. Se realizó en una casa de seguridad del Frente Patriótico, en Concepción, donde las 4 fuerzas que formaban el Ejército Rebelde fueron decidiendo los últimos pasos antes del conflicto final. La primer fuerza, los insurrectos de la Recta Provincia, representados por Ricardo Cárdenas; la segunda, El FPMR, al mando de la Comandante Bárbara Rodríguez; la tercera fuerza, miembros de partidos políticos, representados por el socialista Óscar Letelier, y la cuarta fuerza, organizaciones sociales y de base, con Gonzalo Buic a la cabeza. Éstas eran las banderas que pelearían por el pueblo en la lucha ya inminente.
Hace diez años, no teníamos esta fuerza— comentó Ricardo a Bárbara, en uno de los recesos de la reunión.
— Y es por eso, padrino, que pelearemos y ganaremos. Ése es un hecho consumado— se acomodó en su asiento la comandante y quedó al frente de Cárdenas—. El tema que nos quedará pendiente, es qué sucederá luego del triunfo de nuestro ejército. ¿Permitiremos a caso— y miró de reojo a Letelier—, que la politiquería tome el curso de esta corriente, y vuelva a aprovecharse de un triunfo que no les pertenece?— luego con el puño cerrado se pegó en el pecho— ¿O será el pueblo organizado, por primera vez en su historia, quién tome las riendas del asunto? Estoy más emocionada de ver aquello, ciertamente.
— Será lo que tenga que ser, Bárbara. Pero no iniciaremos una guerra entre hermanos.
— No he dicho nada de eso—dijo ella con un ademán de no tener culpa de nada—. Sólo me pregunto a quién le corresponderá después asumir el mando de toda esa fuerza que se está construyendo.
— No será usada como maquinaria de guerra, eso te lo aseguro. Además, dudo que nuestros problemas se acaben por la derrota de la Recta Provincia— dijo pensativamente, y luego con una cara de resignación—. No, nos quedarán aún muchas cosas por solucionar.

— El Consejo decidió no realizar acciones militares hasta inicios de septiembre — dijo Ignacio después de un rato.
— ¿Tres meses más?
— No me parece adecuado, pero bueno, son ellos quienes deciden— chasqueó la boca en señal de desacuerdo—. Tienen la seguridad de que podrán alistar a más personas en nuestro ejército.
— Pero Ignacio, ese es más tiempo para la Recta Provincia.
— Y también para nosotros.
— Pero…
— No discutiré con las decisiones que tomen. Cárdenas sabe lo que hace, o al menos, confio en que lo sabe.

***

Manuel Barreto suspiraba agobiado. Hace tres, cuatro horas que estaba ahí, parado y hacinado como paloma entre los cincuenta y más detenidos. A un extremo del estacionamiento de la segunda comisaría, estaban las 15 mujeres que también fueron agarradas en la operación Francisco Salazar. Entre ellas estaba Amanda, quien parada y apoyada en la pared, se mantenía así con los ojos cerrados, sin hacer ningún movimiento. ¿Estará durmiendo?, se preguntó Manuel después de que ella no se moviera durante el tiempo que parecieron 10 minutos. Finalmente, abrió ella sus ojos, que se fijaron en los de él, como pregúntandole que cómo estaba. Bien, respondió Manuel de la misma forma. Ella respiró profundamente, y luego hizo el gesto de querer saber la hora. 11:50, le dijo él con los dedos, ¡Gracias!, gritó ella.
— Ya, van a empezar a salir de uno en uno los pendejos — exclamó un carabinero que venía con una libreta y un lápiz—. ¡Bernardo Álvarez!— dijo después de revisar sus escritos. El nombrado se levantó de la incómoda posición en la que se encontraba, y siguió al oficial ha una especie de cubículo donde acompañados por un familiar o persona mayor de 18 años, firmaban los papeles para dejarlos en libertad. Cada uno de estos pequeños trámites duraba alrededor de unos cinco minutos, tiempo que ponía ansiosos a los que aún seguían recluidos. Después de seis compañeros más, vino Manuel. El oficial encargado ya estaba harto, y llamó a una suboficial para que continuara con el trabajo. La carabinera llevó a Manuel al cubículo, donde se encontró con una extraña sorpresa.
— La razón de su detención es por desórdenes y destrucción de recintos públicos — dijo la carabinera anotando algo en la libreta. Su letra era linda, con buena caligrafía, y tranquila, sin los borrones y trazos remarcados que había dejado el oficial—. La persona aquí presente va a actuar como el adulto que firma los papeles para tu liberación.
— Que interesante sorpresa— dijo la «persona» que iba a actuar como el adulto responsable.

***

— Es sinceramente interesante ver cómo nos vamos encontrando cada vez más— dijo Nicole Montes, con un vaso de plumavit repleto de café negro y algo desabrido. A su lado, un hombre que Manuel nunca había visto, y al lado de éste, el mismo Manuel, con un vaso del mismo café, enfriándose lentamente.
— Puedo preguntar— habló Manuel después de un rato—, ¿Qué está haciendo aquí profesora?
— Mmm— dijo ella con una sonrisa y luego tomando un sorbo—. Sólo digamos que estoy en el momento indicado, y en el lugar indicado. Y esa pregunta, creo que debe ser más severa para ti— Nicole entonces adoptó una actitud bastante seria—, ¿Qué se supone que estabas haciendo en una toma universitaria?
— Yo, este…— y Manuel se encontró desarmado.
— La segunda ha salido— dijo el hombre apuntando hacia el cubículo. Se refería a Amanda, que era acompañada por la suboficial hacia la mesilla para firmar los papeles—. Yo voy— dijo el hombre levantándose, y caminando hacia ellas dos.
— No me has contestado— dijo Nicole, ahora más sonriente.
— Fue…producto de las circunstancias, creo.
— Respuesta ambigua. De todas formas, agradezco que estuvieras con ella. Creo que en cierta forma la cuidaste bien, conociéndola, no estaría en la segunda comisaría, sino en la octava, para los más «peligrosos».
Manuel sabia, por comversaciones con los mayores del internado, que se iban a la octava los que sí o sí caerian a la cárcel. Pensándolo bien, era la primera vez que caía detenido, así que era una cosa menos en su lista de cosas que nunca había hecho, y que mejor que dentro de un contexto de movilización social.
— No sé qué estarás pensando…— Nicole lo miró como si fuese mirasea un bicho raro—, pero te ves feliz y debo suponer que eso es bueno. En fin, ¿Seguirás en estas cosas, cierto? Me refiero a marchas y todas estas cosas.
— Creo que sí.
— Entonces, ¿puedo pedirte algo?— miró a Amanda que terminaba con el papeleo—. Cuídame a la chica, por favor.
— ¿A Millacura? Me demostró con creces que puede cuidarse sola.
— Su sobrevalorada confianza es lo que me preocupa. Le gana a su conciencia.
— Y cree que yo pueda ser un sucedáneo de conciencia.
— Algo así. ¿Puedes cumplirme eso?
— Supongo que podría intentarlo profesora.
— Desde ahora, Nicole.
Amanda con el hombre (que Nicole nombró como Ignacio), regresaron y pidieron irse. Ella aceptó e invitó a Manuel a acompañarlos. No es necesario, dijo él pero Nicole lo tomó de un brazo y se lo llevó hacia afuera de la comisaría. Se subieron a una camioneta roja, gentileza de Cárdenas, dijo Ignacio, y partieron.

Capitulo Undécimo: Intertanto

En el auto al principio no conversaron mucho. Amanda parecía dormitar con los ojos cerrados y sin decir nada, mientras que Nicole le hablaba poco a Manuel, quien contestaba sólo lo necesario, mientras Ignacio estaba concentrado manejando. Entonces recibió una llamada.
— Voy para allá— fue su escueta respuesta, y luego se dirigió a los demás—. Lo siento, pero tengo que hacer una pequeña parada en un lugar, no tardaré mucho.
— De hecho si quiere puedo bajarme aquí— ofreció Manuel pero Nicole contestó.
— Claro que no, iremos al Internado después. Es mi forma de agradecer el favor. Creo que debo tenerte más en cuenta Manuel— sacó su mano por la ventana del auto para refrescarse—, nos hemos encontrado ya muchas veces.
— Tal vez, pero puede que sean sólo coincidencias.
— Dudo que existan algo como las coincidencias— dijo Ignacio tomando un camino secundario—, ciertamente creo que todo tiene su razón de ser, antojadizo que parezca.
— ¿O sea que no crees en la suerte Ignacio?
— Por supuesto que no. Todo tiene un por qué; por ejemplo, ¿Qué hacían ellos dos en la toma?
— Yo le pedí que me acompañara con el lienzo— habló Amanda por primera vez. No abrió los ojos y mantenía una expresión cansada.
— Pues he ahí la razón. Llegamos.
Se estacionó en frente del edificio conocido como RP. A pesar de que estaba lejos del centro, era un establecimiento de lujo donde se celebraban reuniones políticas y de gran poder financiero, y discretamente era también el lugar donde los brazos anexos de la Recta Provincia se reunían, además de ser un centro importante de carácter administrativo. Ignacio se bajó del auto y dijo que no demoraría más de cinco minutos. ¿Te acompaño?, le pregunto Nicole pero dijo él que no era necesario. Entró al edificio.
Ignacio llegó a la recepción. En ella una mujer hermosa actuaba como secretaria, respondiendo llamadas y transcribiendo palabras. De hecho, estaba recibiendo una en ese momento, pero cuando vio que era Ignacio quien había entrado, dejo todas las cosas y se presentó. Su placa de identidad tenía inscrito el nombre de Ángela Douglas.
— Coronel Aravena, buenos días.
— Secretaria y Teniente Douglas, de la Sección 5. Vengo por el control maestro.
— Número 505, llave normal— le entregó ella una placa metálica no más grande que un dedo meñique—. El Brigadier Cárdenas se encuentra ahí.
— Muchas gracias, Ángela.
Subió por las escaleras que estaban en el corredor contiguo. Quinto piso, según la numeración de la habitación. Cuando llegó, la puerta 505 estaba frente a él. Se acercó y pasó colocó en una ranura la placa que Douglas le había entregado; la puerta abrió fácilmente. Adentro, sólo había dos sillas, y una ocupada por Cárdenas, que jugueteaba con un aparato semejante a un control remoto de televisión.
— El famoso control maestro— dijo Ricardo lanzándolo hacia arriba lúdicamente, mientras Ignacio seguía la trayectoria con la mirada—. ¿Te preocupa que pueda tirarlo por accidente?
— De hecho, sí, y mucho. Sabes exactamente lo que es.
— Lo sé. El control que puede activar todas las minas defensivas de la Recta Provincia. Creo que en mis tiempos fueron colocadas, como forma de que, en caso de que civiles descubrieran instalaciones secretas, éstas fuesen destruidas de inmediato. Hay una en cada bastión de la Recta Provincia, desde cuarteles hasta oficinas administrativas, y con la suficiente fuerza como aparentar que fue producida por un atentado terrorista, y poder eliminar cualquier evidencia.
— Ahora en nuestras manos.

Ignacio volvió al auto cinco minutos después, con una pequeña caja metálica que guardó en la guantera. Tras algunos minutos más de viaje, se estacionaron en frente del Internado, el gran edificio que albergaba a Manuel y a sus compañeros. Ignacio lo miró con nostalgia, porque a pesar de las múltiples reparaciones y manos de pintura que había recibido en todo este tiempo, aún seguía siendo mismo establecimiento que los había recibido a él y a los que fueron sus compañeros.
— Ve con él— le dijo Nicole desde la ventana del auto—. Necesitará a un adulto responsable para que le justifiquen el que no haya llegado ayer a dormir, y tú aprovecharás de recordar los viejos tiempos.
— Pero…
— Ve. Nosotras te esperaremos aquí.
Manuel se despidió de ellas. Nicole lo saludó al estilo militar, sólo que con la mano izquierda y deseándole una reprimenda no muy fuerte. Amanda se despidió diciéndole que se verían en el liceo, y que se cuidara.
Caminaban lento. Ignacio miraba con gran detenimiento las cosas que recordaba, como las que no estaban ya. Aún se mantenían los grandes murales que estaban pintados en las paredes, aquellos que él y sus compañeros habían pintado hace ya mucho tiempo, cuando ellos estaban en tercero medio y se celebraban 75 años de la fundación el Internado. Aún estaban los viejos casilleros de fierro rojo, en cuyas puertas se podían ver a pesar de las constantes manos de pintura, las cosas que ellos mismo habían grabado en su superficie, como los nombres de las chicas que les gustaban, o los sobrenombres que se ponían para molestarse.
Todo esto le hizo imposible no acordarse de su compañero Manqueo. El mural que él en solitario había pintado aún se mantenía; era un dibujo de un camino que llegaba a hasta un lugar que se asemejaba a un cerro con imágenes de un paraíso o lugar ideal, y con la inscripción «SAM«, Sergio Alejandro Manqueo, y la leyenda en el costado superior izquierdo del mural «Por un largo y angosto camino, hacia el lugar y los signos prometidos». Manqueo había sido su mejor amigo, y participaban en muchas cosas juntos, incluidas las acciones del Partido.
Cuando descubrieron la verdad sobre el país y la Recta Provincia, ninguno de los dos se amedrentó, y los dos se enlistaron en las filas de las facciones rebeldes, participando en el movimiento Nuevos Horizontes. En las últimas acciones contra la organización, Manqueo decidió luchar contra un Ejecutor personalmente, terminando muertos los dos. Su cuerpo fue sepultado el mismo día en que Cárdenas y los demás fueron engullidos por el sistema de la Recta Provincia.
— Señor Aravena, por aquí— le dijo Manuel indicándole hacia la inspectoría.
— Sí, te sigo chico.
En la oficina, Ignacio reconoció a dos de los inspectores. Silva y Medina, se dijo él al ver a los dos personajes sentados frente a libros de actas y carpetas de control de las comidas. Estaban más viejos, claramente, con cabellos blancos en la cabeza y surcos más pronunciados en su rostro, pero aún así con la misma vitalidad y el sentido del humor con el que lo recibieron en sus primeros años. Había un tercer inspector que Ignacio no había alcanzado a conocer, seguramente se unió al Internado después de que él saliera de cuarto medio.
— Barreto, ya supimos de tu gracia ya— dijo el más bajo de los inspectores, José Medina— Así que pasamos la noche en la dura.
— Oh, bien, sí.
— Descuide Barreto, no sucederá nada, ah, parece que trajo a… ¿Aravena? ¿Es usted?
— Sí, sí señor— dijo Ignacio algo nervioso. Nunca había vuelto al Internado en todo este tiempo, y no pensó en que lo podrían haber reconocido.
— Pero que está crecido Ignacio— dijo sonriente el inspector Silva—, hace cuántos años que no lo veíamos por acá. Verá que muchas de las cosas han cambiado, incluso nosotros, es cosa de mirarnos, estamos cada vez más cebollentos.
— Y otras no han cambiado para nada— dijo Ignacio refiriéndose a los murales y a la infraestructura del Internado—. El maestro Jorge, ¿Sigue trabajando?
— El viejito Salort se acaba de jubilar hace un mes, estaba ya muy viejito el hombre, y quería pasar los años de oro con su señora…

— Después de todo no fui muy necesario allá. Están los viejos de siempre, esos que no se dan problemas por tratar de lidiar con la juventud, sino más bien adecuarse a ella.
— Me parece bien, no me hubiese gustado que el chico Barreto hubiera tenido problemas— dijo Nicole mientras el auto se alejaba del Internado y tomaba la avenida principal—. ¿Y que tal tú Internado, sigue como antes?
— Las cosas importantes, cuando aparecen, no cambian nunca.

***

Después de ocurrido el episodio de la toma, Amanda y Manuel comenzaron a ser mucho más cercanos, contra la incredulidad y sorpresa de sus compañeros quienes sabían sobre el comportamiento cerrado y poco amigable que ella había demostrado a principios de año. Ahora se podía tener una conversación buena y afable, y participaba más en actividades grupales y/o convivencias de curso.
Mientras tanto, el contexto de la movilización estudiantil seguía evolucionando y haciéndose más fuerte, multiplicándose las marchas, y las tomas pasaron de ser acciones de grupos solitarios a grandes acciones coordinadas por los mismos centros de estudiantes. Y eran en estas actividades donde Amanda y Manuel compartían bastante tiempo juntos, también con Nicole ocasionalmente, quien los acompañaba de vez en cuando. Comúnmente, Amanda lo invitaba a él a almorzar a un restaurante llamado “El Radical”, ya que por venir a las marchas Manuel se pasaba la hora de comida del Internado.
Durante esos almuerzos, él conoció a personas bastante singulares, como a un hombre que trabajaba en una talabartería, y que era un maestro nato del ajedrez, y que además poseía enormes conocimientos sobre temas políticos y sociales, o a varios oficinistas que pasaban su tiempo libre hablando sobre teoría económica o clásicos marxistas. Y descubrió también que Amanda parecía tener dos facciones si se puede decir así, de su personalidad. En el Liceo era bastante más cerrada de lo que era acá, donde se mostraba mucho más extrovertida y alegre, y hasta un poco confrontacional a la hora de discutir con otras personas. Se preguntó él porque tanta diferencia dependiendo del lugar donde se encontraba.
De igual forma, se percató de que entre las personas que parecían pertenecer al ambiente de ella, parecían tener un tema o secreto en común. A veces conversaban entre ellos y decían cosas que en realidad no decían, y hablaban de manera que a simple vista parecía algo inconexo, y que sin embargo ellos le hallaban un especial sentido. Existía algo de urgencia, ansiedad y hasta peligro en el tono de sus voces, que contrastaba a lo demostrado por sus expresiones que sólo dejaban ver una simple tranquilidad.
Manuel nunca quiso preguntar respecto a esto, para no parecer impertinente, pero no le fue difícil el darse cuenta de que tanto Ignacio como Nicole estaban también metidos en el mismo discreto tema. A veces Nicole, o Amanda, o las dos en conjunto, faltaban por uno o dos días al Liceo, eludiendo de una forma misteriosa las razones de esas ausencias, y mientras más se acerca el tiempo a finales de año, más idas y melancólicas se ponían.
— No me sucede nada— era la respuesta escueta de Amanda que no dejaba de mirar por la ventana, en las muchas ocasiones que Manuel le preguntaba que qué le pasaba. Era finales de junio, y llovía copiosamente afuera.
— Te creería si no te comportaras de esta manera.
— ¿De cual manera?
— Hay algo que te está preocupando. No sé que pueda ser y sé que no debería inmiscuirme en aquello, pero…
Respiraba ella como cansada. Desde hace un tiempo hasta la fecha era claro que no dormía bien, y a veces dormitaba muchas veces en clases, donde Manuel la salvaba haciendo malabares para que no la castigaran. A veces su memoria le hacía pasar malos ratos, olvidándose de trabajos o pruebas importantes, y entonces él aparecía como un profesor de recreo donde en 20 minutos debía explicarle comprimidamente toda la materia. Estas cosas le hacían pasar menos tiempo con Nadia, y así cumplir con la promesa de no incordiarla más con sus sentimientos no correspondidos, por lo que el sistema así se complementaba.
Sin embargo, y sin que él se percatara a tiempo, comenzó a interesar más que académicamente en Millacura. Era linda y todo, pero más magnético que eso, le absorbía el hecho de que no sabía nada de ella, ni de sus gustos, familia o pasado. Cuando creía conocerla un poco, ella hacía la esquiva y no demostraba nada más, salvo cuando estaban en el Radical, pero en el Liceo, aunque compartía con todos, nunca demostraba una sonrisa auténtica o algo parecido; era como si estuviera aburrida de mostrar una faceta que no era la suya. Y a veces dejaba salir ese malestar con frases o conversaciones extrañas que Manuel no entendía a cabalidad.
— ¿Tú crees en las personas?— le preguntó ella una vez.
Nunca lo miraba a los ojos, y sólo dejaba perder la vista en la ventana.
— Supongo que— y Manuel pensaba cada respuesta que daba— si las personas no creyeran en otras, este mundo sería algo mucho peor. ¿Por qué lo preguntas?
— No— decía ella—. No planteé bien la pregunta. ¿Confías en otras personas?
— En algunas sí, porque se han ganado esa confianza.
— No, no es así tampoco—. Era como si le costara preguntar lo que quería saber, o tal vez era muy extraña la pregunta—. Sabes, mejor olvídalo.
— Vamos, pregúntalo. Uno tiene que preguntar para saber.
— Bien…yo me refería a que, a que si tú crees en lo que dicen las personas, o sea, lo que dicen todas las personas. Más bien, ¿Crees en toda la historia que han contado durante todo el tiempo?
— ¿Historia? ¿Te refieres a…la historia oficial, la que nos enseñan?
— Sí, algo así. ¿Crees en ella?
— No del todo. El año pasado una profesora me dijo que la historia servía para tres cosas: para decir la verdad de los hechos, para cambiar esa verdad…
—…O para ocultarla.
— Sí. No confío mucho en la historia normal, y sé que debe haber muchas cosas que no se han contado porque se han olvidado intencionalmente.
— También creo eso.

Cuando terminaban las clases, Manuel se daba el tiempo de llegar tarde al Internado con tal de ir a dejar a Amanda a un paradero cerca del centro de la ciudad. Era uno de los pocos momentos del día donde ella se mostraba más animada. Y era el momento del día donde se daban el único gesto de afecto físico, que era el que ella caminaba tomada de su brazo. Conversaban de cosas más alegres, alejadas de los temas sobre la movilización, sobre el Liceo, y muchas veces Manuel terminaba perdiendo una cena a cambio de quince minutos más de estar con ella.
Había un auto que pasaba a buscarla con asombrosa puntualidad, a las ocho de la tarde exactas. Ella se despedía normalmente y subía al vehículo que se alejaba por la avenida. Y entonces Manuel regresaba al Internado, rezando por poder comer algo cuando llegara. Todo parecía de lo más tranquilo, sin ninguna preocupación más allá de la obvia que producía el Liceo, pero dos días después nunca más podría vivir como lo había hecho antes.

Capítulo Duodécimo: El Detonante

El movimiento de tropas comenzó a las 500 horas, según órdenes expresas del Comandante Martillo Rodríguez. La operación consistía en desarticular el intento de una fuerza rectaprovinciana de crear posiciones defensivas en el museo ferroviario de Temuco. El museo, bien utilizado, era una trinchera prácticamente impenetrable, por la cantidad de trenes en desuso que ahí había, que podían remolcarse hasta formar perímetros sólidos, perfectos para asentar una base defensiva.
— Cuarenta efectivos en cada flanco— ordenó Bárbara Rodríguez mientras subía al vehículo que los llevaba hasta el lugar, que se encontraba en la periferia de Temuco. Había informado al Consejo Nacional de Insurrección sobre lo que sucedía, y no tardó mucho la aprobación a una operación preventiva.
Adentro del auto, Nicole Montes cargaba el arma estándar, el AK-47. Se saludaron fríamente y Rodríguez dio órdenes de avanzar al conductor. Comenzó a cargar un arma de fabricación frentista, una especie híbrida de francotirador y repetición. No hablaron hasta que el auto se detuvo frente al primer semáforo en rojo.
— ¿Quién te informó de todo esto?— preguntó Nicole mientras se guardaba un cargador en su chaqueta.
— El Sistema de Inteligencia. No era normal que un furgón hiciera rondas nocturnas del lugar durante más de 10 días seguidos, y cuando nos informaron del movimiento de tropas enemigas, no fue difícil pronosticar su siguiente jugada.
— ¿La chica viene contigo?
— Debe estar ya en el campo de operaciones. Fue su célula la que llegó primero.
— No deberías ponerla tan en peligro, Bárbara.
El auto volvió a moverse.
— Que tus sentimientos maternales no ahoguen tu juicio, Nicole. Ella eligió ser frentista, igual que muchos de nosotros, y sabe a lo que se enfrenta. No es una niña, aunque lo parezca a veces.
— Muy bien Martillo.
El auto dio algunas vueltas cerca del perímetro del museo, esperando confirmación de que era seguro entrar con el Comandante. Dieron la señal. El auto entró lentamente por la reja frontal, mientras a lo lejos se veían las sombras de los trenes, estáticos. Había un espacio entre la entrada y el museo en sí de unos 800 metros, suficientes para desplegar bien las tropas, que no eran muchas. Cuando el auto aseguró la posición, Nicole y Bárbara bajaron del jeep blindado. Frente a ellos, quince personas armadas y saludando militarmente con el brazo izquierdo esperaban instrucciones.
Amanda Millacura era una de ellas.

***

— Martillo. El museo posee una forma ligeramente circular con tres entradas posibles, Norte, Sur y Noroeste. Hemos fraccionado las tropas para que al inicio de la operación, una cantidad más o menos equilibrada entre por esas tres. No hemos detectado movimientos que indiquen que hay fuerzas enemigas en los trenes cercanos que están fuera del museo. Son tres trenes de doscientos metros de longitud, con múltiples entradas. Las tropas que acaban de llegar provienen de la Prefectura de Padre Las Casas, y servirán como guardias en caso de que tropas enemigas lleguen como refuerzos, y en su defecto, servirán como apoyo a las tropas dentro de la operación. Señor — terminó de hablar un hombre con voz ronca y cabeza chata, que leyó el reporte de la misión.
— Buen informe Coronel. ¡Encargado de explosivos! — llamó Bárbara al subordinado.
— Martillo, señor— llegó un joven desgarbado, alto y flaco con los dedos de las manos algo dañados, irritados por productos tóxicos—. Poseemos suficientes cargas como para destruir todo el recinto, señor.
— Me parece. Si fracasamos, no les entregaremos esta posición.

— ¿Es necesario que estés aquí Amanda?— preguntó Nicole mientras terminaban de calibrar y cargar armas de infiltración, una serie de pistolas semi automáticas.
— Es mi cuadrante, es mi deber.
— Si los cálculos de Bárbara fallan, habrá más efectivos de la Recta Provincia contra los que podamos luchar, es una operación peligrosa.
— Confió en mi Comandante.
— No intentes bajarle la moral a mis tropas Nicole. Ella tomó su decisión— habló Bárbara cuando ya terminó de recibir informes—. Ustedes dos vendrán conmigo en una operación especial que acabo de inventar, mis compañeras.
La operación se denominó como Caldera. Comenzó a las 5:30 horas con el avance de tropas hacia las entradas señaladas, que no tardaron en ser resistidas por tropas rectaprovincianas. Una operación anexa a Caldera era Estación, la que realizarían Bárbara, Nicole y Amanda; consistía en alcanzar el tren que estaba en los rieles directos a la entrada, cargarlo con explosivos y hacerlo chocar contra la misma, reventando las cargas desde adentro del complejo del museo, literalmente, hacerlo llegar a la estación. El tamaño del museo era clave: no era muy grande por lo que la explosión y la correspondiente onda de choque lo destruirían casi completamente, eliminando buena parte de la resistencia enemiga.

***

[REPORTE DE MISIÓN]

OPERACIÓN= «Caldera» + «Estación»
ENEMIGO= Recta Provincia
PREFECTURAS= Central Temuco + Padre Las Casas
OFICIAL A CARGO= Comandante de Amplios Poderes, Martillo.

Reporte del Coronel Cienfuegos, prefectura de Central Temuco:
       Según las disposiciones que nos dio el Comandante Martillo, nosotros esperamos en las entradas norte, sur y noroeste, con alrededor de 12 a 14 soldados en cada fracción de ejército. Según Martillo, debíamos esperar el éxito o fracaso de la operación anexa, lo cual no tardó en pronunciarse debido a la enorme explosión que ocurrió dentro del lugar. Algunos enemigos salieron con vida, y cuando se hallaron sobrepasados en número la mayoría decidió entregarse, aunque hubo tres enemigos que dispararon a quemarropa, hiriendo a dos soldados y resultando un enemigo muerto, más dos reducidos a golpes de culata.
El saldo de la operación fueron dos heridos nuestros, 12 muertos y 8 heridos enemigos, destrucción estructural del lugar y de patrimonio histórico.

Fin del Reporte

Reporte de Soldado Sin Rango, Nicole Montes:

       En primer lugar no sé por qué debo hacer esto, siendo que no soy parte del Frente Patriótico, pero en fin.
       Las cosas que sucedieron después de la explosión no pude verlas, por lo que no daré ninguna mención a ellas. Lo que sí participé en la operación que su Martillo creó en el mismo lugar. Pensaba que era muy riesgosa y con altos precios qué pagar si no resultaba.
       Iniciamos entrando en el tren que tenía la facultad de poder moverse. Demoramos en llegar allá puesto que teníamos que cerciorarnos de que no hubiese enemigos entre los vagones. Cuando llegamos a la sala de máquinas y verificamos que no habían fuerzas enemigas por ningún parte, yo y la Sargento Amanda Millacura nos dedicamos a colocar cargas explosivas a distancia, con el fin de destruir las instalaciones cuando el tren entrara en el Museo.
       Cuando estuvo todo preparado, salimos del tren y Martillo lo puso a toda máquina contra la entrada principal, siendo ésta destruida de cuajo y el vagón delantero entrando por lo menos 10 metros. Martillo conectó el interruptor de las cargas a distancia, y explotaron como estaba planeado, destruyendo buena parte del complejo, provocando un incendio del lugar.
       Me fui después de esto.

Fin del Reporte

Reporte del Comandante en Jefe del Estado Máximo/ Martillo Bárbara Rodríguez.
       La operación comenzó a las 530 horas.
       Finalizó a las 613 horas.
       Sin camaradas muertos.
       Las dos operaciones, un éxito.
       Se obstruyó la creación de una fortificación rectaprovinciana.
       Y se aseguró que el enemigo comenzará operaciones reales cerca de septiembre, según el relato de todos los prisioneros, luego de su interrogatorio por separado.

Fin del Reporte.

LÉASE / MEMORÍCESE / DESTRÚYASE

OFICINA DE INFORMACIÓN CENTRAL

— Este es el reporte que le llegará, o mejor dicho, seguramente ya les llegó a los viejos de Santiago— dijo un oficial del FPMR sentado al lado de Bárbara con un computador portátil al lado.
— Es casi seguro que me odiarán por esto. No estaba en sus disposiciones el que efectuara una operación anexa y distinta a la que ellos propusieron, los seniles— Bárbara caminó por la sala en la que se encontraba, de aquí para allá dando vueltas, pensando. No había dormido mucho en estos días y era un agravante el que se hubiera desvelado esta noche, su rostro dejaba ver el precio.
— Señor, los viejos desean una videoconferencia. ¿Acepta?
Seguramente era para felicitarla frugalmente, y mucho más para criticarle duramente el que se haya salido de las disposiciones del Consejo, que se sabían, eran de carácter obligatorio el obedecerlas hasta el rango de Coronel; de General de Brigada a Martillo debían tomarlas en cuenta y hacer algunas pequeñas variaciones. Sólo en caso de guerra real podían ser omitidas. Sí, iban a criticarla mucho, y preparó todo su ego para defenderse.
— Sí, ponme en línea.

Utilizaron el sistema básico de Messenger, acoplado a un sistema de codificación, que creaba una línea segura para la conversación. Acostumbraba el Consejo a este tipo de formalidades cuando los generales a reprender estaban distanciados geográficamente, y muchas veces Bárbara vio cómo oficiales ante la presión ejercida por los ancianos, se desplomaban y eran degradados en el acto. Pero eso a ella no le sucedería.
— En línea.
La imagen tardó unos segundos en llegar. Pero se veían las caras de los cuatro generales de las distintas ramas, más un espacio vacío que era ocupado por el Director Supremo, en conversaciones importantes.

Línea Uno: En primer lugar, saludos Martillo. Esperemos que se haya adaptado positivamente a la región, dicen que el clima es algo impredecible.
— Muchas gracias, Comandante. Viví muchos años en Temuco, por lo tengo mucho conocimiento del clima, y en realidad de todo. Pero dudo que el Consejo Directoral me haya llamado para preguntar sobre el bienestar psíquico de su subordinado, ¿O me equivoco?
­Línea Cuatro: Audaz e incisiva como siempre, Rodríguez.
Línea Dos: Efectivamente, Martillo. Queremos saber el por qué hizo caso omiso de las disposiciones que este consejo le entregó el día de ayer.
Línea Tres: Queremos que nos explique porque le dio la espalda al Consejo y tomó las riendas de la operación de esa manera, tomando facultades que NO le conciernen.
Línea Uno: Explíquese, Martillo.

— Señores del Consejo— respiró Bárbara profundamente—, sus disposiciones, y tengo la copia aquí mismo— dijo señalando unos folios con el sello de «QUEMAR»—, decían claramente que debíamos obtener prisioneros, armas y evitar que el enemigo creara una fortificación. Creo señalar bien en que éste era la directiva que se me envió, y que…
Línea Cuatro: La directiva era mucho más específica que eso. La operación consistía en el asedio de la instalación y la posterior infiltración. Y usted cumplió sólo con la primera disposición.
— Creí que era potencialmente perjudicial, puesto que desconocíamos el número y armamento de los enemigos, señor.
Línea Dos: Eso no lo decide usted, Martillo, lo decide Inteligencia.
Línea Tres: E Inteligencia informó de un comando de menos de doce personas como enemigos.

— Entonces Inteligencia se equivocó vergonzosamente, puesto que habían 22 enemigos.
Línea Uno: ¿Está criticando a toda una rama del Frente Patriótico?
Línea Cuatro: Acusación grave, Rodríguez.

— Trabajé en Inteligencia por dos años, señores. Sé cómo opera y sé las fallas que puede tener en las operaciones. He aquí el documento donde Inteligencia Regional IX da a conocer errores en sus prácticas, y en la entrega de su información. Fue un error humano de esa rama, señor.
Línea Dos: El tema es el siguiente Rodríguez. Respete la cadena de mando.
Línea Cuatro: El Frente Patriótico se mantiene por la disciplina que sus miembros mantienen siempre, no cayendo en caudillismos ni personalismos.

— El FPMR se mantiene vivo gracias a que posee la capacidad de transmutarse y no anquilosarse a principios ya desahuciados. La versatilidad y adaptación es el arma que mantiene vivas a las especies, y esto se puede extender a las organizaciones.
Línea Tres: Usted le debe total obediencia al Consejo Directoral, Martillo.
— Lo sé perfectamente, señor.
Línea Dos: No nos sirve sólo que lo sepa. Practíquelo, Comandante.
— Lo haré, señores.
Línea Cero: Sin embargo, pese a todo, debemos felicitarle su capacidad de mando y su asombrosa creatividad a la hora de producir una operación anexa en minutos. De esa forma salvamos casi ilesos a muchos de nuestros camaradas.
Quien hablaba era el Director Supremo.
— Muchas gracias señor.
Línea Cero: Creo que el Consejo le está quitando mucho de su tiempo, Comandante. No dejemos que la burocracia y las tradiciones impidan renovar nuestras prácticas, y menos aún que oscurezcan una operación a todas luces exitosa. Dejemos señores que el Martillo descanse, y cuando ya esté recuperada, podremos reiniciar esta conversación.
— Lamento decir que me faltan varias horas de sueño, Director Supremo, y que no me encuentro en óptimas condiciones. Dejaré a cargo al Coronel Cienfuegos o al Brigadier Robles mientras descanso.
Línea Cero: Comprendido, Martillo. Adiós.
— Adiós Señor.

Y la línea se cortó.
Bárbara se desplomó en una silla que el oficial le había traído, junto con un vaso de agua. Respiró aliviada de que el Director Supremo hubiese llegado en ese momento puesto que, conociéndose, otros cinco minutos más de interpelación y hubiese llegado a su límite de paciencia con los ancianos del Consejo, aunque crear aún más rencillas no era lo más indicado en estos momentos.
— ¿Lo hice bien o no?— preguntó Bárbara a su subalterno.
— Mantuvo la compostura, eso ya es un triunfo.
— Dame más crédito, Moraga. De todas formas, supongo que este es el detonante de mi enemistad declarada contra el Consejo, a pesar de que ésta ya existía mucho antes de que fuera siquiera declarada Martillo.
— Yo la conocí con enemigos, comandante.
— ¿De verdad? No habla bien de mí como persona. No es justo que las personas se ganen rivales por seguir el camino ya establecido, es contra producente hasta cierto punto.
— Nadie dijo que sería fácil llegar al poder.
— Oh bien, creo que iré a dormir. Déle el mando a Robles y a Cienfuegos por mí, ah, y hazme un favor. Llama a Millacura, tiene que darme un informe en cuatro horas más.
— ¿La chica Millacura? Entendido.
— Sí, nadie dijo que llegar al poder era fácil. Y menos aún para los que apoyan nuestra causa. Nos vemos dentro de cuatro horas, Moraga.

Bárbara Rodríguez salió de su oficina y caminó hasta los cuartos de descanso. Hace más de tres meses que le dieron el rango de Martillo, el que había buscado por mucho tiempo, y le había sido negado durante el mismo periodo, hasta ahora. Regresar a Temuco no fue nada de fácil, aunque se encontrara con muchas caras conocidas, pero ante todo era en este lugar donde perdió a amigos de enorme valía, víctimas de la primera guerra. La Araucanía era el punto más caliente y peligroso de todo el país, al ser el lugar donde se concentraban todas las fuerzas, y donde seguramente se libraría lo más crudo de las batallas.
Parecía que así tenía que hacer, en el mismo lugar donde comenzó. Cárdenas, Ignacio, Nicole, Millacura, el resto del Clan Perruno y la resistencia, pelearían juntos de nuevo contra el viejo opresor.
Esta guerra terminará aquí y ahora, se dijo para sí. Y cuando hayamos vencido, dejaremos de rendirles cuentas a los seniles de Santiago, y seremos los transformadores de este país. No falta mucho para la revuelta.
Faltaban tan sólo dos meses.
Y la suerte estaría echada.

Capítulo Décimo Tercero: Un poco de Verdad

Cuánto polvo, se dijo Nadia Tejo para sí, mientras las pequeñísimas motas del mismo iban esparciéndose por la habitación que era usada como bodega. Se cansó de no tener nada que hacer mientras su madre estaba en el trabajo, por lo que decidió comenzar a limpiar en lo que parecía ser el lugar menos aseado de la casa. Estaba lleno de múltiples cajas, además de muchas herramientas, pedazos de madera, el computador viejo, etc. Con guante y escoba fue revisando las cajas una a una con algo de temor de encontrarse con alguna araña o insecto, puesto que siempre les había temido.
La primera caja parecía ser de su madre. No pudo soportar la tentación de ver el vestido de novia que estaba doblado dentro, y lo sacó para verlo mejor. Más polvo, pero el traje blanco era precioso; un raro sentimiento se apoderó de ella y probó a ver como le quedaba frente a un espejo de cuerpo completo que también estaba ahí. Esto es desviado, pensó riéndose, y o guardó dentro de la caja. En otra de estas halló una multitud de diarios, de hace muchos años, y pensó dejarlos aparte puesto que no servían de nada ahora. Los fue revisando. Casi todos eran de Santiago más que nada, del año ´88 al ´90, excepto por seis o siete de Temuco, del ´98. Y debajo de esto, lo encontró.
Pudo haber pasado desapercibido para ella, si no hubiese sido por el título de la carpeta. Veramany (señor, qué extraño nombre me pusieron, se lamentó ella), estaba escrito con grandes letras, parecía haberse usado un plumón. Era una carpeta gorda, amarrada con dos elásticos que cortaban perpendicularmente la portada, y por la curiosidad que le produjo que su segundo nombre estuviera allí, los sacó. Adentro habían, por lo menos 100 hojas, casi todas escritas a mano, y muchas más fotos. Habían nombres que se repetían varias veces, hasta encontró el nombre de su padre unas dos tres veces, pero había uno que no paraba de repetirse por casi todas: Recta Provincia.
Y las palabras guerra, combate, rebeldes, enemigos, no paraban de sucederse de forma vertiginosa. ¿Qué era esto? No creía que su padre fuese un escritor en potencia, por lo que esto no era parte de alguna obra literaria, era algo que parecía real, y que sin embargo no podía comprender. Había muchas fechas, muchos nombres y biografías, además de reseñas de lugares de Temuco y de unas ciudades cercanas. Las fotografías eran de muchas personas totalmente desconocidas, y sólo reconocía algunos lugares. No, definitivamente descubrir de qué se trataba todo esto no podía ser trabajo suyo. Pero sabía a quién le fascinaría algo como esto.

Manuel Barreto estaba algo complicado. Nadia lo llamó para juntarse en el Liceo, justo cuando él se cabeceaba con una tarea de biología. Será, se dijo mientras mentalmente respondía las veinte preguntas del cuestionario para transcribirlo al papel después. Dijo que era importante y que le gustaría. Quizás que cosa pudiera ser, pero bueno. Ya estaba aquí, en la misma banca del patio donde siempre se juntaban, y como siempre, ella estaba llegando tarde.
Además, él estaba intrigado por algo. Muy intrigado, y ansioso. Todo el internado despertó más temprano de lo común con un estruendo ocurrido un poco después de las seis. Fue espectacular el ronco sonido de algo explotando con una poderosa fuerza, y a lo lejos, en dirección este, unas llamas flameaban tenues por la distancia. El museo ferroviario, concordaron muchos, y Juan Cartes, el inspector de noche de los segundos medios puso la radio Bío- Bío para saber a través de algún corresponsal en terreno qué había ocurrido. Los más tecnologizados tomaron celulares o portátiles y fueron posteando lo sucedido en las redes sociales, y por ahí fueron conociendo más datos del suceso. Explosión en museo ferroviario, se repetía en los diferentes post, tren estrellado contra museo ferroviario, decían algunos unos y había otros que afirmaban que poco más era un atentado de extremistas. Entonces llegó la voz proveniente de la radio, de un equipo que llegó al lugar de la noticia.
— ¡Silencio! — urgió el inspector y todos se callaron. La antena de la radio no era más que un pedazo de alambre, por lo que para tener una buena recepción de la señal se requería de cierta destreza, maña en palabras del señor Cartes.
EXTRA, EXTRA, De Radio Bio- Bio de Temuco (aquí venía la canción característica)…Una extraña y violenta explosión ocurrió a eso de las 6 de la mañana en el Museo Ferroviario Pablo Neruda de Temuco, hace poco más de 10 minutos. Tenemos, ¿Sí?, tenemos a un corresponsal en el lugar de los hechos…Adelante José;… Así es Gustavo, me encuentro aquí en lo que era el Museo Ferroviario de nuestra ciudad, y digo era porque está completamente destruido. Hay…hay un tren, sí, un tren estrellado completamente contra la entrada del museo. Pero es difícil de creer que el tren haya provocado semejante explosión que hizo trizas la estructura del museo (sonidos de sirenas), está llegando…Bomberos para apagar las llamas que se produjeron. Definitivamente se perdió el Museo Ferroviario, una gran y bella atracción de Temuco se perdió completamente. Es todo lo que puedo decir por ahora, en un rato más buscaré tener más datos sobre este lamentable suceso. José Manuel Vivallo para Radio Bío- Bío de Temuco…

— ¿En qué piensas?— le preguntó Nadia a Manuel mientra se sentaba al lado suyo.
— En nada, en nada. ¿Y la razón por la cual me condenas a no terminar mi tarea de Biología es…? Por favor que sea bueno.
— En realidad, conociéndote, creo que lo es. Mira.
Nadia tomó su mochila y sacó una gruesa carpeta. Manuel la miró con un poco de incredulidad pero no dijo nada, prefirió seguir observando cómo ella obtenía una hoja y una foto, y se la entregaba. Él la tomó y la vio. La letra no era muy buena, en algunas partes ilegibles para el común de las personas, aunque para él sólo era ligeramente mala, mi letra es peor.
«Sobre Néstor Aguilera. Es un blanco de una importancia estratégica enorme el que sea apresado, o en su defecto, eliminado. Fue uno de los que impulsaron el desarrollo de Fin de la Historia, su máximo creador y ejecutor, y posee un cargo de importancia en el Ejército Oficial. Debido a la constante enfermedad del Director Supremo, él actúa como jefe político- militar de la organización. Se especializa en luchas urbanas con armamento simple y la utilización de comandos de pocas personas, por lo que no se debe confiar en que parezca poseer desventaja numérica. Su captura es prioritaria, ya que posee acceso a las fuentes del Archivo Terminal, donde puede hallarse información sobre DDDD. Sin embargo, no deben dejar la posibilidad de que escape. Debe ser eliminado a la primera oportunidad si no se puede obtener su reclusión inmediata”.
— ¿Qué es esto Nadia?— preguntó Manuel, perplejo. Parecía sacado del libreto de laguna loca película sobre la guerra, aunque bastante fabricado a decir verdad. Nadia no contestó de inmediato, meditó lo que iba a decir.
— También me gustaría saberlo, Manuel. Lo encontré entre las cosas de mi padre, y quedé muy confundida de su significado. Te llamé para ver si podías ayudarme a encontrarle sentido a todo esto, porque está escrito con el puño y letra de él, y no era alguien que perdiera en cosas sin importancia.
— ¿Significa que todo esto va en serio?
— No tengo otra explicación mejor. Sea lo que sea, él le hallaba su significado a la cantidad de extraña palabrería aquí metida. Si se dio el tiempo de escribir estas más de 100 hojas, es porque no era ningún juego.
Manuel pensó lo mismo. Nadie gasta hojas, tinta y tiempo en algo así, no si no fuera algo importante. Pero el relato de una mísera plana ya sonaba a la imaginación desbordante de un escritor (se sintió él extrañamente identificado). Revisó más y más folios
— Mismo estilo, misma descripción, muchas fechas y detalles coherentes. Aunque esto fuese parte de una creación literaria por así decirlo, las cosas encajan demasiado bien como para ser un borrador de algo ficticio. No, esto es real.
— ¿Y eso es bueno o malo?
— No creo que sea muy bueno, puesto que hablan de una guerra próxima. Um, esto me está asustando un poco…Un minuto… ¿Qué es…?
— Recta Provincia, ¿Cierto?
— Sí. Aparece por lo menos en el noventa por ciento de todo el documento.
— No sé que es. Busqué en Internet antes de venir, y encontré sólo dos resultados. El primero, una serie de televisión, y dudo mucho que sea eso. Lo segundo es una organización de brujos de Chiloé, que tampoco creo sea la respuesta.
No supieron qué decir. Manuel leía con fruición y rapidez cada hoja, buscando alguna señal real y conocida que pudiese apuntar hacia la acepción correcta. Nada. Hablaba de la “Recta Provincia” en tercera persona, pero nunca dando a conocer explícitamente de qué se trataba. Al parecer, esto iba dirigido a una persona que también conocía aquel extraño nombre o lugar. Las fotos eran más decidoras, indicando lugares altamente neurálgicos de Temuco, y conocidos sectores de la urbe. Y cuando vio la foto del Museo Ferroviario, su mente se disparó. Rebuscó entre las hojas alguna referencia al destruido lugar, y cuando lo halló su respiración se alteró un poco. Hablaba sobre la “capacidad del Museo de albergar fuerzas enemigas, utilizando la topografía natural y artificial del lugar como cuartel fortificado”, y su preocupante “alejamiento de las zonas donde la guerra se encrudecería, apuntando a una posible utilización de este como centro de recuperación y acopio de fuerzas”. Quién escribió el documento recomendaba (y Manuel se puso frío), la “total destrucción del posible cuartel, al no poder ser tomada por fuerzas aliadas…”.
— ¿Y qué dices?— le preguntó Nadia quien vio que a Manuel se le perdía la vista leyendo varias planas a la ves.
— Que debes prestarme esto, al menos hasta mañana. ¿No hay problemas cierto?
— Ningún problema, sabía que ibas a pedirme eso. De verdad te agradezco que me ayudes, quiero saber la verdad de esto porque jamás se tocó esta clase de temas en mi casa.
— Descuida, usaré toda la perspicacia que pueda reunir, pero creo que deberé pedirle ayuda a Jorge, para no saturarme.
— Bien. Yo…le preguntaré a mi mamá. Después de que…mi papá se fuera, ella andaba muy ansiosa, como esperando a que alguien llegara, hasta que unas personas aparecieron en el funeral y ella se encerró en una habitación con ellos. Nunca me dijo de qué hablaron, pero ella ahora estaba mucho más tranquila. Casi tengo la certeza de que mi madre sabía de todo esto, y ninguno de ellos dos fue capaz de decírmelo.
— Entonces, manos a la obra. ¿Nos vemos en clases?
— Sí, ah, y muchas gracias. Siento quitarte de tu tiempo, como siempre.
— El tiempo no vale nada si no se utiliza.

Recta Provincia, arsenales N ° 2 y 3, Cuartel de Central Temuco, batallón de fuego, general en jefe, supresión de rebeldes; éstas y otras cosas aparecían en el informe «Fantasía Que Asusta», como cómicamente la bautizó Jorge. Ocuparon las mesas del comedor, que no se utilizaban hasta la hora del almuerzo, y ahí repartieron las hojas por temática: Biografías, Lugares e Indicaciones, y les adjuntaron sus correspondientes fotografías. Al no conseguir los resultados esperados, los ordenaron según donde se repetían la mayor cantidad de palabras, pero fue un fiasco. Hasta que se dieron cuenta que había un ítem que se repetía siempre. La diferenciación entre Recta Provincia y los que eran denominados rebeldes. Y de esta clasificación, por fin pudieron sacar algunas conclusiones.
— Si es una guerra, entonces debería quedar así. Dos bandos, enfrentados, y como punto de encuentro y de conflicto, los lugares. Creo que así debería quedar.
— Estoy de acuerdo— dijo Jorge satisfecho—. Así que se enfrentan enemigos conocidos como rectaprovincianos, contra los «aliados» que se denominan rebeldes. Y pelean en…
— Temuco…Si todo esto es real, esto se peleará aquí, en Temuco.
Jorge comenzó a revisar los papeles, y halló la destrucción del museo como una acción preliminar.
— Muy bien, ahora se vuelve extraño— habló Jorge haciendo un ademán de tiritar. Manuel en cambio no podía alejar la mirada de una fotografía en especial. No, ahora eran dos fotos. La primera: un hombre cargaba un arma sobre un mesón. Hace una semana le hubiese parecido un completo desconocido, pero ahora sí lo conocía. Era el chofer del auto, el que lo llevó al Internado luego de salir de la segunda comisaría. Y la otra foto, más increíble aún; una mujer, y detrás de ella, el edificio de poder más importante de la Federación Rusa, el Kremlin. Aparentemente nevaba, estaba todo de blanco, pero a pesar de una pequeña ventisca, se podía reconocer el rostro casi sin problemas. Era Nicole Montes.
— Hey, Manuel, ¿Estás aquí?
— Sí, sólo pensaba.
Cuando llegó la hora de comer, guardaron las hojas en la carpeta. Jorge después tuvo que irse al Liceo por una nota que estaba debiendo en un electivo, mientras que sentado en el pasto con un paquete casi lleno de hojas de oficio, comenzó a transcribir a letra imprenta toda la información. Ésta era la manera en la cual se aprendía de memoria las cosas, y también era la forma más fácil de relacionar todos los datos. Siempre había querido tener una oportunidad como ésta, el poder investigar algo desconocido a partir de documentos y archivos, afán histórico le llamaba, pero tenía un ligero malestar averiguando lo que significaban tantas palabras extrañas. Mientras echaba a volar su imaginación cuando la lógica ya se había agotado, pensó en que si esto era real, era el engaño más grande que podía haber existido. Es decir, una guerra, con todas las implicancias que ésta podía traer, en frente de sus narices y sin saberlo.
El tipo conocido como Ignacio estaba metido en esto. Al igual que la profesora. ¿Cuántos más estarían involucrados? Ésta sí que era una verdadera teoría de conspiración, el que existiese una organización (a esa conclusión llegó él, un grupo de persona organizado militarmente), existía en las penumbras sin que nadie dijese nada. Fue cuando Manuel se sintió disminuido. Casi siempre en estas cosas, son los poderosos los que están metidos hasta el fondo, y si es así, el gobierno también lo sabe. ¿Desde cuándo? Quizás de siempre. ¿Para qué mantenerlo en secreto? Ni con la imaginación pudo crear algunas posibilidades, sonaban todas muy fantasiosas o terriblemente imposibles e improbables. Y lo más importante, ¿Era peligroso meterse en la boca de este lobo invisible? Cabía alguna posibilidad, ciertamente.
Guardó los documentos originales en lo profundo de su casillero, junto con las fotografías, excepto en las que aparecían personas, como Montes y Aravena. No entraba en algo más de tres horas, así que tiempo tenía. Sacó las cosas que necesitaba para el Liceo, y luego de lavarse los dientes salió del Internado, con dirección al centro; desde ahí tomó un bus que lo llevaría hasta Amanecer, un sector residencial de Temuco. Revisó en una pequeña libreta si aún tenía anotada la dirección. Sí, la tenía. Tomó una calle larga y con muchos baches y agujeros, al final de esta giró el rumbo a la izquierda, hacia un pasaje, y al final de éste, una casa de sólida fachada con un rebosante jardín. Manuel tocó el timbre.
— ¡Profesor! ¡Profesor Álvarez!— lo llamó él desde la entrada, y segundos después apareció un hombre ya entrado en años, de caminar algo lento y cansado, que lo saludaba mientras se acercaba a abrir la puerta. Tendría unos 70 años.
— Bah, si no es Barreto, el comunista no declarado— dijo entre sonrisas.
— Oh vamos, no empiece. Tengo que conversarle sobre algo, algo interesante.
— Pues pasa, tengo un café negro y un kuchen de frutillas listo. Debo suponer que tiene algo que ver con nuestros temas favoritos.
— Por supuesto: historia no oficial.
— Pasa, pasa.
La casa estaba impregnada de un olor agradable y dulzón, además de aromas florales en el ambiente. Había una repisa llena a más no poder de libros, y un pequeño mueble con una máquina antigua de escribir, además de hojas sueltas o ensuciadas con tinta. El caballero se llamaba Marcelo Álvarez, era un profesor retirado del Liceo que le había enseñado a Manuel en primero medio, y se volvieron muy cercanos debido a la común afición por hablar de historia, la que no aparecía comúnmente en los libros de texto. Álvarez muchas veces prefería hacer largas clases sobre un tema anexo a lo que señalaban las mallas curriculares, y eran clases entretenidas que si bien no servían para responder la prueba de Aptitud Académica Universitaria (AAU), sí dejaban mensajes importantes y contaban cosas que hasta entonces eran desconocidas. De él Manuel aprendió el valor del conocimiento del pasado, y los constantes problemas que su ignorancia provocaba.
Algunos creen que por tirar piedras y cosas a los pacos, logran seguir el camino de los que tildaron de revolucionarios, cuando Chile jamás ha sido un pueblo violento, y que consiguió los cambios más significativos de las maneras más pacíficas posibles. Luis Emilio Recabarren era un demócrata, igual que Pedro Aguirre Cerda, igual que Salvador Allende. Sólo los reaccionarios usan la violencia y la muerte como maneras de implantar sus planes. Aprendan la historia cabros, ahí están las respuestas a las interrogantes de hoy, porque no han sido contestadas en todo este tiempo.
— Bueno, ¿De qué se trata la cosa?— preguntó Álvarez mientras olía con agrado el robusto aroma del café.
— Sinceramente no sé cómo empezar. Es un tema que apenas estoy comprendiendo.
— No importa, recuerda lo que te dije una vez: comienza por el concepto mayor que logres encontrar.
— Está bien. Creo que la palabra clave en todo esto, es .
El viejo casi escupió. Miró con los ojos ligeramente salidos a Manuel, y luego se levantó con una expresión seria y contraída, fue a la ventana para cerciorarse de que no hubiese nada extraño en el exterior, cerró las cortinas, puso llave y pestillo a la puerta, colocó música clásica y volvió a sentarse en su posición inicial, en el sillón del living de la casa con una mesa donde tenía el café y el kuchen. Demonios, esto es serio, se dijo Manuel.
— ¿En qué estás metido muchacho?— dijo el hombre como lamentándose—. No sirve de nada ahora que te diga que no sé nada.
— Por su reacción, no lo creería. ¿Qué sabe de esto?
— Es un terreno muy prohibido, Manuel. Es donde la luz de la historia se bate contra las tinieblas del olvido, es algo muy complejo y obscuro. ¿Más café?
— Sí, muchas gracias. Pero dígame qué es lo que sabe.
Volvió a levantarse, esta vez con dirección a la repisa. Buscó raudamente hasta encontrar un viejo libro gastado, de unas cuántas páginas de espesor. Regresó a su asiento y en la segunda página comenzó una lectura.
“…Y es que la libertad no existe en este país. No siendo manejado por hilos que siendo antiguos, se van amarrando a los nuevos poderes. Quién podría imaginar, una nación entera controlada por el uno por ciento de su total, organizada bajo el alero del pacto mutuo de omisión infinita. Ésa es la relación entre el poder, y la Recta Provincia…”.
— ¿Quién escribió eso?
— No se sabe, y nunca se sabrá. Fue escrito en el ´68, por un escritor anónimo que osó querer hacer pública la existencia de la Recta Provincia.
— No contestó mi pregunta profesor. ¿Qué es lo que sabe?
— La Logia Lautarina, la debes conocer.
— La orden seudo masónica que conspiró en las guerras de independencia. Tuvo gran poder, hasta 1820, donde supuestamente dejó de existir.
— Desgraciadamente, las suposiciones en historia a veces no son acertadas. La Logia Lautarina, la misma de O´Higgins, San Martín y los verdugos que son celebrados ahora en las fiestas patrias de cada país, nunca dejó de funcionar. Pasó por un proceso de restructuración con la…salida “obligatoria” de José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez y los demás que se opusieron a la mantención del grupo. O´Higgins fue hecho abdicar, como ejemplo ilustrativo, y los grandes del proceso independentista creyeron en la efectividad de mantener un grupo con condiciones secretas y amplios poderes.
— Un gobierno invisible.
— Más que eso. La fuente primaria del poder en este país, es la economía. Y la economía es manejada a destajo por una especie de brazo financiero de la Recta Provincia. Todas las familias poderosas, Piñera, Luksic, Angelini, los grandes monopolios nacionales, deben rendir cuentas a la Comisión, porque fueron ellos en el principio quienes les dieron a los grandes empresarios aquel lugar. Y controlando la economía…
— Controlas el poder político.
— También existe una comisión política. No es antojadizo la creación del duopolio actual entre partidos de “derecha” y partidos de “izquierda”. Es la manera más factible para que exista orden, un orden que asegure desarrollo económico y riqueza para ellos mismos.
— Pero esto, ¿Cómo no se sabe? Es decir, siempre hay rumores, siempre hay gente que sabe y que puede contar la verdad.
— ¿Como el escritor anónimo? Ese hombre debió haber sido eliminado. Poseen una fuerza para- militar y de inteligencia asombrosa, y sus agentes están por todo el país. Son contadísimas las personas que tienen conocimiento de la Recta Provincia, y que no son engullidas por su sistema.
— Como usted.
— Hace 35 años que no hablaba de esto, por el peligro que significa para mi familia. Todo lo que sé lo supe en esos tiempos, más algunas elucubraciones e hipótesis mías, pero nunca más volví a investigar sobre ellos, es el camino hacia la muerte segura. Y por ello, debo advertirte: No sigas sabiendo sobre esto. No sé de qué forma te enteraste, no quiero saberlo, pero por favor, te lo pido como tu ex profesor y también como una especie de amigo, no sigas en esto. Eres joven, mereces vivir alejado de las tinieblas del pasado y presente nuestro.
— Pero profesor…
— Pero nada. No sigas buscando la verdad. Y ahora, prefiero que te vayas. Es tarde.
— Está bien.

***

Nadia Tejo estaba sentada en el lecho de su cama, absorta. Su madre tocaba la puerta, que estaba cerrada por dentro. Abre hija, por favor, le decía la mujer y Nadia sólo pedía que se fuera, que luego hablarían. 16 años, 16 largos años donde su padre siempre fue el hombre tranquilo y de casa, pero ahora… ¿Por qué nunca lo supo? Recta Provincia, Ejecutor, una guerra de antes y una presente.
No fue muy difícil el que su madre le contara la verdad. Era casi como si ella hubiese sabido que Nadia algún día lo iba a preguntar, y parecía ya preparada para decírsela. Antes de que ella naciera, y seis años más luego de que llegara a su hogar, su padre era un oficinista también, pero no en la municipalidad, sino que en algo conocido como Coordinación e Inteligencia Militar. Una oficina donde personas sin rostro, llegaban a buscar información para eliminar personas. Un centro de dirección para enviar a la parca muerte, pero su padre no tomó parte en el intento de sangriento exterminio que los líderes de aquella organización planificaron realizar.
Renunció a mantenerse ahí cuando pudo, porque jamás fue su elección entrar. Y no sólo eso. Decidió apoyar a los que tenían fuerzas para acabar con la tiranía que se había mantenido por tanto tiempo. Y los ayudó de la mejor manera que pudo encontrar, dándoles la información, y por consiguiente la ventaja decisiva. Aquel informe, llevaba su nombre puesto que deseaba un mundo libre para su hija, un lugar donde el futuro sería forjado no por las directrices de un comité omnipotente, sino por el espíritu de las personas que pelean y viven por él. De un destino incambiable, a un futuro posible.

***

— Algo te sucede— fue lo que dijo le dijo Amanda a Manuel mientras salían de la sala.
— No es nada.
— No sabes mentir, Manuel. Algo te sucede y me gustaría que me lo contaras.
Nadia no vino. ¿Sería posible que a través de su madre se enterara de la misma verdad? Puede que ella tenga aún más información de toda esta mezcla de mentiras y verdades imposibles de distinguir.
— ¿Recuerdas la conversación que tuvimos, sobre la historia que nos cuentan? Ahora estoy más seguro de que buena parte de esa historia es sólo una triste y descarada mentira, Amanda.
Lo miró ella con curiosidad. Estaban sentados cerca del gimnasio, en una banca cobijada bajo un gran sauce del patio, donde el sol no pegaba con tanta fuerza, era un día extrañamente caluroso. Manuel sólo miraba hacia arriba con la mirada vacía, es que habían tantas cosas que desconocía. El sentirse insignificante ante todo lo que ocurría era algo sobrecogedor, era una sensación extraña. Pensar que unas pocas personas saben la verdad, la verdad detrás de la verdad, la verdad detrás de todas las verdades. Y que no puede decirse. La peor de las cosas es que no se podía hablar de la verdad, era peligroso para todos, para sus amigos, su familia. Y era un enemigo inexpugnable, contra el cual no se podía luchar.
— Debemos buscar el pasado. Comprender el presente. Cambiar el futuro.
— ¿De dónde se puede obtener el real pasado? No existe ninguna fuente.
— Ninguna fuente conocida, querrás decir. Pero siempre está ahí, para aquellos que lo buscan, que desean encontrarlo— dijo Amanda con una sonrisa. Primera vez que la veía sonreír de esa manera, y también por primera vez, Manuel halló en ella una belleza distinta.
— Nunca te he preguntado abiertamente sobre ti, sobre tu persona, siempre hemos hablado sobre temas muy distintos, pero nunca quise ahondar. Pensé que a través de esas conversaciones iba a aprender a conocerte, pero no es así.
— ¿Por qué no lo hiciste, porqué no quisiste ahondar?
— Porque creí que no lo hallaba necesario. Pero ahora quiero saber algunas cosas. Es extraño, ahora quiero saber la verdad de muchas cosas.
— Saber una sola gran verdad, abre el mundo para poder conocer las otras verdades— dijo ella y dentro de él esa frase hizo mucho eco—. Pregúntame.
— ¿De dónde eres? ¿Qué es lo que te gusta hacer? ¿En qué crees? ¿Quién eres?
— Vivo, temporalmente aquí. Pero mi familia es de Mehuín, en la costa. Me gusta hacer muchas cosas, pero debo suponer que escuchar música es mi actividad favorita. Creo en las personas, y en que ellas pueden lograr cosas.
Dejó un tiempo antes de contestar la última pregunta. Manuel no urgió en que respondiera, y los dos se quedaron mirando hacia el cielo, donde nubes blancas y oscuras peleaban por dominar mutuamente el cielo, y el azul se veía de vez en cuando, ahí detrás. Hasta que Amanda volvió a tomar la palabra.
— ¿Puedes quedarte con esa duda?
— Claro que sí, sólo que en ese caso, esta conversación nos quedará pendiente.
— La terminaremos pronto, lo prometo.

— ¿Puedo sentarme?
Nicole Montes parecía algo cansada y agobiada por el calor, y se sentó. El patio estaba casi vacío puesto que era la última hora de clases del día, y los que hacían la cimarra a esta hora preferían irse a sus casas. Manuel no quiso entrar porque no tenía ánimo de pelear nuevamente con la profesora de lenguaje por ver qué tan poco o gran valor poseía la escritura de Gabriel García Márquez, cuya docente parecía hacerle culto mientras que Manuel lo detestaba. Yen realidad, no tenía ánimo de nada. Se dijo a sí mismo que si era tan grave, tampoco comería, pero un pequeño sonido de su vientre le hizo recapacitar. Vio perfectamente cómo Nicole se acercaba hasta donde él estaba, y se preparó para que ella asumiera que también conocía la verdad.
— Amanda me dijo que no entrarías a clases. Y te entiendo, esa mujer, tu profesora de lenguaje hoy anda más neurótica que nunca. Sólo la rocé y poco más va al tribunal a ponerme una demanda por lesiones graves gravísimas, y a sabiendas de cómo es tu relación con ella, estarías fuera de la sala de todas formas. Me dijo Amanda que también estabas algo deprimido, y como no tengo nada que hacer y no quiero escuchar las locas historias del profesor Jaramillo, que si bien son buenas, hoy no tenía ganas de escucharlas. Bueno así que, ¿Qué te pasa…?
Mientras ella hablaba y hablaba, Manuel había sacado las fotografías desde su cuaderno de lenguaje, y se la había entregado antes de que Nicole pudiera terminar su pregunta. Puso ella primero, una cara de confusión, seguida por la sorpresa y luego la resignación. Se miraron, y ella lo observó como preguntándose ¿Lo sabes?, y él contestando con el mismo medio, decía Sí, lo sé.
— Tengo una pregunta concreta para usted, profesora. Me gustaría saber si usted y los suyos tuvieron que ver con lo que ocurrió en el Museo Ferroviario.
Silencio total. Igual a respuesta afirmativa.
— Lo sabes.
— La verdad detrás de todas las verdades. Fue ese el nombre que le puse.
— Un buen nombre, pero yo no puedo hablarte de ello. De hecho, tengo que pedirte que no intentes saber más de esto, no es para ti. Tienes un espíritu histórico que puede dañarse mucho, igual que el mío.
— Sólo quiero saber más de esa verdad.
Nicole lo miró con nostalgia. Hace diez años, era ella la que tenía ese afán de saber la verdad, luego de enterarse de la conspiración a través de Ignacio y el señor Cárdenas. Reconoció en Manuel la misma ansiedad que ella también había experimentado, la pequeñez que uno se sentía antes semejante mentira que era la historia de Chile, contada como un disco rayado por los libros escolares, y peor aún, era un disco pirata, no era la historia verídica y original.
Terminó por contarle. Para qué mantenerle a él una mentira, si ya sabía buena parte de la verdad. Le habló sobre el golpe de Estado, planeado por la Recta Provincia, militares, empresarios y estadounidenses, sobre la persecución política y la ascensión de Pinochet al poder. El por qué la derecha buscó esquizofrénicamente destruir a Allende, porque la Unidad Popular era el primer gobierno no elegido por el comité, se alejaba de las garras y las directivas de la Recta Provincia, y no sólo eso, sino que de frentón le declaró la guerra a muerte. Le explicó sobre el trabajo conjunto de militares y rectaprovincianos, porque el genocidio contra los activistas de izquierda no vino de la mente de los mandos militares, fue el Ejército Oficial quien dictó los protocolos de la muerte, ordenando la tortura y la desaparición. Le habló sobre la lucha del Frente Patriótico y demás grupos en la llamada Guerra Patriótica Nacional, le explicó sobre la abominable Fin de la Historia, y el esperanzador Nuevos Horizontes.
Le contó sobre ella, Ignacio y el Clan Perruno. Sobre su exilio, los insurrectos, sobre la Operación Siglo XXI, sobre la guerra que se avecinaba y el futuro que se quería construir. Y se les hicieron poco los noventa minutos que hubo hasta que tocó el timbre del fin de la jornada.
— Quiero invitarte a un lugar— le dijo Nicole y comenzó a anotar una dirección en una hoja que tenía a mano—. Ven aquí el fin de semana, hay alguien que sabe mucho más de esta verdad, y con quien sería bueno que hablaras.
— Está bien. Muchas gracias profesora.
— Ahora para ti, y cuando no estén tus compañeros cinco metros a la redonda, soy simplemente Nicole. Debo mantener la impersonalidad con mis alumnos. Bien, me voy. Te estaré esperando el sábado.
Diciendo esto, se levantó y se fue, pero Manuel la detuvo a los pocos pasos.
— Quiero pelear— Nicole se dio vuelta, mirándolo.
— El sábado hablaremos. No faltes. Hasta pronto.
— Adiós.

“Aló, Nadia. No te preguntaré porqué viniste, pero no importa. ¿Lo sabes cierto? Bien, también yo. Decidí no involucrarme en esto, y pienso que tú tampoco. Me alegro. ¿Mañana vendrás? Perfecto, es que perdí mi libro de física. Entonces mañana nos vemos. OK, adiós.
— ¿Y eso?— preguntó Jorge mientras cenaban.
— No nos meteremos en leseras, esta cosa de la Recta Provincia. Y eso va para ti también, Jorge— le dijo Manuel con los ojos entrecerrados.
— ¿Crees que me calentaré la cabeza con aquello? Olvídalo.
— Muy bien.
Supongo que con esto no habrá más problemas, se dijo Manuel. No estaría tranquilo sabiendo que Jorge o Nadia estarían metidos en lo que tenía que venir. Habló ella con su mamá, y le prometió no meterse en aquello. Y conociendo a Jorge, él sabía que no perdería el tiempo en este tipo de cosas. Manuel no le contó todo lo que supo de su profesor o de Nicole, pero creyó que así era mejor. Ellos no tenían por qué ponerse en peligro.
Pero eso no funcionaba en él. Su espíritu histórico había recibido una fortísimo golpe, y no se iba a quedar con los brazos cruzados. Leyó la dirección que Nicole le había entregado: Liquiñe 35, Padre Las Casas, 10:00 Hrs. ¿Iría? Por supuesto que sí. ¿Estaría preparado para aceptar algo como esto, el querer pelear, y pelear en serio? Tendría que descubrirlo.

Por Ramón Sebastián Chanqueo