ZANGALEWA Y LA CAZA FURTIVA

CUENTOS AFRICANOS DE LA ETNIA FANG CEDIDOS POR BARON YA BÚK LU Y LA ASOCIACIÓN PARA LA PROMOCIÓN DE LA CULTURA AFRICANA (APCA)

Se sabía que Zangalewa, un guardia colonial, era de origen camerunés, pero se desconocía su etnia, aunque, por su carácter, se decía que era de Mvéle. Bien. El militar había sido trasladado a la zona sur de Camerún, y más tarde a la frontera con la Guinea Española, para luchar junto a la guardia civil contra la caza furtiva.

Aquella mañana, la noticia de que un grupo de jóvenes había encontrado un elefante muerto en la selva no paraba de circular por todo el pueblo. Y antes de que transcurriesen veinticuatro horas, el cadáver del paquidermo había desaparecido en su totalidad; pero, sin que pudiese ser evitado, se había difundido la noticia hasta la ciudad, y el jefe militar ordenó recuperar los colmillos y quemar toda la carne, para evitar que la gente siguiera consumiendo los restos del animal muerto.

Antes la inminente llegada de los militares, los aldeanos fueron escondiendo como pudieron los bultos traídos de la selva, aunque, dado su gran tamaño, algunos permanecían ocultos cerca del lugar de donde se había encontrado el cadáver del elefante.

La patrulla de guardiaciviles entró en la casa de la palabra.

—Buenos días… mbolo  —saludó a los presentes en el abáha un guardia colonial negro, de unos dos metros de altura.

—Mbólniii  —le respondieron—.

—Quisiéramos hablar con el jefe de tribu  —habló ahora el sargento blanco que estaba al mando.

—Ma mené nkúkumá  —dijo uno de los señores que estaban sentados en el abáha.

—Éste es el jefe de tribu —tradujo al sargento el guardia colonial negro, señalando al hombre que acababa de hablar en fang.

—Dile que venimos a hablar sobre el asunto de la muerte del paquidermo  —ordenó el guardiacivil blanco.

—¿Dónde está el elefante? ¡Llévanos al lugar donde lo encontraron! —El guardia colonial negro se dirigía al jefe de la tribu en tono conminatorio, en actitud irrespetuosa.

—Ya os lo dije… Que este asunto iba traer cola —murmuró uno que estaba sentado al lado del jefe—. Zangalewa llevaba poco tiempo en la zona, pero su nombre se había propagado por toda la comarca, debido al gran curriculum que le precedía. Sus muchas hazañas hacían que la gente, cada vez que aparecía, supusiese que el pueblo sufriría grandes tormentos. En efecto, media hora más tarde, el jefe de tribu y todos los cabeza de familia que componían el pueblo, se encontraban con Zangalewa y los guardias civiles ante un enorme charco de sangre.

—Aquí no queda nada. ¿Dónde está el elefante?  —Preguntó el sargento blanco— Zangalewa hablaba fang con un acento tan extraño que resultaba difícil para los presentes comunicarse con él.

—Nñie vá, nñie vá, djóm kat tobo tchít va, ane vé? “Desde aquí, hasta aquí, ¿dónde está esa parte del animal que falta?” —Zangalewa farfulló la pregunta con su voz agresiva, en un fang incomprensible.

El jefe miró asustado y confuso a su alrededor.

—No entiendo nada a este hombre  —balbuceó el ayudante del jefe de la tribu.

—Está señalando la parte de la nariz del elefante  —aclaró el jefe.

—Ya, pero…No estoy seguro. A lo mejor se refiere al ongóho, la trompa —apuntó otro de los presentes—

—¡Síii…! ¡Traédlo! ¡Eso… ongóho! ¿Dónde está el ongóho? ¡Rápido! —chilló de nuevo el guardia colonial.

—Creo… creo que se lo llevaron Obama y su mujer  —informó alguien del público.

Algunos acompañaron a Obama para ayudarle a traer el ongóho desde el lugar donde lo habían escondido.

—Nñie vá, nñie vá, djóm kat tobo tchít va, ane vé?  “Desde aquí, hasta aquí, ¿dónde está lo que suele estar aquí…?”—Preguntó de nuevo Zangalewa, con sus modos tiránicos, siempre en su fang incomprensible.

El jefe volvió a mirar asustado y confuso a su alrededor.

—Sigo sin entender nada de lo que dice este hombre  —repitió el ayudante del jefe de tribu.

—Está señalando la parte del interior de la boca del elefante  —dedujo el jefe.

—Ya… pero… No estoy seguro… Quizá se refiere al oyém, “la lengua”  —aventuró otro cabeza de familia.

—¡Sí, sí! ¡Traédlo! ¡Eso, oyém! ¿Dónde está el oyém? ¡Rápido, de prisa! —aulló el guardia colonial.

—Creo… creo… que se lo llevó Asumu  —se oyó entre el público.

Asumu trajo rápidamente la lengua del paquidermo.

—¡Desde aquí, hasta aquí…! —Sonó otra vez la misma pregunta incomprensible, con la característica agresividad de Zangalewa— ¿Dónde está lo que suele estar…?

—Ya no sé más nada…  —murmuró el ayudante del jefe de tribu.

—Ahora está señalando la parte de los lados de la cabeza del elefante —le susurró el jefe.

—Ya…, pero…No estoy seguro. A lo mejor se refiere a moló, las orejas  —quiso adivinar alguno del grupo.

—¡Sííí.. sííí…! ¡Traédlo! ¡Eso… moló, moló! ¿Dónde está el moló? ¡Rápido, rapidito!  —siempre a gritos el guardia colonial.

—Me parece… Creo… que se lo llevó Nchama  —Sonó entre el público—. Consiguió que trajeran nném “corazón”, mekuu “patas”, nguiém “la cola”, miya “las tripas”… y así sucesivamente, sin hacer daño a nadie.  Recuperaron los dos colmillos, la única parte que interesaba al sargento de la guardiacivil. Zangalewa, el ingenioso, el ingenioso guardia colonial, sin conocer los nombres de las partes del paquidermo, los había ido sonsacando a los propios oriundos hasta completar el animal entero.

Lo más curioso de la historia es el final.  Después de tantos nervios, sustos, cabreos y habladurías, el sargento comprobó que el animal estaba entero, uniendo todos sus trozos. El guardia civil pidió al jefe de la tribu que un grupo de aldeanos cargara con los colmillos hasta el poblado y los metiera en su coche, dejando allí a todos los nativos con la carne del elefante.

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