Red Social Literaria Falsaria

Hoy por hoy, son pocas las iniciativas gratuitas que buscan divulgar por internet obras de autores desconocidos. Falsaria.com es una Red Social Literaria que nace con la vocación de convertirse en un espacio abierto para unir a escritores inquietos con lectores curiosos.
Falsaria es un catálogo de escritos en lengua española para ser leído en internet, en papel o mediante teléfono móvil, y que se completa con perfiles de los escritores y foros de lectura o la posibilidad de que los usuarios puedan valorar los contenidos, elaborar rankings y seguir o ponerse en contacto con los autores.
En Falsaria.com, son los propios autores registrados quienes pueden componer y publicar sus contenidos desde su Panel de Creación personal.
Una de las grandes ventajas de publicar en Falsaria.com es la gran cantidad de lectores que visitan la web y la amplísima difusión las obras en redes sociales como Facebook y Twitter. ¡Suscríbete en Falsaria.com y benefíciate de pertenecer a esta novedosa Red Social Literaria!

Paloma Benavente
Directora de Contenido | Falsaria.com

Falsaria | Red Social Literaria
Web: www.falsaria.com
gestion@falsaria.com

Artículos

Tesis
El Glamoroso mundo de la Magia

 Tesis

Cuando Norberto Angelini abrió la puerta lo primero que pensó fue en la amargura. Pero se armó de paciencia, puso una carita sobria, distendida y saludó a Aldo Rodríguez con un:
—Adelante.
Pasaron el recibidor, el pasillo con dos o tres fotos de Toulouse-Lautrec y finalmente se metieron en el consultorio amplio, parqué bien brillante, alfombrita persa, el sillón correspondiente y la inmensa biblioteca.
—¿Cómo estamos hoy, Aldo?
—Como el culo.
Aldo empezó a hablar con las mismas expresiones quejumbrosas de siempre pero hoy, y eso lo supo de inmediato Angelini, estaba más escéptico que de costumbre —si es que esa era la palabra—. De todos modos Angelini no lo escucha, conoce el oficio y realiza un avistaje a distancia, como lo llama él, esto es: lo escucha con el cuerpo pero su cabeza está en otra parte. Parece que anota algo pero no. Cruza las piernas, acomoda la libretita y ve bailar el buche carnoso de Aldo desde arriba y por detrás. Como buen terapeuta. Piensa en la chica de los gatos: en un año de terapia había lograda detener su obsesión compulsiva y ya no embalsamaba gatos muertos que encontraba en el descampado frente a su casa. Con todo, era un triunfo. También pensó en Raimundo, un tipo nuevo que iba por la tercera sesión. Después de hacerle todo el paripé del discurso habitual sobre los tres aspectos fundamentales de la trasferencia, la libre decisión psicoanalítica y por su puesto ese temita de agenda, decidió cobrarle la tarifa máxima. Cuando Raimundo le describió su neurosis para con algunos ruidos, llegando incluso a arrojar una maceta desde el quinto piso contra un auto cuya alarma hacía cuarenta y cinco minutos que no paraba de sonar, Angeline apuntó en su cuaderno: «Trastorno somatoforme» con dismorfofobia y trastorno de conversión… y luego más adelante: «pelotudo».
—Discúlpeme que lo interrumpa, Aldo, pero estaba pensando lo siguiente: ¿porque no mata a un político?
—¿Perdón…?
—Claro, debería usted matar a un político. Me explico: el suicidio es una de las actividades más extremamente narcisistas de nuestra cultura occidental —así hablaba Angelini—. En ciertos aspectos es normal. Sin embargo el narcisismo puede también manifestarse como una forma patológica extrema en algunos desórdenes de la personalidad, donde el paciente tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación. Como ve es una moneda con dos caras: individualismo y exhibicionismo: los dos grandes males de la sociedad moderna.
—Claro.
—La patología narcisista es la consecuencia lógica del sistema de explotación capitalista, su derivada. Dicho en palabras de Marx: es la alienación del hombre, la cosificación del deseo como consecuencia de la subjetividad a la que nos somete la modernidad. Se lo pongo más fácil: todo tipo que decide cortar su vida sin dar nada a la sociedad a cambio es, en esencia, un infeliz. Una víctima insatisfecha de la sociedad de consumo.
—No comprendo.
—Fíjese lo que le digo —Angelini había dejado el cuadernito en la mesita con la lámpara Miller— en este país hay más suicidios de los que usted yo nos imaginamos. Miles. Por supuesto no salen en los diarios… siempre y cuando no haya una tragedia, una explosión o haya sido un famoso. Por lo tanto es evidente que la primera pata, la del exhibicionismo queda trunca. O casi, pasado el primer impacto nadie se acuerda del muerto.
—Bueno, no siempre puesto que a veces…
—Permítame terminar, Aldo. Yo no pretendo re definir una patología tan estudiada en el ámbito psicoanalítico, no me encuentro capacitado… faltaba más. Sino realizarla. Esa es la labor de todo psicoanalista: ayudar a la realización individual… a la apropiación del jouissance o goce.
—Claro, claro.
—Ahora mismo estoy llevando adelante una tesis sobre «Idiosincrasia suicida y aspectos individualistas en la temática del suicidio en la sociedad capitalista», que tengo pensado presentar en la Sociedad Psicoanalista a finales de este mismo año.
—Felicidades.
—Gracias. Y bueno, pensé en usted. Seamos sinceros, Aldo, usted es un suicida nato. Ha nacido para ser suicida. Desde que se atiende conmigo… más de a un año ya, ha intentado quitarse la vida por lo menos dos veces. La primera se quebró una pierna tras tirarse el tercer piso de su casa y la segunda… en la segunda lo cagó a trompadas el vecino del cuarto H cuando se enteró que usted andaba jodiendo con el gas para matarse. Imagino la angustia de ese hombre…
—Lo que pasó es que…
—Permítame, estamos llegando. Entienda que no lo juzgo, muy por el contrario quiero su bienestar, su cura… aunque esa definición le pondría los pelos de punta a Lacan. Le voy a poner un ejemplo… mire usted, yo tengo un terrenito en la zona de Berisso y un día se metieron unos vagos y allí se quedaron. Después construyeron una casita y cuando llegué, alertado por los vecinos, ya eran tres las familias que se me habían instalado.
—Ese es un problema muy grave…
—Imagínese. De modo que hablé con la intendencia y me mandaron a la policía y allí me dijeron que no podían hacer nada sin una orden. La orden se demoró cuatro meses y cuando fueron los dos policías ahí ya había catorce familias hacinadas, cinco habitaciones de dos pisos y un huerto comunitario. Así como llegaron los policías se fueron. Volví a la intendencia y me dijeron que espere. Esperé. Pasó un año y el terrenito de Berisso ya tenía salida por la calle de atrás, a través del patio del vecino… en fin, cuando me quise enterar la Legislatura de Berisso había cambiado la ley de suelo y mi propiedad pasó a ser «Zona de Inclusión de Alto Riesgo» —ZIAR— y no sé qué más… y como tal no se podía desalojar. «Estamos tratando de incluir, don Angelini», me decía el intendente, compañero mío del secundario. «Los tiempos cambiaron, Angelini, hemos incorporado a esta gente en el programa Población de Riesgo en Familias Numerosas —PRFN—. Es nuestra responsabilidad sacarlos de la pobreza, que sean parte de la sociedad, devolverles la dignidad que los gobiernos anteriores les han robado», me dijo, después, el Secretario de Infraestructura de Berisso, muy amigo de mi padre.
—La burocracia, ese si es un flagelo.
—Efectivamente. Por lo tanto, volviendo a lo que nos importa, Aldo. Mi tesis se cimenta sobre la necesidad de reestructurar el actual individualismo narcisista, producto final de la división social del trabajo a través de la inclusión del suicida en la sociedad. Quitárselo a la burguesía y devolverlo a la clase obrera como sujeto histórico. O como dice el Manifiesto Comunista. «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades».
—Interesante.
—Por lo tanto yo le propongo que usted mate al actual intendente de Berisso y luego procesa, Aldo…. proceda con naturalidad, con la satisfacción que usted, como un sujeto deseante, merece mediante el usufructo del objeto deseado: el suicidio.
—¿Cómo…?
—Piense lo siguiente, Aldo: si cada sujeto como usted antes de ejercer su derecho al suicidio matara a un político la sociedad argentina se iría purgando poco a poco, de adentro hacía afuera, hasta llegar a un nivel de pureza tal que no habría un solo político corrupto en todo el territorio nacional, y con la inmensa ventaja de mantener el statu quo… el orden, Aldo el orden, usted me entiende.
Aldo Rodríguez paseó su mirada por los libros, las máscaras africanas, el cuadrito de Freud, un poster de Shakespeare, el Aleph de Borges y finalmente se levantó, miró a Norberto Angelini con cara grave y profunda y se marchó sin saludar.
A la mañana siguiente estaba Angelini desayunando dos tostadas con dulce de leche y un café mientras ojeaba el «Du démon de Socrate: specimen d’une application de la science psychologique à celle de l’histoire» de François Lélut cuando Berta, su esposa, entró en la cocina y dejó el diario sobre la mesa.
—Che, Beto ¿Vos no tenías un paciente de nombre Aldo Rodríguez?
—Efectivamente —esto lo decía mientras hojeaba el diario cuyo titular decía: «Hombre de 64 años se tira de la terraza de un edificio y desata la tragedia: una anciana y dos perros mueren aplastados».
Norberto Angelini dejó el libro y se puso a leer la noticia muy lentamente, como repasando cada oración o como buscando algo. Finalmente dejó el diario, agarró el teléfono inalámbrico y marcó el número de la intendencia de Berisso. Después de esperar diez minutos lo atendió el secretario del Intendente, Mario Flores, ex compañero y wing derecho del Social Berisso.
—¿Mario?
—Qué hacés, Beto, ¿Cómo estás?
—Decime una cosa ¿está todo bien por ahí? ¿El intendente fue a laburar hoy…?
—Trabajando, Beto, estamos todos trabajando por el Municipio, a cinco metros lo tengo al intendente que ya se va a inaugurar… —Angelini  colgó con odio. Luego mojó la tostada en el café, se quitó los lentes y recostándose en el sillón de mimbre dijo:
—¡País de mierda, che!… con tipos así es imposible cambiar nada.

Por Nicolás Mattera

El Glamoroso mundo de la Magia

A veces me tocan trabajos difíciles. Debo decir que soy un mago humorista de tres al cuarto que en su vida se ha comido “un torrao”. O lo que viene a ser lo mismo, que no me conoce ni mi madre cuando la visito a deshoras y no soy esperado. Con esto me curo en salud indultándome de toda responsabilidad conmigo mismo. Tal vez, y digo tal vez, en el fondo de mi ser no aspiro a ser más que lo que soy.

Pero la cuestión no es esta. Mi intención no es abrirte mi alma para que te recrees conmigo mientras me autocompadezco.

El otro día me contrataron para dar un bolo en una comunión. Coloquialmente “bolo” es un trabajo actuando, ya seas músico, mago o actor. Debo decir que odio las comuniones pero dan de comer y me doy con un canto en los dientes cuando me llaman para una. Lo cierto, y como casi siempre pasa, es que te contratan en algún restaurante de carretera más perdido que el botijo de Cristo. Yo aquella mañana no sabía muy bien a dónde iba y creo que mi representante tampoco. Cuando digo representante me refiero a un tipo que con un poco más de visión que la mía, ha sabido vender una serie de animaciones a bajo coste y sacar tajada por descolgar el teléfono. Me bajé de un autobús con olor a humanidad en algún punto de la autopista que va a Zaragoza. Buscaba un restaurante llamado Las Costillas, El Costillar o algo así. El conductor del autobús me aseguró que la parada era aquella. Con toda confianza me bajé, atravesé una inestable pasarela cargado con el velador portátil, el maletín y el bolso de hombro. Cuarenta kilos de material entre pecho y espalda.  Así, de aquella guisa, deambulé por el arcén de la autopista medio kilómetro sin ver más que negocios cerrados, fábricas y maquinaria pesada. Realmente no iba por el arcén. Iba por esos caminillos del señor que paralelos a las autopistas se pueblan de hierbas silvestres. El camino se fue estrechando hasta llegar a desaparecer entre la flora ibérica, con lo que me vi obligado a abrirme camino como en la selva: maletín por delante y esquivando los cardos borriqueros que se me enganchaban en la impoluta chaqueta de lino negro al uso. Creo recordar que metí el delicado zapato negro charol en media docena de charcos antes de decidir caminar por el arcén. En alguna ocasión, perdí el equilibrio y rodé sobre mí mismo en un intento de no joder el material. Mientras caminaba por allí me dio por acordarme de las prostitutas de carretera. Sabiéndome no muy diferente a ellas, me sentí tentado de hacer algún calvo a alguna vieja gloria al volante.

Después de cinco kilómetros bajo el sol a las tres de la tarde, vestido de riguroso negro y sudando la gota gorda, en la lejanía distinguí mi destino. Bajo unas brasas ardientes en un cartel se podía leer “La casa de las costillas”. Llegaba tarde y aceleré el paso. Entré en el restaurante con la misma actitud que entra un cuerpo de élite a un territorio en conflicto. Al preguntar por la comunión al encargado del restaurante me dijo que al fondo había una.

Efectivamente había una comunión. Un grupo de peruanos cantaban Mi tierra linda mientras que una niña obesa vestida de blanco no daba cuartel al costillar que tenía en el plato. Cuando llegué a la mesa cesaron los cánticos y todos me miraron como si fuese Nosferatu. Entonces reparé en el escozor de mis ojos. Goterones de sudor resbalaban por mi frente, pasando por mis parpados. Aún respiraba apresuradamente después de la caminata. Mis inmaculados zapatos negro charol deslumbrante estaban cubiertos de una capa de barro consistente muy similar al color del inoportuno excremento canino. En la chaqueta negro lino al uso se repartían aleatoriamente cardos, espigas y un cromo de Phoskitos con la cara de Butragueño. Debió pegarse al lateral cuando perdí el equilibrio.

—Hola, soy el mago —dije con alegría. Y con más alegría el que parecía el patriarca de aquello se levantó servil, condescendiente, honesto y añadió:

—Mi nombre es Fransisco-Jesús Sifuentes Almendrelejo para servirle a ustes y Dios —sonreía con más encía que diente. Una encía inflamada, roja y palpitante que llenaba su boca entera.

Allí permanecimos dándonos la mano un buen rato hasta que el silencio se hizo bastante incómodo.

—¿Empezamos? —dije mientras aquel paisano, sin soltarme, se empeñaba en seguir agitando su mano y la mía.

—¿Empesamos a qué lisenciado?

—El show —dije haciendo un leve ademán con la mano libre por encima de mi cabeza. Francisco Jesús me miró con extrañeza sin dejar de mostrarme sus encías—. La magia —proseguí. La niña obesa al escuchar aquello dejó de comer costillas mientras su rostro se iluminaba.

—¿Qué magia, doctorsito?

—¿No han contratado un mago? —dije con extrañeza mirando a la niña.

—No señor, no hemos contratado nada —dijo mientras seguía agitando un brazo a punto de desengancharse de mi hombro. Mi cara cristalizada en ámbar reflejaba la expresión de un ser involucionado, un ser que no comprende ni su propia estupidez.

Cuando volví a mí lo primero que hice fue recuperar mi mano y  pedir disculpas a Francisco Jesús que seguía sonriendo mientras que la niña volvía a trabajarse el costillar. Me dirigí al encargado del restaurante el cual no sabía nada ni de mí, ni del trabajo.

Me metí un doble de cerveza sin pestañear y llamé a mi representante dispuesto a cagarme en la madre que parió a Panete.

Al parecer, según me contó, la comunión era un kilómetro más abajo. El lugar se llamaba “Carretera y manta”, el nombre hacía justicia a su utilidad, daba hospedaje a camioneros de la ruta Madrid-Zaragoza. “Date prisita que ya llegamos tarde y el cliente está molesto”. Cagándome literalmente en mi estampa cogí las cosas y continué autopista abajo.

Según bajaba de nuevo por aquel caminillo vi en la lejanía una figura estática que se me antojó la silueta de algún animal. Estaba tumbado a un lado del camino. Cuando la distancia era apenas veinticinco metros me di cuenta que era un mastín enorme y parecía dormir. Como a diez metros me paré. La idea de pasar al lado de aquel animal me ponía los pelos de punta. Imaginé en una escena en la que corría con el equipo carretera abajo mientras que el can me daba caza. Algo me impedía respirar, imaginé que eran mis testículos estrangulándome. Decidí salir a la carretera y caminar por allí. El azar caprichoso quiso que en mi cambio de dirección mientras atravesaba la campiña española en busca del salvador hormigón, pisase una rama que se quebró con un delatador “crunch”. Me volví para mirar al can al tiempo de ver, cómo erguido, me observaba con esa expresión propia del perro guardián de parcela: “qué cojones haces aquí”.

Me giré hacia la carretera en un acto propio de las avestruces que meten la cabeza dentro de un agujero pensando que si ellas no ven no podrán ser vistas por nadie al tiempo de escuchar un sonido como de pezuñas a mi encuentro. El can había cubierto la distancia en menos de lo que yo digo “trigo”. Escuché un ladrido y no tuve más remedio que girar la cabeza para ver al amenazante mamífero ladrador. En un acto absurdo decidí quitarme un zapato para golpear al chucho con el tacón. Como yo no ando muy bien de agilidad fue en ese vano intento de sacarme el zapato cuando perdí el equilibrio y caí de culo al suelo mientras que aquel animal se me echaba encima. Imaginé esos dientes mordiendo alguna parte de mi anatomía y no pude reprimir un grito desesperado que pareció intimidar al animal. Este se echó hacia atrás y volví a gritar, creo que le llame cabrón o algo así. El perro me ladraba y fue cuando le tiré el zapato. Debo decir que el azar se puso de mi parte. Aquel zapato surcó el aire a una velocidad de crucero mientras describía círculos en su viaje. Aquel zapatazo, fruto de la desesperación, que fue lanzado con precisión diabólica fue a parar muy lejos de la cara del perro. Exactamente a la rama de un arbusto bajo la cual se quebró y como impulsada por una mano fantasmal describió una espiral golpeando en el hocico al ya lastimero can que se alejaba quejumbroso mientras me escuché decir “zas…en toda la boca”. Muy digno me puse en pie, recuperé mi zapato, limpié mi chaqueta y continué mi camino mientras miraba cómo se alejaba el cancerbero de los cojones.

Llegué entre gritos de niños que decían “el mago, el mago”. Si hubieran dicho “el lobo, el lobo” fonéticamente habría sonado muy similar. Caras de malestar y comentarios por lo bajini me señalaban, cuando menos, como un criminal en potencia. Comencé a montar mis trastos mientras los niños revoloteando a mi alrededor me hacían preguntas tales como: ¿Eres Harry Potter?, ¿Si tiro de esta argolla pasa algo?, ¿Vas a hacer desaparecer a mi abuelito?, ¿Me dejas tocarte el conejo?

Cuando uno se pone a hacer magia tiene que manejar muchas variables.  El pre-show, la presentación, la técnica y la empatía. El día se había torcido y no quedaba más remedio que sacar el remo, achicar agua y salir del paso como buenamente se pudiera. Pese a la rapidez con la que monté los efectos encima del velador, fui meticuloso y no me olvidé nada. Las cargas, el falso tapete colocado con esmero, el papel flash en su sitio. Opté por no hacer el efecto de la carta tardía por no hurgar más en la herida. Estaba a punto de estar a punto. El velador estaba en el centro de la escena y bastó darme la vuelta un segundo para que algún niño cabrón, que no tiene otro nombre, en una carrera a ninguna parte mandase de un empujón al carajo el velador con todas las trampas, cartas, dados y cubiletes desparramados por el suelo en una escena que hacía mucha gracia a los padres pero a mí se me antojó dantesca. En esos momentos te acuerdas de lo feliz que eras cuando tenías una nómina, vacaciones quince días al año. Vida monocorde, inocua y venida a menos. Volver a ser un zombie, no pensar, no sufrir, no desear. La delicia de embobarte con algún reality show, llamar a Telepizza todos los fines de semana y fermentar en tu sofá Ikea. La idea fugaz cruza por tu mente un instante y después se evapora. Los focos se encienden, los micrófonos están abiertos y durante un instante brillas levemente en algún rincón del mundo olvidado de la mano de Dios. Y después de un día de mierda, donde la pasta que vas a cobrar no va a hacer más que ayudarte a sobrevivir para prolongar la agonía, lees las sonrisas en el público, escuchas los aplausos, el ambiente huele a victoria y una voz en tu interior te dice que quizás haya merecido la pena. La misma voz te dice que no estás tan mal y que en definitiva, mucho peor sería llevar permanentemente una vara lacerante entre las nalgas y no tener con qué mear.

Por Felipe Ferrante